martes, 14 de junio de 2016

La olvidada Carta del Bosque: una historia de la Magna Carta "desde abajo".

Hace ya un par de años por estas fechas, la ya tradicional peregrinación a la Feria del Libro de Madrid hizo que cayera en mis manos un ejemplar muy especial: El Manifiesto de la Carta Magna. Comunes y libertades para el pueblo (2013).

Cartel de la exposición (LONDRES en español)
Firmado por Peter Linebaugh, historiador marxista norteamericano del que ya hablamos no hace mucho por el blog, y traducido gracias a la Editorial Traficantes de Sueños, esta obra pretendía reivindicar la importancia histórica de la llamada “Carta del Bosque” (Charter of the Forests), tradicionalmente eclipsada por el mito político que aún hoy encarna su hermana mayor para el mundo anglosajón.

Tras haberlo leído con gran interés, el pasado verano pude confirmar efectivamente, que, a diferencia de la venerada Carta Magna (vista antaño como un instrumento de defensa ante la arbitrariedad de los reyes, y hoy como garante de libertades individuales e independencia frente al poder), la Carta del Bosque permanecía ininteligible ante los ojos contemporáneos: una reliquia medieval que sólo hablaba sobre “nimiedades” como la propiedad de ovejas, los límites de bosques y otras minucias jurídicas.

Como decía, tras mi visita a la gran exposición conmemorativa que dedicó la British Library en Londres al 800 aniversario de la Carta Magna creo que ésta fue incapaz de proyectar una idea sustancialmente distinta a la tradicional sobre el documento, aunque al menos el público sí pudo contemplar la Carta del Bosque de 1225 junto a las otras 4 copias existentes de la Carta Magna o las insignes Carta de Derechos (Bill of Rights) y Declaración de Independencia estadounidense que fueron traídas expresamente desde el otro lado del Atlántico por motivos obvios.

  • XII vs XXI: ¿debates comunes?

Al evaluar la experiencia del largo siglo XII (que terminaría precisamente alrededor de 1215), no pocos historiadores han querido ver cierta similitud en sus debates globales con los de nuestros días, donde los diversos movimientos heréticos comunitarios y el Islam constituían la mayor amenaza a la Iglesia y la monarquía.

Estatua de Urbano II (Wikipedia)
Por un lado, las cruzadas funcionaron en buena parte como distracciones militares de los conflictos sociales y económicos que padecía Europa. El papa Urbano II dejó esto bien claro en un discurso en Clermont en el año 1095, cuando declaró la bellum sacrum (guerra santa), la Primera Cruzada: “Dejemos que aquellos que han sido ladrones durante tanto tiempo sean ahora caballeros.” En el mismo discurso demonizó a los musulmanes árabes y turcos, que adoraban a Satán, torturaban, violaban y eran sucios, llamando a los cristianos a que “destruyeran a esa raza vil.”

El siglo XII fue también el perfecto caldo de cultivo para el surgimiento de diversos movimientos “desde abajo” que fueron tildados de heréticos. La violencia y destrucción de las guerras entre monarquías centralizadoras y un Papado en pugna constante, el crecimiento de las ciudades, la aparición de relaciones monetarias y comerciales, la intensificación de la expropiación de los siervos y, en definitiva, una pauperización galopante fueron sólo algunas de las causas. Los cátaros, los valdenses, los flagelantes o los seguidores de Joaquín de Fiore poseían distintos programas teológicos y sociales, pero todos aquellos fueron considerados automáticamente una amenaza por la jerarquía feudal y eclesiástica. Joaquín incluso profetizó una nueva era, la Era del Espíritu,  donde la jerarquía de la Iglesia sería innecesaria y los cristianos se unirían a los infieles.

Pero además, profetas y mesías también predicaban la doctrina de poseer todas las cosas en común, algo que tenía sentido para los campesinos que defendían apasionadamente sus costumbres y sus hábitos comuneros contra las cada vez más frecuentes apropiaciones de los terratenientes feudales y el clero. En los siglos XII y XIII, el conjunto de derechos y prácticas tradicionales en las tierras comunales estaba ya en una situación precaria.

  • El peor rey de la historia

Si tuviéramos que encontrar en Inglaterra un paralelismo monárquico a la altura de nuestro Fernando VII, sin duda, ése sería el de Juan I. Su reinado comenzó en 1199 tras la muerte de su hermano, el famoso Ricardo Corazón de León. Hoy en día Juan mantiene la dudosa reputación de rey incompetente y tirano, que perdió todas las extensas posesiones de tierras en Francia obtenidas por su familia desde el comienzo de la dinastía Plantagenet en el siglo XII, razón por la cual se le conoce como Juan Sin Tierra (Lackland).

De Rege Johanne, s. XIV (Wikipedia)
En 1214, las ambiciones de Juan I en Francia se derrumbaron tras la Batalla de Bouvines. Allí perdió Normandía, la patria ancestral de la clase dominante en Inglaterra desde la invasión de Guillermo I el Conquistador en 1066. A fin de reunir recursos para recuperar Normandía y unirse a las Cruzadas, Juan se declaró un “guerrero de Dios” adquiriendo una serie de inmunidades que le protegían de sus barones, a quienes exigió el scutage (impuesto pagado por los caballeros en lugar del servicio militar). En mayo de 1215, estos mismos barones tomaron Londres y retiraron su homenaje y fidelidad al rey.

  • Una Carta para contentarlos a todos... y a nadie.

Al mes siguiente ambos bandos se enfrentaron en el campo de batalla de Runnymede. Fue en estas mismas praderas a las afueras de Londres donde se firmó la primera versión de la Carta Magna, la “Carta de las Libertades” (Magna charta libertatum). Este diploma de pergamino de 63 artículos en favor de los “hombres libres de Inglaterra”, protegía fundamentalmente los intereses de la Iglesia, la aristocracia feudal, los mercaderes y los judíos de las ciudades y además, reconocía a los comuneros.

                               Vídeo-resumen narrado por Terry Jones de los Monty Python (British Library)

A ojos del único cronista contemporáneo de la Carta Magna (un juglar del séquito de Roberto de Béthune), algunos de sus artículos principales (aparte del famoso art. XXIX del que derivan el habeas corpus, la prohibición de la tortura o el juicio por jurado), tenían que ver con disposiciones individuales acerca del menosprecio a la mujeres (a las que en tiempos del rey Juan se habían llegado a vender como siervas) y de la pérdida de la vida y otros órganos por matar animales en los bosques.

El segundo grupo de disposiciones favorables a la gente común tiene que ver con los derechos comunales de los bosques. Éstos estaban considerados un dominio real donde el rey tenía ciervos y se dirigía por leyes harto restrictivas desde tiempos de Guillermo I. Así, el art. XLVII decía: “Todos los bosques que se hayan plantado durante nuestro reinado serán desforestados sin demora, y lo mismo se hará con las orillas de los ríos que hayan sido cercadas desde nuestro reinado.” Aquí no debemos entender disafforested como despejar el bosque talando los árboles, sino por sacarlos de la jurisdicción real (que en tiempos de Juan I había llegado a ocupar aproximadamente 1/3 del reino). Lejos de ser cuestiones irrelevantes, estas disposiciones no pueden entenderse sin adoptar una “perspectiva de subsistencia”, tal y como nos cuenta el gran medievalista Marc Bloch:
...los bosques poseían unas riquezas mayores de lo que quizás hoy somos capaces de apreciar. La gente iba a ellos a buscar madera de forma natural, una necesidad mucho mayor de la que tenemos hoy en la era del petróleo, la gasolina y el metal. La madera se utilizaba para proporcionar calor y luz (en antorchas), como material de construcción (vigas para el techo, empalizadas de los castillos), para fabricar calzado (zuecos), mangos de los arados y otras varias herramientas así como para fortalecer los caminos con haces de leña.
The Forest Charter of 1225 (British Library)
No obstante, como tratado de paz la Carta Magna resultó ser un fracaso. Con menos de 4 meses en vigencia, Juan I se vio legitimado por el papa Inocencio III para no tener que obedecerla, lo que causó el estallido de una guerra civil en 1216 donde los barones del reino “invitaron” a Luis de Francia a participar como aliado. El rey Juan murió en octubre del mismo año, dejando un sucesor menor de edad y la mitad del reino a merced de la invasión francesa. Tras un periodo de incertidumbre, en 1217 la regencia de Enrique III salió adelante, al igual que la Carta de las Libertades, que fue finalmente restaurada.

Sin embargo, hasta 1225 sufrió una serie de modificaciones en varios puntos, consolidándose como fundamento de gobierno. Muchos de estos cambios volvieron a favorecer la subsistencia de la gente común, especialmente tras la penosa experiencia de la guerra civil: uso de los estovers (recolección de materiales) por parte del creciente número de viudas, retirada de las empalizadas en zonas de pesca de los grandes ríos, disposición libre del pasto del bosque para los rebaños de vacas, cabras y ciervos, etc.

Tanto la Magna Carta como la del Bosque fueron emitidas en 1225 por separado, mas confirmadas de forma conjunta hasta alcanzar su plasmación en los Estatutos Generales ingleses. Ambas definieron, por tanto, los límites de la privatización de los recursos del común, de aquella microeconomía de los bosques. No garantizó derechos, sino perpetuidades:
For the labourer thou art bread
And a comely table spread
From his daily labour come
To a neat and happy home
Thou art clothes, and fire and food.

PARA SABER MÁS:
Doodle de Google por el 800 Aniversario de la Carta Magna.

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