lunes, 12 de marzo de 2018

Utopía en el mapamundi

La historia del siglo XX es la historia de las utopías convertidas en campos de concentración
Octavio Paz

Los habituales de este blog tal vez recuerden una vieja entrada donde hablábamos de las utopías y lo peligroso que es intentar materializarlas, ya que la sociedad ideal de unos es el infierno de otros. No hay más que poner como ejemplo la utopía pangermánica del NSDAP (y por el mismo precio aplicamos la ley de Godwin ya en el primer párrafo).

El interés por una visión crítica de las mismas me llevó a adquirir en la última feria del libro Historia de las utopías, del americano Lewis Mumford; libro escrito en 1922 y que, consecuentemente, no abarca los totalitarismos del siglo XX; sí que analiza con detalle el siglo XIX, periodo abundante en autores que describieron sociedades ideales. Y no solo las describieron, sino que algunos intentaron materializarlas, haciendo buena la frase de Oscar Wilde de que un mapamundi que no incluya Utopía no merece ni un vistazo.
Lucas Theis (Flickr)
La utopía de un siglo a menudo se convierte en la idea vulgar del siguiente

Desde el estado ideal descrito por Platón -gobernado por filósofos- o aquellos de marcado carácter teocrático, como la Cristianópolis de Johannes Valentinus Andreae, la intención subyacente en la descripción de utopías no deja de ser impulsar a la sociedad a avanzar en esa direcciónY, como no podía ser de otra manera, estas teorías no dejan de ser hijas de su tiempo y las preocupaciones de sus creadores: la hegemonía entre las polis griegas, en el primer caso, y un contexto marcado por la Guerra de los Treinta Años y su trasfondo religioso, en el segundo. 

El siglo XIX refleja, a través de sus utopías, una gran preocupación por la economía, la tecnología, la productividad, el reparto de la riqueza, etc. Aspectos prácticos, por lo que algunos utopistas no se pararon en una descripción teórica e intentaron demostrar, de manera empírica, que sus teorías eran perfectamente viables. 

Tal fue el caso del economista húngaro Theodor Hertzka, quien publicó en 1890 Freiland: una anticipación social. Esta "tierra de la libertad" puede ser descrita como una utopía individualista con una base social, bajo las premisas de la libertad máxima y la iniciativa individual, conforme a las doctrinas liberales descritas por Adam Smith. 

Sin embargo, como bien razona Mumford, es imposible dejar aplicar el laissez-faire sin freno, puesto que eso arrebataría la libertad finalmente a los menos afortunados, y es precisa, por tanto, una participación activa del estado en la producción y distribución de bienes, por lo que la premisa liberal se diluye en un ejemplo de socialismo utópico. En todo caso, sus ideas son bastante similares a las expuestas por el americano Edward Bellamy en su novela Mirando atrás desde 2000 a 1887.

La cuestión es que las ideas acerca de Freiland tuvieron bastante éxito, y han servido de base a economistas más actuales: se fundó una revista, se fundaron asociaciones en Europa y América y el propio Hertzka intentó colonizar una región de África y fundar nuevas instituciones conforme a su modelo para demostrar la validez de sus teorías. Concretamente, en las Tierras Altas de Kenia en torno al Kilimanjaro (una de las zonas más europeizadas y prósperas del África colonial), si bien no triunfó, debido a la oposición de las autoridades coloniales (según Mumford, debido a la cerrazón y envidia).

Sin embargo, tuvo algunas repercusiones curiosas. Muchos de los seguidores de Hertzka (como él mismo) eran judíos, y la posibilidad de un territorio independiente económicamente y poblado en buena medida por judíos dio alas al sionismo, llegando a proponerse establecer Sión no en Palestina, sino en dichas regiones africanas. De hecho, el modelo de kibutz israelíes es, en buena medida, heredero del modelo expuesto en Freiland.
Primer edificio de Degania, 1910; primero de los kibutz en lo que hoy es Israel (My Jewish Learning)

Nunca hay suficientes santos para construir una utopía

No sabremos nunca si el experimento de Hertzka hubiera funcionado o no tal como lo expuso, pero existe otro caso reseñable que se empeñó en intentar demostrar que su planteamiento era posible. Concretamente, Icaria, una sociedad ideal planteada por el francés Etienne Cabet

Cabet vivió su juventud en la Francia napoleónica; el reflejo idealizado de esa época y del sistema administrativo del corso -un vasto sistema burocrático que permitió la nacionalización de la educación y otros aspectos sociales- pervive en su libro Viaje a Icaria, uno de los libros con más éxito entre los trabajadores de los años 40 del XIX. En él describe una sociedad futura que se rige bajo una utopía comunista en la que no sería precisa una revolución, puesto que la implantación de ese modelo llegaría a través del ejemplo, convenciendo a través del mismo a la sociedad.

Así pues, Cabet y sus acólitos (los icarianos) se establecieron en Norteamérica, intentando implantar un modelo de su utopía que sirviera como demostración de sus ideas. Sin embargo, los sucesivos intentos de llevarla a cabo fracasaron estrepitosamente; llegaron a  Nueva Orleans en 1848, y compraron tierras para fundar una colonia en Denton (Texas), para descubrir que fueron estafados; el territorio formaba parte de la Sulphur Prairie (pradera de azufre), era pantanoso y era casi imposible cultivar nada.

Tras este fracaso, Cabet y sus seguidores fundaron con los años distintas comunidades en Nauvoo (Illinois), Corning (Iowa), Cheltenham (Misuri) y Cloverdale (California). La última en disolverse lo hizo en 1898; todas se enfrentaron a graves problemas de administración financiera y fuertes divisiones en torno a temas como el derecho al voto femenino, que provocaron que el ejemplo que pretendía establecer lo fuese en sentido contrario al pretendido. 

Cabe decir, en todo caso, que en Barcelona algunos de los seguidores de Cabet se establecieron en el barrio del Poblenou, zona a la que bautizaron como Nueva Icaria, y que ahora aloja un parque con ese nombre.

Icaria, por cierto, es una pequeña isla griega en el Egeo, que recibe su nombre por ser el lugar donde el mito indica que Ícaro se estrelló tras su vuelo. Fue un estado libre durante unos meses de 1912, y algo idílico tiene, puesto que, debido a su gran longevidad, es una de las zonas azules del planeta.
Placa conmemorativa de la colonia icariana en Cloverdale (Wikimedia Commons)

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