jueves, 5 de mayo de 2016

La fiesta cortesana del Siglo de Oro a través del Quijote, Parte II.

Hoy volvemos a contar con la modernista Miriam Rodríguez Contreras (UAM-IULCE) para adentrarnos en la magna obra de Miguel de Cervantes, en esta segunda y última parte de su artículo dedicado a las fiestas cortesanas en El Quijote.

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La semana anterior finalizamos la primera parte del artículo con la distinción entre las entradas reales y las mascaradas palaciegas, que son los dos tipos de fiesta cortesana que aparecen en el capítulo XXXIV de la segunda parte de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. No obstante, antes de analizar el contenido del texto vamos a explicar cada una de ellas.

A través de la fiesta barroca podemos observar que en buena parte se trataba de una celebración institucionalista, con un carácter propagandístico y político utilizado por la Monarquía para diversos fines.[1] Esto puede verse muy bien a través de las emblemáticas entradas reales, que se extendían por las ciudades como elementos de propaganda. Los torneos se retiraron de las plazas de la ciudad o de los espacios abiertos que habían ocupado durante la Edad Media para trasladarse al interior del complejo arquitectónico cerrado del palacio. Estos cambios reflejaron la evolución del acceso a estos entretenimientos como un indicador de estatus social, movimiento promovido activamente por las nuevas dinastías de Italia como parte de la refeudalización de la sociedad.[2]

La mascarada El Castillo de la Perseverancia en la serie Los Tudor (Tumblr)
Por otro lado, a través del teatro cortesano se buscaba evocar la armoniosa estructura del cosmos como espejo de ese nuevo sistema de valores cortesano, y no “absolutista” como defiende Strong, en la que todos participaban como público a través de la danza y la música.[3] Por ello, otra forma de demostrar la magnificencia real era a través de las mascaradas de corte, que surgieron con el ballet de cour. Podemos rastrear su origen desde los disfraces de la Baja Edad Media y las apariciones en distintas representaciones públicas durante el siglo XVI, sobre todo en la Inglaterra de los Tudor. Para Strong, esto supuso un vehículo ideal para que los reyes exhibieran su divinidad ante la corte a través de escenas emblemáticas.  

Leonardo DiCaprio como el joven Louis XIV  (20 Minutos)
Íntimamente unido a estas fiestas estaba el baile, en el que tanto los actores de la mascarada como los espectadores se incorporaban alcanzando una especie de armonía y unidad.[4] Este tipo de espectáculos cada vez fue haciéndose más elaborado, buscando la exaltación del monarca. Un ejemplo de estas mascaradas lo podemos ver en la película El hombre de la máscara de hierro (1998) donde el joven Luis XIV celebra en palacio un baile de máscaras para su divertimento.[5]

En general, varios eran los componentes principales de este tipo de eventos: en primer lugar el disfraz; en segundo lugar, la música; y, por último, la gestualidad, como indica el siguiente fragmento de Los cigarrales de Toledo de Tirso de Molina:
Entraron máscaras, que a los compases de arpas, laúdes, cítaras y vihuelas, igualaron gentilezas del so pies, aquella noche, a suertes de las manos de aquel día. En el cortesano festín, donde se dan las músicas y danzas de enmascarados, ocupaban las damas los ojos “en las mudanzas, y oídos en los encarecimientos de galanes encubiertos que gozaban sus lados de rodillas- permisión lícita de palabras en tales ocasiones.[6]
Muchos de los temas favoritos en que se basaban estas máscaras palaciegas se inspiraron en el Amadís de Gaula, siendo el tema predilecto el desencantamiento de una doncella encerrada en un castillo y destinada a ser liberada por un caballero.[7] Esto es precisamente lo que vemos en los capítulos XXXIV y XXXV de la segunda parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha de Cervantes con el desencanto de Dulcinea del Toboso. En la obra, las máscaras forman parte del teatro que los duques organizan para su diversión durante la visita de don Quijote y Sancho. De esta manera, Cervantes transforma a su personaje principal y a su lacayo en bufones u “hombres de placer”, para crear un teatro público, caracterizado por la burla, en el cual los duques se divertirán dentro de la casa de placer ducal.[8] 

Donde mejor se observa la teatralidad de la época es en los capítulos XXXIV y XXXV, a través de la mascarada danzada, donde todos los participantes de la procesión participan disfrazados en el teatro que crean los duques para su regocijo. De esta manera, se consigue la ostentación del poder de los susodichos. En estos capítulos también aparece, en forma de carnaval, el desencanto de Dulcinea donde junto a luminarias y fuegos de artificio hace su entrada un carro triunfal, alterando los ritmos lumínicos del fuego y dando mayor esplendor a la fiesta. De este modo es, según Anna Mur i Raurell, como se alteraba el ritmo de la vida cotidiana.[9]

Escena de la cabalgata y desencantamiento de Dulcinea (20 Minutos)
Así pues, Cervantes describe un desfile carnavalesco donde están representados todos los elementos de las fiestas y espectáculos que se realizaban en el siglo XVII:
“...a deshora pareció que todo el bosque ardía, y luego se oyeron infinitas  cornetas y otros instrumentos de guerra, como de muchas tropas de caballería que por el bosque pasaba […] Luego se oyeron infinitos lelilíes, al uso de moros cuando entran en las batallas; sonaron trompetas y clarines, retumbaron tambores, resonaron pífaros […] Un postillón en traje de demonio les pasó por delante tocando un desmesurado cuerno. [Tras el demonio] vinieron seis tropas de encantadores sobre un carro triunfante que traen a la sin par Dulcinea del Toboso [encantada] […] Al compás de la agradable música vieron que hacia ellos venía un carro de los que llaman triunfales, tirado de seis mulas pardas, cubiertas de blanco, y sobre cada una venía un disciplinante de luz, vestido de blanco, con un hacha de cera grande, encendida, en la mano […] en un levantado trono venía sentada una ninfa […] que la hacían, sino rica, a lo menos vistosamente vestida […] Junto a ella venía una figura vestida de una ropa de las que llaman rozagantes, hasta los pies, cubierta la cabeza con un velo negro […] [Una vez llegó el carro frente a los duques y don Quijote] quitándose el velo del rostro, descubrió patentemente ser la misma figura de la muerte [que se presentó como Merlín]”[10].
Este tipo de espectáculos, como defiende A. Close “were elaborately staged fantasies enacted by members of a noble household in honour of a distinguised guest, or in a celebration of a notable event”.[11] En el caso del Quijote esta burla espectacular, a la par que cara, tiene un trasfondo en su dirección y organización: el triunfo de la novela de Cervantes y la popularidad que han conseguido sus héroes, sin olvidar también una manera creativa de renovar el placer de la lectura.[12]

CITAS Y REFERENCIAS:


[1] MARAVALL, p. 487.
[2] STRONG, R.: Arte y poder, p. 56.
[3] STRONG, R.: Arte y poder, p. 56.
[4] STRONG, R.: Arte y poder, pp. 70 y 71.
[5] El argumento de la película está basada en la obra El vizconde de Bragelonne de Alexandre Dumas, publicada en 1847.
[6] La definición aparece en la obra de Tirso de Molina Los cigarrales de Toledo. Visto en VALBUENA PRAT, A.: Op. Cit., p. 114.
[7] CLOSE, Anthony: “Fiestas palaciegas en la Segunda parte del Quijote”.  Actas del Segundo Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas. Vol. II. Barcelona, Anthropos, 1991, pp. 475-84 (p. 480).
[8] GRILLI, Giuseppe: Op. Cit., p. 146. REDONDO, Agustín: “Fiestas burlescas en el palacio de los Duques” en Antonio Bernart Vistarini (ed.): Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma, Universitat de les Illes Balears, 1998, p. 49. La burla se puede observar en el capítulo XXXI de la segunda parte de El Quijote de Cervantes, cuando el protagonista se encuentra con la duquesa y le llama “caballero andante verdadero y no fantástico”. Ver en CERVANTES, Miguel de: Op. Cit., t. 2, cap. XXXI, p. 784.
[9] DÍEZ BORQUE, J. Mª: “Fiesta y teatro en la Corte de los Austrias” en RUDOLF, K.: Barroco español y austriaco. Fiesta y teatro en la corte, Madrid, Museo Municipal, 2004, pp. 15-31, p. 17.
[10] CERVANTES, Miguel de: Op. Cit., t. 2, cap. XXXV, p. 818-822.
[11] CLOSE, Anthony: Op. Cit., p. 76.
[12] CERVANTES, Miguel de: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Ed. Francisco Rico, 2 vols. Barcelona, Instituto Cervantes, Crítica, 1998, V. 2, p. 172.

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