lunes, 27 de febrero de 2017

I Workshop "La Corte en Europa". De la sociedad cortesana a la sociedad burguesa. Los inicios de la moda en el s. XIX

Entrada del museo.
El viernes tuvimos el honor de asistir a este primer workshop, realizado en el Museo del Traje,  CIPE, de Madrid.

La presentación del mismo estuvo a cargo de la directora del Museo, Helena López del Hierro; el antiguo director del IULCE, José Martínez Millán; y el nuevo director del mismo, Manuel Rivero.

El protagonista del workshop, el traje, tiene un significado dentro de la cultura cortesana, de ahí su celebración. El objetivo es ampliar el conocimiento sobre este aspecto cultural. El Workshop estuvo dividido en tres sesiones.
Los desastres de la Guerra. Goya (Wikipedia)
En la primera sesión, presidida por José Martínez Millán (IULCE-UAM), se intentaba contextualizar históricamente la visión del traje y los cambios de moda en España. Primeramente, el catedrático Amadeo Quondam, de la Universidad de Sapienza, Italia nos habló sobre distintos tipos culturales de moda durante el Antiguo Régimen, y concretamente, sobre "il bellator che volle farsi miles litteratus prima e gentiluomo poi", como fruto de la experiencia de su investigación. 

Quondam analiza que el el vestido es un signo de identidad, de estatus que se observa en todas las circunstancias de la vida cotidiana a través de diferentes repertorios populares como el de Cesare Vecellio: Costumes anciens et modernes. Habiti antichi e moderni di tutto il mundo (vol. 1), publicado por primera vez en 1590, donde se observan los códigos de la moda del momento. Con la aparición de la cultura cortesana, aparece una nueva "forma de vida" en el que el vestido adecuado y  el bueno comportamiento ante la sociedad tenía que ser adquirido si se quería triunfar entro de la corte.

Los colores monocromáticos del siglo XVI, después de la Contrarreforma, se tenía que cambiar a trajes con colores más policromáticos, a partir de la centuria siguiente hasta llegar a su punto culminante en el siglo XVIII como podemos ver a través de la obra de Pompeo Batoni.

Retrato de María Antonieta con 
un vestido camisa de Rose Bertin.
La segunda conferencia estuvo a cargo de Mª Victoria López Cordón afirma lo que explicaba Amadeo Quondam. El color es la clave, sobre todo para el siglo XVIII y el negro se vincula con los colores de la guerra, como se puede ver a través de los grabados de Goya.

Los colores, como el rojo, obtiene un nuevo significado, ya desde la Revolución Francesa, ejemplo de exaltación social y los motines. Tras la aparición del Majismo, las clases populares, aparecerán con blanco y mantoncillos rojos, con flores y mantillas, que la aristocracia también adaptarán utilizando la toquilla o mantilla. Por otro lado, el azul y el blanco, se harán presentes con la Restauración y ya, a partir de la llegada de Mª Cristina de Borbón, será el color político por excelencia.

Elvira González Asenjo, conservadora de indumentaria del Museo del Traje y también la directora de este Workshop, se encargó de hacernos un recorrido por la moda del siglo XIX y haciendo referencia a las indumentarias conservadas en el propio museo.

Elvira nos hace un recorrido por todo el siglo XIX, en España , bajo la influencia de la moda parisina, como en el caso de las mujeres se van reduciendo las colas de los vestidos y el talle se alarga hasta la cintura o aparecen nuevas indumentarias como el vestido camisa, muy utilizado por María Antonieta, entre otras. 

En cuanto a la indumentaria masculina, el traje francés también predomina (podemos ver la existencia de esa indumentaria en el Museo del Traje, tal y como aparece en la fotografía que hicimos). El frac comenzó a introducirse en la aristocracia española y otras piezas fueron evolucionando como fue el caso de la chupa, que se fue reduciendo hasta ser lo que conocemos como chaleco.


Foto de la exposición de Elvira con un traje
masculino situado en el Museo del Traje.
Tras la Guerra de la Independencia, según Elvira, la "identidad" de lo español en ese momento se vería a través de elementos populares como la basquiña, la mantilla o los sombreros. Poco a poco, los grandes señores también imitan estos elementos populares, adaptándolos a su poder adquisitivo y gusto. De esta manera, se comienza a internacionalizar la moda, algo que se globalizará a través de las publicaciones periódicas de moda.

La segunda sesión, hacía referencia a los distintos tipos de indumentaria para cada ocasión. En el caso de la realeza, el guardarropa, oficios situados dentro de la Cámara (una de las principales secciones de la Casa Real), se encargaba de obtener las telas para la realización de las vestimentas. En este sentido, J. Eloy Hortal nos enseña la evolución que esta sección tuvo desde la implantación de la Casa de Borgoña y durante todo el siglo XVII, a través del establecimiento de ordenanzas e instrucciones cuyo objetivo, sobre todo en el siglo XVII, era disminuir los gastos, y organizar las funciones y competencias de cada servidor real. Por su parte, Amalia Descalzo, nos cuenta que con la llegada de los Borbones a España, la moda comienza a ser un fenómeno social y, concretamente, Felipe V, hasta el fin de la Guerra de Sucesión, por razones políticas tenía entre sus servidores, dos sastres, uno para que le realizara trajes a la española y otro para confeccionar trajes a la francesa. José Sancho, se encargó de mostrarnos que dependiendo del escenario, la moda cambia. Y así ocurre en los cuadros dónde aparecen los Sitios Reales. Dependiendo de la indumentaria se observa si es de propaganda real o de ropa de diario o paseo, como ocurre con el retrato de Carlos III.
Carlos III, cazador (Colección BBVA) vs. Carlos III con el hábito de la Orden de Carlos III (Wikipedia)
Al mismo tiempo que los reyes pasaban más tiempo en los Sitios Reales que en Madrid, la propia ciudad también iba cambiando. En este sentido, Álvaro Molina, nos presenta a través de las obras de Antonio Rodriguez Onofre, la evolución de la vestimenta en la ciudad madrileña durante los primeros años del siglo XIX. Además de eso, también nos mostraba que en los grabados se muestran los distintos espacios de sociabilidad, con diferentes paisajes, el uso de las mantillas (en caso de mujeres) o si eran en zonas interiores, la presencia de alfombras.

Si en las dos primeras sesiones nos acercaron a las indumentarias de la época y el contexto de su utilización, en la tercera y última sesión, nos mostraron la evolución de la técnica en la industria textil (pasando del taller a la fábrica, tras la Revolución Industrial) y a la difusión de la moda, a través de publicaciones periódicas, en un primer momento.

En este sentido, Silvia Carbonell abrió esta última sesión exponiendo la evolución de las máquinas de algodón con la llegada de la industrialización y la mejora de la confección de tejidos. Esto, como todos sabemos, llevaría a la migración de la población rural a las ciudades, en busca de trabajo.

Autorretrato Christoph Weiditz (Wikipedia)
Por su parte, María Prego de Lis, nos ofrecía las diversas formas de estudiar la moda, comenzando por los libros de trajes o los códices de trajes de Christoph Weiditz para los inicios de la Edad Moderna. Ya en el siglo XVII observamos la creación de boutiques de moda especializadas y la difusión de la moda se realiza a través de láminas, grabados o muñecas para dar paso en la siguiente centuria a las primeras revistas, que en el caso de España, llegaría más tarde que en Francia. Un ejemplo de ello sería el periódico de las damas o posteriormente el correo de las damas. Actualmente, según María, existe un gran número de recursos digitales como Europeana, Hispana, la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional de Madrid o la Biblioteca virtual de prensa histórica, entre otros.

Dentro de la difusión de la moda, a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX hubo criticas y diversas opiniones sobre la indumentaria infantil, algo de lo que nos habló Gemma Cobo. Gemma defendía que a través de los tratados de educación, se intentaba mostrar qué tipo de vestimenta era el adecuado para un niño.

Para terminar la sesión, Jesusa Vega, nos aclaraba que en Madrid, las tiendas se localizaban en la calle Montera, san Gerónimo, el Carmen, la plaza del Sol y la plaza mayor, a finales del s. XVIII. Todas ellas solían estar adornadas, e incluso algunas tenían algún elemento de devoción. Ir de compras era algo cotidiano y multifuncional, según ella, pues además de ponerse a la moda comprando telas o diversas indumentarias, también solían visitar las peluquerías o almacenes de moda.

Tal y como decían al clausurar el evento, este tipo de talleres o workshops son necesarios, por un lado, para unir experiencias entre museos y proyectos de investigación pero también para dar conocimiento histórico sobre algo tan natural como es el vestirse. Desde el blog, esperamos que no sea el único en celebrarse y en el caso de ser así, intentaremos estar para contarlo.

¡Que paséis un gran día!

jueves, 23 de febrero de 2017

Seminario La extensión de la corte: los Sitios Reales en la Monarquía Hispana (siglos XVI-XVIII)

Ayer mismo asistimos al el Seminario “La extensión de la Corte: Los Sitios Reales en la Monarquía Hispana (siglos XVI-XVIII)”, en el Campus de Vicálvaro de la URJC dentro  dentro del programa formativo de la Escuela de Doctorado.

La presentación del mismo corrió a cargo de Félix Labrador, que habló de los Sitios Reales no como mero contenedores del arte, sino como lugares de creación e innovación tecnológica o como introductores de nuevos cultivos en Europa, como lo es el caso de la patata o el tomate. 


Un momento de la exposición de Eloy Hortal.

La primera conferencia corrió a cargo de Eloy Hortal, que incluye estos Sitios Reales dentro de la concepción política de la Corte. De esta manera, la Corte que se dividía de manera clásica en tres;Consejos, cortesanos y Casa Real. Con los Sitios Reales pasan  a ser cuatro. 

La Casa Real, lugar de integración de la elites,  se divide a su vez en Capilla, Cámara. Casas u oficios, Caballerizas, Guardas y Caza. Gracias a esta actividades de la Casa Real tenemos, por ejemplo, El Pardo. La importancia de los Sitios Reales, y por tanto de su estudio y correcta musealización y divulgación, queda demostrada en esta captura que hice de la presentación.


Captura de pantalla de una diapositiva de la exposición de Eloy Hortal.


Estas características de los Sitios Reales españoles se pueden aplicar a otros reinos e imperios, que han configurado Europa territorialmente e históricamente y, por tanto, también han contribuido a la creación de la conciencia europea. Por ello, Eloy Hortal hará un recorrido por los Sitios Reales de Inglaterra, Francia y Sacro Imperio para centrarse posteriormente en el caso español. 

Gijs Versteegen, versa su conferencia sobre el concepto de la magnificencia, mal interpreta durante el XIX. El profesor pretende delimitar de manera correcta dicho término. Para ello hará un repaso por varias obras; Castiglione y su El Cortesano, de Fray Antonio de Guevara revisará su obra Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea. y terminará por visitar a Juan de Mariana y su obra Del Rey y la institución real.

Pasquale Rossi, arquitecto, compara los Sitios Reales napolitanos y españoles en el s. XVIII. Para ello se basa en el análisis del Palacio Real Capidomente, que vincula con el descubrimiento de Herculano (1738) y que posteriormente influenció en construcciones realizadas en Astroni, Procida o Portici. 

Cerró el acto Félix Labrador explicando que defendió, como había dicho en la introducción, los Sitios Reales no son sólo sitios de residencia, además son lugares de aprovechamiento cinegético, agrícola (u hortofrutícola), e incluso asentamiento de reales fábricas o zonas industriales. Aún podemos disfrutar de la Real Fábrica de Cristales de la Granja o la Real Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro. Centró su análisis en dos Sitios Reales; Soto de Roma, que estudia junto con el doctor Koldo Trápaga, y el Palacio de los Vargas, que todos conocemos como Casa de Campo. 


Un momento de la exposición del arquitecto Pasquale Rossi.


En estas ponencias hemos podido ir comprobando cómo la prioridad del grupo de investigación La Herencia de los Reales Sitios, «dar a conocer y contribuir en la conservación de un patrimonio histórico, biológico y cultural de primera magnitud»,  se va cumpliendo.




lunes, 20 de febrero de 2017

Leopoldo II, un emperador a finales del Antiguo Régimen

Martin Van Meytens, Francisco I y su familia.
Hoy vamos a utilizar la máquina del tiempo para retroceder al mismo día en el que vivimos pero doscientos años atrás. Estamos en 20 de febrero de 1790. Situados en Viena, centro del Sacro Imperio Romano Germánico y en el contexto de la Revolución Francesa, la muerte del emperador José II ha acaecido. ¿Qué ocurrirá con el Sacro Imperio?

José II, primogénito de los emperadores María Teresa y Francisco I, de la casa de Habsburgo-Lorena, fue uno de los grandes déspotas ilustrados del siglo XVIII. Fue elegido como emperador, tras la muerte de su padre, el 18 de agosto de 1765. Entre los hermanos que tuvo, del que vamos a hablar hoy en el post es de Leopoldo, que fue el elegido en suceder el Imperio meses después de la muerte de José II.

Pompeo Batoni, Leopoldo II (izq.) y José II.
Leopoldo tuvo buenas relaciones con su hermano José mientras vivió. Sin embargo, se preocupaba por los desórdenes que estaba causando en los territorios alemanes y húngaros de la familia. A finales de la década de los ochenta, ya José II se encontraba moribundo y pidió a su hermano que regresara a Viena para convertirse en co-regente del imperio, a lo que Leopoldo se negó.

Finalmente, el 20 de febrero de 1790, José II murió en Viena. Como monarca ilustrado que era, se rodeó de músicos como Haydn, Mozart o Beethoven. De hecho, ese imos año de su muerte Beethoven compuso la Kantate auf den Tod von Kaiser Joseph II (Cantata a la muerte del Emperador José II), WoO 87 que podemos seguir escuchando a día de hoy. 

Federico "El Grande"
Por su parte, Leopoldo, se había casado con la infanta María Luisa de España, hija de Carlos III de España, en agosto de 1764. Tras la muerte de su padre, se haría cargo del ducado de Toscana, hasta el 22 de julio de 1790. En él, se dedicó a realizar una serie de reformas administrativas, con las que conseguiría una gran prosperidad. Por otro lado, como personaje ilustrado, desarrolló y aprobó una serie de cláusulas para una constitución política, con muchas similitudes a la Declaración de Derechos de Virginia de 1778.

Tras la muerte de José II, fue el heredero del reinado de Bohemia y Hungría, además de ser el archiduque de Austria, títulos que mantuvo hasta su muerte. Durante su reinado, consiguió sofocar las sublevaciones de Hungría y la Bélgica actual. Con Federico Guillermo II de Prusia, firmó una alianza para poder hacer frente a la Francia revolucionaria.

Meses después, el 30 de septiembre, Leopoldo sería elegido como el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, bajo el título de Leopoldo II. Desde su elección, los problemas se le venían tanto por el oeste como desde el este. Por un lado, por la Revolución Francesa, su hermana María Antonieta, esposa de Luis XVI, corría peligro, debió a la sublevación de la población francesa.
Declaración de Pillnitz
Por otro lado, Catalina II de Rusia, con la escusa de la Revolución Francesa, planteaba adentrarse hacia el oeste, con el objetivo de adueñarse Polonia. Ante esta situación, Leopoldo tuvo que hacer frente durante su reinado en el imperio. Así, el 25 de agosto de 1791 redactó la Declaración de Pillnitz, en la que estaba dispuesto a intervenir en Francia, cuando también lo hiciera Prusia, Rusia y Gran Bretaña.


Luis XVI y María Antonieta
Poco después, tuvo la noticia de que Luis XVI había firmado la constitución francesa, en septiembre de 1791, pensando a su vez que se había llegado a un acuerdo y que la revolución había terminado. Error! La revolución fue más allá y acabaría por decapitar, primero a Luis XVI el 21 de enero de 1793 y meses después, en octubre, a la hermana de Leopoldo, María Antonieta. Hecho, que Leopoldo no podría evitar, pues moriría en Viena, en marzo de 1792.

PD:

Como la música es una "revelación mayor que toda la sabiduría y la filosofía" como diría Ludwig an Beethoven, aquí os ponemos la primera parte de la cantata en honor al emperador José II, para vuestro disfrute, pues la vida sin música no es vida. ¡Que pasen un buen día!



Bibliografía:
  • McGuigan, Dorothy Gies: Los Habsburgo, Barcelona, Grijalbo, 1984,
  • Berenjer, J.: El Imperio de los Habsburgo, Barcelona, Cátedra, 1992.

jueves, 16 de febrero de 2017

La Gran Guerra y la cortina de humo

El auténtico genio consiste en la capacidad para evaluar información incierta, aleatoria y contradictoria.
Winston Churchill

Planeta de libros
Una de mis recientes lecturas ha sido el siempre recomendable Max Hastingsconcretamente, Catastrophe. Europe goes to war 1914 (en España, 1914. El año de la catástrofe), donde entre los muchos temas tocados por el desmontador de mitos que es el autor, me ha llamado especialmente la atención el capitulo dedicado al papel de la prensa durante el conflicto, al menos en sus comienzos.

Nos quejamos frecuentemente que hoy día nos ocultan información; sin embargo, es realmente la época de la historia en la que mayor acceso a la misma tenemos. Obviamente, los secretos militares y de estado continúan siéndolo (y pese a ello, son también bastante vulnerables, tal como demuestra Wikileaks), pero el principal problema es que nuestra capacidad de análisis crítico a nivel social está bastante adormecida. 

Tal como les contaba ya hace tiempo la burbuja de filtros no ayuda a que salgamos de nuestra zona de confort, al menos en términos de acceso a la información. Y desde luego, esto no es nada nuevo, pues repitiendo la cita de J. Glenn Gray en Guerreros: Reflexiones del hombre en la batalla, de 1959:
La capacidad que tenemos la mayoría de seguir el hilo en un galimatías de sucesos es muy limitada. Luchamos por mantener un equilibrio en medio de mil impresiones y de comprender nuestro mundo por eliminación cuando se vuelve imposible hacerlo por síntesis. Por eso los medios de comunicación pueden persuadirnos de tener una opinión opuesta a la que teníamos hace unos años, sin que nos demos cuenta.
De hecho, tal como menciona Hastings, si pensamos que los medios de comunicación modernos tienen una tendencia sin igual a la hipérbole, la fantasía y el engaño, deberíamos revisar la prensa mundial en 1914. El Daily Mail publicó un relato detallado de una victoria naval completamente ficticia, mientras L’Eclaireur de Niza noticiaba un choque inventado en el que los británicos habrían perdido dieciséis acorazados. La introducción de la guerra de trincheras fue recibida por la prensa francesa, al principio, como una innovación cobarde de los alemanes, ridiculizados como «topos».

Los periódicos franceses eran especialmente entusiastas con las noticias relativas al príncipe heredero alemán, al mando de un ejército en campaña. En 1914, el 5 de agosto, fue víctima de un intento de asesinato en Berlín; el 15, resultó gravemente herido en el frente francés y fue trasladado a un hospital; el 24 sufrió otro intento de asesinato; el 4 de septiembre se suicidó; luego resucitó, pero para caer herido otra vez el 18 de octubre; el día 20, su esposa lo estaba velando en el lecho de muerte; sin embargo, el 3 de noviembre se certificó que estaba loco. Evidentemente, ninguna de las noticias era ni remotamente cierta.

Poseer información es una cosa. Otra muy diferente es saber lo que significa y cómo utilizarla.

También es cierto que algunas de las carencias de los periódicos no eran culpa suya, sino la consecuencia de la negativa de los gobiernos a proporcionar datos o permitir que los corresponsales visitaran el frente. El 5 de septiembre de 1914, Asquith, primer ministro británico escribió a Churchill, entonces primer lord del Almirantazgo: 
Mi querido Winston: los periódicos se quejan, no sin razón, de que los matamos de hambre. Creo que ha llegado la hora de que… a través de la Oficina [de Prensa] les transmitas una “valoración” de los acontecimientos de la semana; con el aderezo de condimentos que tu habilidosa mano pueda proporcionar. Según lo que sabe la opinión pública, podrían estar viviendo en los días del profeta Isaías, cuya idea de la batalla era “ruido confuso y mantos manchados de sangre”.
En esta fase temprana de la guerra, en todos los países había un respaldo general a favor de un control estricto de las noticias, respaldada incluso por gran parte de la intelectualidad; se pretendía tanto limitar el conocimiento del enemigo sobre todos aquellos temas en los que fuera posible, como evitar que cundiera el desánimo y el derrotismo cuando ocurría algún revés militar. 

Todas las naciones en conflicto eran conscientes que, en una sociedad mucho más alfabetizada que pocas décadas atrás, la prensa escrita era una elemento importante a ser controlado. Y a ello se sumaba el reciente invento del cinematógrafo; en 1918, el ejército francés había producido más de seiscientas películas para el consumo público. En varios teatros de variedades de París, incluido el Moulin Rouge, los pases de cine sustituyeron a los espectáculos en vivo.
Charles Chaplin en la película Armas al hombro (Doctor Macro)
Francia, de hecho, intensificó radicalmente la censura en los primeros meses, prohibiendo todo comentario editorial que realizara «ataques inmoderados contra el gobierno o el alto mando del ejército», al igual que los «artículos que promuevan la conclusión o suspensión de las hostilidades». Se clausuraron periódicos que informaban de la escandalosa desatención a los soldados heridos y se instó a todas las cabeceras a dejar de publicar listas de bajas. Alemania estableció una oficina central de la censura en octubre de 1914, la cual prohibió oficialmente todo análisis de los reveses o las derrotas militares, la crítica de la alta política, el debate sobre los objetivos de la guerra y la discrepancia sobre los beneficios de la contienda.

La primera víctima cuando llega la guerra es la verdad

Todos los beligerantes intentaron movilizar sus plumas más aceradas y elegantes en defensa de sus causas. Anatole France denunció el régimen del káiser, así como la cultura, la historia e incluso el vino de Alemania. El compositor Camille Saint-Saëns criticaba a Wagner. En Alemania, un profesor universitario comentó en septiembre que cuarenta y tres de los sesenta y nueve catedráticos de historia de la nación estaban trabajando en artículos sobre la guerra. Arnold Bennett creó más de 300 artículos de propaganda en el transcurso de la guerra. Sir Arthur Conan Doyle alegaba en el panfleto ¡A las armas!: 
Feliz el hombre que puede morir con el pensamiento de que, en la mayor de sus crisis, había prestado un servicio máximo a su país.
Varios escritores franceses afirmaron haber identificado distinciones físicas relevantes entre su propia gente y la del káiser. Un historiador distinguido, Augustin Cochin, afirmó que existía un olor específicamente alemán «muy fuerte; es imposible librarse de él», así como una especie estrictamente alemana de pulga. L’Action Française informó al público de que las cadenas de tiendas Kub y lecherías Maggi eran centros de espionaje alemanes, gestionados por prusianos nacionalizados como franceses en previsión de la guerra. Tales rumores implicaron ataques violentos contra aquellos negocios, de origen alemán pero perfectamente inocentes. 

Estos disparates llegaron a extremos que parecerían propios de la edad media: Arthur Machen compuso un relato breve para el Evening News londinense, en el que describía cómo los hombres de la Fuerza Expedicionaria Británica en Mons habían visto a San Jorge a la cabeza de los arqueros de la antigua Inglaterra, que lanzaron una lluvia de flechas que causó la muerte (sin dejarles marca alguna) de diez mil alemanes. Esta historia se convirtió finalmente en una leyenda conocida como de los ángeles de Mons.
Ilustración sobre "los ángeles de Mons" (Military History Online)
Esta clase de excesos hizo que las personas más reflexivas y racionales retrocedieran con disgusto ante la propaganda. A medida que la guerra avanzaba y su horror se incrementaba, algunos fueron más allá y sucumbieron al cinismo; no daban el más mínimo crédito a ninguno de los argumentos y pruebas presentados en apoyo de la propia causa nacional. La revista satírica francesa Le Canard Enchaîné se fundó hacia esta época como reacción a los engaños perpetrados por la prensa tradicional.

Cuando asumimos ser soldados, no dejamos de ser ciudadanos

Paradójicamente, y pese a la censura y supuesto control, los alemanes averiguaron más cosas sobre el esfuerzo bélico de Gran Bretaña gracias al chismorreo social transmitido por neutrales que por medio de los periódicos aliados o sus propios espías. Aunque ello desesperaba a los comandantes en campaña, la alta sociedad británica adolecía de una indiscreción crónica. Los datos más delicados de la inteligencia operativa se mencionaban en las mesas de las grandes anfitrionas, de donde, a menudo, acababan llegando a los periódicos de los países neutrales, y, de aquí, al enemigo. Según el periodista Filson Young:
Para saber cualquier cosa, había que salir a comer, y estoy seguro de que en casas como… las de lady Paget y la señora J. J. Astor, la información solía ser precisa y actualizada. 
Por otra parte, en la lucha por ganarse a la opinión pública, Estados Unidos, aún neutral en 1914, era una pieza importante a ser ganada por ambos bandos, aliados e Imperios Centrales, aunque fuera en términos económicos. Woodrow Wilson consideraba que estos últimos requerían un cambio social importante, y los grandes industriales americanos eran partidarios de reducir la importancia económica de Alemania, competidora industrial directa; pero las potencias centrales también obtuvieron un apoyo importante, sobre todo en las comunidades étnicas alemanas. Alemania abrió en Estados Unidos una oficina de información el 14 de agosto de 1914, y los aliados la imitaron al poco tiempo.

Y todo esto, en la retaguardia: los soldados del frente consideraban cuentos chinos a todas las noticias procedentes de la prensa convencional; en ellos, se hablaba del gran entusiasmo de las tropas, las comodidades instaladas en las trincheras o el espíritu de aventura que exhibían los más jóvenes reclutas. Ante este panorama, los franceses optaron por los periódicos de trincheras, que los propios soldados escribían y copiaban, o las cabeceras suizas, cuando se conseguían.

Ante este panorama, y donde a menudo un soldado individual no tenía noticias directas de nada más allá de unos centenares de metros, no es de extrañar que los soldados de los ejércitos rivales tuvieran un sentimiento de comunidad que los unía más entre ellos que con la gente de sus países, a la cual todos los gobiernos en guerra intentaron mantener alejada de cualquier conocimiento real de lo que se estaba haciendo, en su nombre, en el campo de batalla.

Es célebre el caso de que la famosa gripe española de 1918, la mayor pandemia documentada, se llama así no tanto porque entrase desde España en el continente, si no porque, como país neutral, informaba sobre la misma y sus efectos, al contrario que los países beligerantes. En todo caso, fue un rasgo notable de la Gran Guerra ver la credibilidad de los gobiernos gravemente dañada por sus políticas informativas. No es de extrañar que los años siguientes fueran particularmente convulsos en muchos aspectos, que acabaron degenerando en la segunda parte de la gran locura, aún más cruenta.
Ejemplar de "periódico de trinchera", en este caso, canadiense. (Canadian War Museum)
Fuentes:
  • Max Hastings (2013). 1914. El año de la catástrofe. Crítica. 

lunes, 13 de febrero de 2017

La pasión de Juana de Arco de Carl T. Dreyer

En 1926 llegaba el director danés Carl T. Dreyer al París de las vanguardias tras firmar un contrato con la Sócieté Générale de Films para dirigir una biografía, aún por determinar, de una gran mujer francesa. 

Las opciones eran tres; María Antonieta, Catalina de Médicis o Juana de Arco. Cuenta la leyenda que fue la elección entre tres cerillas lo que decidió que fuese Juana pero, sinceramente, no cuadra con un director cuya legendaria meticulosidad es retratada por todos sus biógrafos. Cuento una anécdota; para algunas de las escenas de su película Vampyr, la bruja vampiro (1932) el decorado tenía que tener telarañas en puntos previamente marcados por el director. Estas no podían ser ficticias, y el equipo se pasó semanas atrayendo arañas y alimentándolas con insectos para que tejieran las telas en los lugares indicados. ¿Dejaría un tipo así el argumento de un proyecto al azar? No lo creo...

Volvamos a nuestra historia principal. Dreyer se decanto por Juana por varios motivos. María Antonieta quedaba excluida, pues ya había aparecido en su polémico film de 1921 Las páginas del Libro de Satán (Blade af Satans bog). Catalina de Médici quedaba también fuera pues, parece ser, a Dreyer no le interesaban en demasía los ambientes cortesanos. 

Juana, en cambio, reunía varias premisas que le interesaron al danés. Para empezar era un personaje que le permitía hablar de lo que más le interesaba al director; esto es la intolerancia a lo largo de la historia en sus muchas variantes, como ya dejó claro en la citada Las páginas del libro de Satán. La segunda cuestión que interesó al director es la contemporaneidad del personaje. Con ello me refiero, evidentemente, no a que Juana -del siglo XV- fuese contemporánea a Dreyer, pero sí su canonización, acaecida en 1920, siendo papa Benedicto XV.

Alguno se preguntará en estos momentos si Licencia Histórica se desliza peligrosamente hacia el cine abandonando la historia o es que, definitivamente, se me ha ido la cabeza. Sin negar de manera categórica esta última opción, la razón por la que traigo aquí a Dreyer y su película La pasión de Juana de Arco (1928) es por su celo historiográfico a la hora de preparar el filme. 
Fotograma de La pasión de Juana de Arco. Maria Falconetti como Juana.
Fuente: cinestonia
Cierto es que el primer acercamiento de Dreyer a la Doncella de Orleans, como también se conoce a Juana de Arco, fue por medio de la novela homónima del escritor francés Joseph Detlteil,  integrante del dadaismo, y escritor maldito de la literatura francesa. Pero esta no fue su fuente, pues tenía tanto rigor histórico como un libro de Pío Moa. Dreyer acudió y trabajó con el historador Pierre Champion, quien en 1920 había publicado de manera íntegra y anotada las actas originales del proceso de la santa. Así, al comienzo del film se nos informa que:
En la Biblioteca de la Cámara de Diputados en París se conserva uno de los más extraordinarios documentos de la historia mundial: el libro de sesiones del juicio a Juana de Arco, juicio que acabó con su muerte. Las preguntas de los jueces y las respuestas de Juana fueron transcritas al pié de la letra. Leyéndolo descubrimos a la auténtica Juana. No a la joven de armas, sino la sencilla y humana muchacha que murió por su país y somos testigos de una drama sorprendente una joven piadosa muchacha enfrentada a un grupo de teólogos ortodoxos y poderosos jueces.
Es decir, que como buen historiador acude y explicita las fuentes y eso sería una constante a lo largo de su carrera, no sólo en el acercamiento a Juana. Defendiendo su proyecto Las páginas del libro de Satán mandaba a un directivo de la productora una carta de la extraigo este breve fragmento.
¿Le ha dicho usted al Director General que he recorrido toda la ciudad para encontrar auténticos “tipos” meridionales para que hagan de figurantes en mi historia española? […] ¿Le ha dicho usted al Director General que he trabajado durante meses en bibliotecas para encontrar cada detalle de mis decorados? No he delegado nada en otros, todo lo he hecho yo sólo. ¿No demuestra todo esto que mi propósito es hacer algo distinto a una película de mero consumo? […]
Dreyer, como cualquier historiador, primero analiza las fuentes y posteriormente crea su propio relato. Y el cine, como el ensayo, tiene sus límites físicos. Por ejemplo, Dreyer, redujo el proceso de Juana a una sola jornada, Evidentemente el juicio fue mucho más largo, pero para  adecuarlo al relato cinematográfico, se redujo a una sola jornada. Igualmente ocurre con los escenarios. Pero es que el historiador hace lo mismo, desecha unos hechos sobre otros o, al menos, da más importancia a unos hechos sobre otros. Exponer todo en un libro o en una película es simple y llanamente imposible. 

Otra cuestión interesante es ver cómo afronta Dreyer la figura de Juana. El director opta por alejarse de la visión hagiográfica de la santa y nos muestra a una mujer con una religiosidad que los hombres de la iglesia no entienden. Aplastada por la irracionalidad y la intolerancia de la iglesia. Unos hombres de la iglesia mostrados como monstruos intolerantes, lujuriosos y crueles. Claro que es una visión propia del director. Nos ofrece su propia visión, sus conclusiones. ¿No hace acaso lo mismo el historiador? Ofrecer su visión sobre una cuestión. Siempre se intentará que esta sea lo más objetiva posible, pero en el momento que la obra historiográfica se produce por una persona, la objetividad pasa a ser un ideal deseable pero difícilmente alcanzable. La propia práctica historiográfica es interpretación de los datos. 
Juana se prepara a morir. Fuente; Cineteca Alameda.
Como espectador, no como crítico cinematográfico, recomiendo vivamente el visionado de esta joya. Absolutamente imperial la interpretación de Maria Falconetti como Juana aguantando como una roca cientos de primeros planos, haciendo de Juana una figura que su dolor traspase la pantalla. Unos decorados minimalistas y un atrezzo mínimo que dejan el peso de la película a los actores. Sorprende la realista ejecución de la santa que da paso a unas escenas de picados y contrapicados de los soldados atacando a la población que aún hoy sorprenden por muy abrumados que estemos los espectadores del s. XXI con el bombardeo de imágenes. 

Y se puede ver de manera gratuita en Youtube. Bueno, bonito y gratuito.

Un saludo.


jueves, 9 de febrero de 2017

RESEÑA NOVEDAD: Las ideas políticas y sociales en la Edad Moderna (Editorial Síntesis, 2016)

De vuestra etapa universitaria estamos seguras de que todos os acordáis de los característicos libritos de tapa en cartoné y vivos colores de la Editorial Síntesis. Y es que justamente eso era lo que podíamos encontrar en cada una de sus colecciones: manuales asequibles y especialmente dirigidos a estudiantes que nos ofrecían una clarificadora síntesis firmada por diversos expertos investigadores en la materia. 

Portada en Síntesis.
Algo menos coloridos encontramos hoy los azulados ejemplares de la colección Temas de Historia Moderna que, además de ampliar temáticamente la colección principal de Historia Moderna Universal, aparece renovada y con un cambio de imagen muy notable. Buena prueba de todo ello es la reciente novedad editorial que os traemos hoy, Las ideas políticas y sociales en la Edad Moderna (Síntesis, 2017), obra de autoría conjunta que nos presentan los profesores de la madrileña Universidad Rey Juan Carlos José Eloy Hortal Muñoz y Gijs Versteegen

Ambos autores son investigadores especializados en el estudio de la Corte, donde desde diversos proyectos y grupos de trabajo a nivel europeo intentan superar el gastado paradigma del llamado Estado Moderno como una especie de fase temprana del mucho más racional, burocrático y, en definitiva, perfeccionado, Estado-Nación decimonónico. 

Es éste, pues, un muy práctico manual que parte de una perspectiva novedosa y metodológicamente renovadora, pues se propone romper con el modelo tradicional a la hora de analizar la organización política y social de la Corte como un ente distinto y de pleno derecho. Desde el punto de vista formal, el libro se estructura en dos grandes bloques, más una breve selección de textos al final para su comentario en clase.

 

Casa y Corte, la organización cortesana es el título de la primera parte de este libro. Consta de dos completos capítulos donde se hace un repaso por los distintos elementos que componían la Corte, centrándose especialmente en el caso de la Monarquía Hispana.


La primera definición de la misma proviene de la Segunda Partida de Alfonso X “el Sabio” y fue la que más continuó utilizándose durante la Edad Moderna. Así pues, entre los siglos XVI y XVIII los cortesanos sobre todo percibieron la Corte como un centro de poder, preocupándose más del modo de actuar en ella que en concebir nuevas definiciones. 

Durante el siglo XVII se fueron incorporando algunas novedades a través del Teatro de las Grandezas de la villa de Madrid (1623) de González Dávila, quien estudió la Casa Real o los Consejos y Tribunales; o posteriormente, en 1658, Alonso Núñez de Castro con su Sólo Madrid es Corte y el cortesano en Madrid, donde fija su atención en Consejos, Junta de Obras y Bosques, Alcaldes de Casa y Corte y Junta de Aposento, Cortes, Casas Reales, Grandes del Reino y Rentas del monarca. Todos estos elementos fueron universalmente aceptados, con alguna que otra diferencia entre las distintas monarquías (véase por ejemplo el estatus relevante de los Reales Sitios), hasta la llamada quiebra del sistema cortesano (siglos XVIII-XIX). 

Unos 12.000 servidores se estiman para el reinado de Felipe IV.
Por otro lado, durante los últimos treinta años se han ido desarrollando diversos estudios acerca del principal elemento de la Corte: la Casa Real y, concretamente, la casa del rey. En todos ellos se destaca que su función principal fue la integración de las élites de cada reino en el servicio de su Príncipe (modelo en el que se incluye también al Papa). De este modo, cada gobernante estableció su propia Casa —conformándose en su mayoría durante la Baja Edad Moderna salvo en los Países Bajos, donde fue creada en pleno siglo XVII— y su particular forma de servicio. 

Generalmente la Casa Real se estructuraba en seis departamentos o secciones (capilla, cámara, casa u oficios, caballeriza, guarda y caza) en los que cada vez fue integrándose un mayor número de personajes o servidores. Conjuntamente a la casa del rey se encontraban otras casas reales como las de reinas, príncipes herederos u otros parientes destacados del monarca. A ello hay que añadir que también existían otras Casas en los diversos territorios que componían las distintas monarquías (como el caso de Nápoles y Portugal): casas virreinales (en América, territorios italianos o Baleares) y de gobernadores (Milán o Países Bajos). En todas ellas se integraban y prestaban servicio las élites de los diferentes reinos y, en el caso de la Monarquía Hispánica, coexistieron bajo la etiqueta de la llamada Casa de Borgoña

Otros elementos como Consejos y Tribunales, cortesanos y Sitios Reales son tratados en profundidad en el segundo capítulo del bloque. En cuanto a los Consejos, se examina la evolución del conjunto de consejeros del monarca que se “mandaban juntar” hasta su final institucionalización, convirtiéndose en el punto de contacto entre rey y reino y dando lugar al nacimiento del sistema polisinodial, proceso que tuvo lugar tanto en la Monarquía Hispana como en otras cortes europeas durante el siglo XVI y principios del XVII. 

Con respecto a los cortesanos, al constituir la Corte el lugar por excelencia donde se desarrollaba tanto la política como la cultura, surgió un particular tipo de relaciones de poder basado en las relaciones personales a través del patronazgo y el clientelismo, junto a un código caracterizado por la etiqueta y el ceremonial que los susodichos debían conocer y saber interpretar a fin de poder medrar en este escenario. 

Por último, una de las novedades destacables de este libro es, como adelantábamos, la inclusión de los Sitios Reales como un componente más de esta gran organización sociopolítica. Los autores llaman así a sus colegas historiadores a un estudio más atento y pormenorizado, defendiendo que estos lugares sirvieron como espacios para el mecenazgo de artes y ciencias adquiriendo, desde este punto de vista, un nuevo significado como áreas de innovación, iniciativa y desarrollo industrial

Tras examinar la estructura, el segundo bloque de la obra se centra, a lo largo de cuatro capítulos, en el corpus teórico, religioso y filosófico que a la Corte daba sustancia (Ética, oeconomica y política)


El primero de ellos nos habla sobre la oeconomica, importante doctrina de origen clásico. En los siglos modernos, la Casa funcionaba como un particular sinónimo de «familia» entendida en su significado más extenso, compuesta no sólo por los parientes o miembros de la misma sangre, sino también por el conjunto de servidores, vasallos o esclavos sobre los que el páter familias tenía jurisdicción. Hacia la correcta instrucción de esta figura rectora estuvieron dirigidos numerosos tratados, a fin de que fuera capaz de desarrollar un buen gobierno. Y es que tras una larga evolución que arrancaba desde Aristóteles, pasando por autores como San Agustín, Santo Tomás o Egidio Romano, el gobierno del oikos doméstico quedará también fuertemente identificado al gobierno de la república en su conjunto

Aristóteles por José de Ribera (1627)
Este modelo fue por hegemónico el más alabado y extendido, y el que principalmente sirvió a las grandes dinastías gobernantes, como los Habsburgo, para extender una influencia de carácter transnacional (temática que entre los investigadores ahora se está comenzando a mostrar muy fructífera). Sin embargo, a largo de estos siglos también fue un modelo progresivamente criticado (sobre todo en el norte de Europa) por iusnaturalistas (Grocio), contractualistas (Hobbes) o ilustrados que argumentaban una gran disparidad entre ambas esferas.

El cuarto capítulo (Libertad y tiranía) nos sumerge en otro concepto político clave para entender la época: el llamado humanismo cívico. Este término fue acuñado por el historiador alemán Hans Baron en 1925. Así, con el bürgerhumanismus Baron pretendía referirse al ideal cultural y político renacentista por excelencia (transmitido a través de la educación) que enfatizaba el patriotismo, el compromiso con el servicio público y un gobierno representativo. Sin embargo, esta idea del bien común de la república no fue unitaria y, a fin de desgranar sus particularidades, los autores nos ofrecen una serie de argumentos y contraargumentos de tipo historiográfico. También se hace un conciso repaso desde distintos autores coetáneos por otros conceptos como republicanismo, libertad, estado de naturaleza o contrato social.

El quinto capítulo (Cultura cortesana: las virtudes políticas y sociales) aborda la interpretación de la filosofía de la virtud dentro del Cristianismo y su contribución al surgimiento de la cultura política y social cortesana. De este modo, fueron los padres de la Iglesia los primeros en estudiar y, posteriormente, apropiarse, de la cultura clásica adaptando a autores como Aristóteles dentro de la Cristiandad. En consecuencia, las virtudes clásicas cobraron un nuevo significado que desembocó en una nueva ética eclesiástica que acabaría influyendo en la educación de los obispos y dando origen, por tanto, al llamado modelo obispo-cortesano

La filosofía cristiana sirvió para justificar el creciente poder político y social de los príncipes y reyes medievales organizado a través de la Corte al identificar, como se ha dicho anteriormente, al rey con el páter familias, y la oeconomica como un método imprescindible para el buen gobierno, utilizando virtudes como la prudencia. Ya en el siglo XV, con la publicación de El cortesano de Baltasar Castiglione, aparece la cortesía como una expresión exterior de la virtud dentro del discurso nobiliario, a través de la cual se definían las relaciones entre príncipe y nobleza así como el medio por el que el cortesano podía acceder al círculo más allegado del rey y ayudarle a gobernar justamente.

Retrato de Baltasar Castiglione (Wikipedia)
Sin embargo, esta filosofía de la virtud fue criticada por autores como el humanista Erasmo de Rotterdam o Maquiavelo. El primero defendía que la educación del Príncipe se basaba en su amor por Cristo y las enseñanzas del Nuevo Testamento. El segundo hacía una crítica más radical, donde sólo la virtud se consigue con el beneplácito de la Fortuna. Más tarde, con la aparición del protestantismo en Europa, Lutero y Calvino también criticaron esta ética de las virtudes. Dichas críticas conllevaron a la aparición de nuevas perspectivas, sobre todo desde la Guerra de los Treinta Años.  

Al mismo tiempo, en el propio seno de la Monarquía Hispánica también surgió una visión pesimista de la Corte, especialmente a través de las obras de Baltasar Gracián, como escenario por excelencia donde se concentraban las luchas por el poder. Durante el siglo XVIII, con las ideas de autores como Rousseau, surgiría una nueva cultura política diferente a la cortesana, donde se enfatizaban los sentimientos y valores (como la libertad, igualdad o el amor a la patria) y que ya en el XIX desembocará en una nueva organización política. 

El sexto y último capítulo propone un acercamiento a la Educación cortesana en perspectiva. La recepción de la obra de Aristóteles a partir del siglo XIII, junto a la creciente complejidad de la sociedad medieval, comenzó a plantear disonancias a la escolástica clásica de San Agustín. Reformulando estas nuevas influencias, Santo Tomás se acogió a una visión antropológica del ser humano algo más optimista, llegando a defender que entre cuerpo y alma racional podía establecerse un equilibrio o armonía. De esta manera, no se hacía necesaria una supresión de los impulsos y pasiones a través de la ascesis, sino que el hombre debía aprender a gobernarlos a través de la razón.

El vehículo descansaba en la educación, lo que pronto dio lugar al nacimiento del muy fructífero género de los “espejos de príncipes”. Uno de los primeros modelos educativos destinados a este fin fue el de Egidio Romano, quien en De regimine principum (1280) propuso para los hijos de los gobernantes el estudio de las tres ciencias morales de Aristóteles (ética, economía y política). Nuevas virtudes se unieron por tanto al ya nutrido repertorio medieval: liberalidad, magnificencia, magnanimidad, amor a la gloria, cortesía o eutrapelia, entre otras. Todas ellas en conjunto tenían la finalidad de mostrar la excelencia del Príncipe y, en consecuencia, su señorío natural. Diversas corrientes dentro del humanismo contribuyeron a que este corpus virara entre mayores o menores dosis de idealización y pesimismo.

Como copartícipes del poder político, pronto estas virtudes no sólo fueron deseables para el monarca, sino también para sus nobles, cortesanos y servidores próximos en general. Destacamos del capítulo los memoriales del Conde-Duque de Olivares para la creación de una serie de academias para jóvenes de la nobleza hispana y otros reinos (Ordenanzas para la Casa de los Pajes, 1639): interesante proyecto que no llegó a aplicarse en toda su magnitud pese a haber sido estudiado por una Junta a lo largo de toda la década.

Miriam Rodríguez Contreras / Iris Rodríguez Alcaide 

Universidad Autónoma de Madrid