lunes, 12 de diciembre de 2016

¿Cuál es el impacto cultural de la tecnología?

Cultura es labor, la producción de las cosas humanas; es hacer ciencia, hacer moral, hacer arte.
José Ortega y Gasset

Uno de los mantras que se oye en algunos sectores del arte y las humanidades es que en este mundo hipertecnificado, y más veces de lo que parece acientífico, la cultura parece estar cada vez más arrinconada.

Estamos de acuerdo en una cosa: la cultura no se valora como se merece. Ahora, vamos a empezar a discutir en torno al término, ya que posiblemente no todos entendamos lo mismo acerca de lo que es la cultura. Digo esto porque estoy un poco harto de que ciertos artistas se erijan en portavoces, adalides y propietarios del término, cuando en todo caso representan una pequeña fracción de la misma, y a menudo desde una posición privilegiada.
Una representativa obra sobre la apreciación de la cultura, por el genial Banksy (Wallpaper Cave)
La capacidad de juicio, de creencia, es el fin mismo de tener una cultura

Entroncando con esto, es frecuente oir, tras una entrevista o tertulia, pongamos de temas económicos, frases como "uno de los problemas es que en la población falta cultura financiera". Si la charla gira en torno a hackers, suele aparece alguna frase del tipo "hace falta más cultura sobre ciberseguridad". Si es en torno a pseudociencias, ya imaginan cual será una de las frases del ponente, ¿verdad?

Todo esto hace que el término cultura, desde luego, éste muy lejos de representar un concepto bien acotado, y mucho menos en posesión de un grupo concreto. Y entiéndanme bien, con esto no digo que no tengan su cuota de razón ni que no haya problemas serios en lo que normalmente llamamos el sector cultural.

En todo caso, uno es devoto de don José Ortega y Gasset, y por tanto defensor de su frase "la máxima especialización equivale a la máxima incultura". Realmente, por la época que le tocó vivir, sin duda pensaba en términos similares a los expuestos por Charles Chaplin en Tiempos Modernos, según la cual la hiperespecialización del trabajo en las fábricas anula en buena medida al individuo.

Sin embargo, esto tanto se aplica a quien deba realizar un trabajo totalmente mecánico y alienante, al mejor videogamer que no haya tocado jamás un libro o a quien pueda optar a ser el mejor pintor de nuestro tiempo y no sepa de tecnología ni usar la tostadora. Una cultura completa exige una mínima cultura científica y tecnológica, tal como ya hemos defendido en otras ocasiones.
Fotograma de Tiempos Modernos, de Charles Chaplin (Gencinexin)
El arte desafía a la tecnología, y la tecnología inspira al arte

Además de esta necesidad de conocer la tecnología y ciencia que nos rodea, las disciplinas de ambas ramas del conocimiento se realimentan. No hace falta que repita el argumento de que las Humanidades tiene la misión de orientar a la ciencia y la tecnología: el que algo sea posible desde un punto de vista técnico no implica que sea la mejor idea, desde el punto de vista ético, sociológico o cultural.

Pero yendo un paso más allá, es preciso asimilar que la forma de consumir cultura ha sufrido un cambio abismal con la explosión de las tecnologías TI. Y desengáñense los neoluditas, tecnófobos y aquellos que crean que pueden prescindir de un mínimo conocimiento tecnológico: las reglas del juego no volverán a ser las mismas, del mismo modo que tras Gutenberg el gremio de amanuenses empezó a ir de capa caída.


Para empezar, la difusión cultural depende hoy día en buena medida de Internet, y puede que falte conciencia sobre ésto: 
un síntoma claro es llamar "nuevas tecnologías" a algunas que ya llevan entre nosotros varias décadas. A partir de ahí, podemos jugar a ser el último romántico despotricando de los ebooks, negándonos a comprar nada que no haya salido de la librería o tienda de discos más selecta de la ciudad o renegando de que unos pipiolos llamados youtubers tengan mucha más repercusión comentando videojuegos que las ideas sensatas y sosegadas de un reputado intelectual... pero probablemente nos demos cuenta de que nos hemos autocondenado al ostracismo y a predicar en el desierto. 

Partamos del hecho de que las editoriales, las discográficas o productoras de cine se pueden quejar, con mucha razón, de que la piratería es un problema. Pero lamento informarles de la pervivencia de ese problema se debe a la no evolución del modelo de negocio, y que la solución pasará porque sepan adecuarlo a la evolución de la tecnología y la sociedad. Especialmente porque, si los autores comienzan a percibir que no precisan los mecanismos de distribución tradicionales, puede que la piratería comience a ser el menor de sus problemas. Ya tenemos varios ejemplos de libros en autoedición que han llegado a superventas o de grupos musicales que han optado por ofrecer la descarga directa de sus obras. 


La propia estructura del concepto de propiedad intelectual está abocada a la renovación, aunque no está nada claro aún cual será el modelo a emplear. Y es que aunque nos pese, dada la incertidumbre que implica un escenario como éste, las posibilidades de la tecnología van muy por delante de la legislación. En el célebre caso del secuestro de la revista El Jueves en 2007 las autoridades pidieron a los responsables de la revista la entrega de moldes y otros elementos a día de hoy inexistentes en imprentas modernas, porque la legislación aplicable no ha ido más allá de la tecnología de los años 1970.

¿Es robo de propiedad intelectual si la propiedad no es intelectual? (Clay Bennett)
Un hombre con una idea es un loco hasta que triunfa

En el caso del cine, por ejemplo, en las primeras décadas de existencia del cine se cambió el modelo de negocio varias veces, comenzando por los nickelodeons; ahora que casi todas las salas están en manos de unas pocas cadenas especializadas, resulta casi increíble que la solución pase por criminalizar al usuario. No sé ustedes, pero a mi me llevan los demonios cada vez que me tengo que tragar, sin posibilidad de saltármelo, el anuncio antipirateria en el DVD que acabo de adquirir legalmente. Sin embargo, otros (y no daré nombres comerciales) han optado por la distribución de series a precio razonable en canales especializados, y parece que están captando mucho público.

Por tanto, la tecnología ofrece tantos puntos de conflicto como nuevas oportunidades en la gestión de los contenidos culturales. Por otra parte, la tecnología es una gran herramienta para la creación de contenidos culturales, no sólo para su difusión. Además de la pasmosa facilidad para la autoedición de libros digitales, todos tenemos al alcance de la mano sistemas de grabación de audio y video que hubieran sido el sueño de los artistas de hace una generación. Incluso los blogueros pueden llegar a hacer sombra a los medios tradicionales para generar tendencias o analizar noticias. 

Dirá usted que eso lo hace cualquiera, que no pasa ningún filtro de calidad o que no se trata más que de los 15 minutos de fama de un mindundi. Tal vez, y en muchos casos es cierto, porque salvo honrosas excepciones, la mayor parte de los booms de libros que han triunfado con autoedición yo no los considero ni dignos de calzar la estantería en la que guardo el resto... pero, merecidamente o no, sus autores se han forrado con ello, mientras en el sector cultural cada vez hay más gente que trabaja gratis o con contratos penosos.


A la vez, probablemente estamos viendo también a los primeros creadores de la era digital capaces de mantener proyectos estables y de calidad. La repercusión de un artista callejero como Banksy sería inviable sin la existencia de un canal de difusión como Internet; hace un par de décadas, haciendo lo mismo, probablemente sólo sería conocido en Bristol y aledaños.

Incluso nuevas formas de expresión artística son posibles: Alex Kiessling fue capaz de dibujar al mismo tiempo en Viena, Londres y Berlín mediante brazos robóticos y sistemas de infrarrojos, logrando copias perfectas de sus dibujos de manera simultánea. La precisión necesaria para esto es un filón para otros entornos, como por ejemplo el médico. ¿No es acaso un ejemplo claro de simbiosis entre la tecnología y el arte?

Alex Kiessling junto a uno de sus brazos robóticos (Malatinta)

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