lunes, 23 de mayo de 2016

El futuro de la quema de libros

Quienes queman libros saben muy bien lo que hacen
George Steiner

Hay peores crímenes que quemar libros; uno de ellos es no leerlos
Ray Bradbury

Decíamos ayer, hablando sobre la biblioclastia a través de la historia, que encontramos, lamentablemente, ejemplos muy recientes relacionados con la quema de libros. No hace ni un siglo, masivamente en Berlín, y hace apenas un año, por parte del DAESH en Irak.

Quemas de libros, en el sentido literal, las habrá siempre, ya que los fundamentalistas (mentes de un solo libro a los que ofenden casi todos los demás) son una especie de muy difícil erradicación. En todo caso, dichas quemas tendrán mucha mayor afección sobre el libro en tanto objeto artístico o histórico (como el caso de los islamistas mencionados) que sobre las ideas que custodian.

Y es que desechando los casos más propios de fanáticos religioso o políticos, en el presente y futuro próximo nos enfrentamos a un escenario bastante paradójico, tanto en lo referente a su contenido como a su continente. Como decíamos en la anterior entrada, se considera biblioclastia también a la venta ilegal de libros, que entraría en la tercera categoría descrita por Eco (biblioclastia por interés). Pero temo que don Umberto, en su gran sabiduría, se centró demasiado en el libro tradicional, de papel, y olvidó analizar el mundo del libro digital.
El futuro de la quema de libros - Piratería
Muy adecuado para leer "La isla del tesoro". Dibujo de Jonathan Auxier (The Scop)
La vida pirata es la vida mejor, se vive sin trabajar

En la historia, la información ha sufrido tres grandes revoluciones: la primera en la edad de bronce, con la propia aparición de la escritura. La  segunda en el Renacimiento, al surgir la imprenta de tipos móviles, que hace posible la aparición de múltiples copias, a precios asequibles, de cada obra. Y la tercera, en la que estamos inmersos, es la digitalización de la información, que, a través de Internet, se hace prácticamente ubicua.

Nos enfrentamos, pues, a una curiosa paradoja. Un biblioclasta por interés que vende ilegalmente libros a través de Internet, lo que está haciendo realmente es generar más copias de los mismos, difundiendo las ideas que contienen, que es precisamente lo contrario de lo que haría Torquemada. Pensemos que hoy día los gobiernos totalitarios la censura la ejercen controlando el acceso a Internet, ya que es nuestra moderna biblioteca de Alejandría, donde se concentra el conocimiento humano. En palabras de Joaquín Rodríguez López en su magnífico blog Los futuros del libro:
Digitalizar es fluidificar los textos, dotarles de la posibilidad de discurrir sin cortapisas, de ahí, quizás, la posibilidad de hacerlos circular sin trabas ni restricciones.
Evidentemente, vender copias no autorizadas es ilegal y se llama piratería. Pero este problema es el hijo bastardo de una falta de adaptación del modelo de negocio y de la gestión de la propiedad intelectual a la realidad tecnológica; en cierto modo, es algo parecido a lo que ocurrió a don Miguel de Cervantes cuando se publicó el apócrifo Quijote de Avellaneda, en el sentido de que las únicas obras inmunes a la piratería son aquellas que no interesan a nadie. En palabras del desaparecido José Manuel Lara Bosch:
La piratería es algo pésimo. Pero mala señal cuando los piratas te ignoran: quiere decir que no importas.
No considero, pues, que la verdadera amenaza a los libros venga de esa parteel libro electrónico es sólo un formato, más versátil, cómodo y, por ser intangible, incombustible, aunque tenga menos encanto. Si me apuran, diré que puede contribuir mucho más a difundir ciertos conceptos en ciertos lugares, ya que es mucho más fácil ocultar un fichero de 2 Mb que un tomo de 1.000 páginas. Cierto es que sin el debido mantenimiento y precauciones, también es menos perdurable: dudo mucho que dentro de 500 años se conserve ningún ejemplar digital en un museo.

No pienso nunca en el futuro porque llega muy pronto

Bajo estas premisas, tal vez podamos considerar como equivalente a quemar libros el borrarlos del correspondiente servidor; en todo caso, considero que el principal reto del libro, y me da igual su formato, es vivir en la cultura de la inmediatez, fuertemente audiovisual, en la que estamos inmersos. Digo vivir, y no sobrevivir, que no es lo mismo. 

Las ideas que ahora cambian el mundo, se comparten en redes sociales y todo el mundo comenta rara vez son aquellas impresas; son eminentemente audiovisuales. Videos y fotografías viralizan en Internet muchísimo más que un texto sensato y moderado que explique bien lo que estamos viendo en esas imágenes. La lectura requiere sosiego, análisis y, especialmente, tiempo, y cada vez menos gente está dispuesta a cederlo.

El futuro de la quema de libros - Analfabetismo funcional
Algún caso seguro que ya habido... (Busco un libro pero no se el...)
Otro gran  peligro puede venir por el exceso de oferta; a día de hoy, tal como analizábamos antes de la feria del libro del 2015, hay casi más publicaciones que lectores. Muchas editoriales no tienen músculo para hacer visibles sus productos, por lo que dominan casi todo el mercado las más grandes; y, además, el mercado de distribución en Internet está fuertemente dominado por unas pocas empresas (que no citaré). 

El riesgo aquí es perdernos en el marasmo de publicaciones para separar el grano de la paja, sobre todo teniendo en cuenta que las que más se nos ponen ante los ojos generalmente yo no las consideraría dignas ni de calzar las estanterías donde están los libros realmente interesantes. Para ello, lo mejor es perdernos de vez en cuando por nuestra librería de cabecera, que seguro que nos recomiendan bien, sobre todo si ya nos conocen.

En una línea similar, haciendo de cicerone, está el uso de buscadores para localizar la información que nos interesa, libros o no, en la red. Pero esto presenta actualmente un problema técnico a salvar, que no es baladí. Tal como pueden comprobar en la charla TED que les dejo a continuación, la capacidad de personalización de los motores de búsqueda, basada en búsquedas previas, hace que al final nos muestren la información fuertemente sesgada.


De este modo, se limita nuestra visión del mundo y nuestra capacidad crítica, ya que no nos enfrentaríamos a ideas que nos lleven la contraria. Puestos a ser malpensados, cualquiera de los grandes de Internet puede actuar de censor y convertir en prácticamente invisible un enlace, un libro o cualquier otra información con sus algoritmos. Un ¿chiste? dice que el mejor sitio para ocultar algo es a partir de la tercera página de Google.

Por otra parte, tal como analizamos también, la estadística dice que el 35% de la población no lee nunca o casi nunca. Tal como menciona The Economist en un artículo escrito tras los disturbios londinenses de 2011 titulado ¿Recuerdas cuando aún merecía la pena quemar libros?las librerías de la zona afectada por los asaltantes resultaron intactas. Les produjeron absoluta indiferencia (salvo una de temática gay y lesbiana a la que rompieron el escaparate y estropearon los libros del mismo, lo cual es un gesto de bibiliocastia fundamentalista). 

El riesgo aquí está claro: el analfabetismo funcional de una parte de la población, inmersa hasta el cuello en esa cultura audiovisual de la inmediatez de la que hablábamos. Tanto, que considera que una librería no les puede aportar nada, ni aunque sea gratis. O, en palabras de uno de los libreros, "si roban algunos libros tal vez aprendan algo". ¡Aunque sean técnicas de guerrilla urbana, pardiez!

¿Mi conclusión? En el futuro no se quemarán libros porque no hará falta. La información, las ideas, las ventanas al mundo que contienen los libros están migrando a lo digital, a la imagen, a lo etéreo. La lectura será mucho menos peligrosa, para bien y para mal. Los censores no harán piras en la plaza pública, se encargarán, paradójicamente en lo semántico, de controlar los cortafuegos de Internet. Nos esperan, sin duda, tiempos interesantes.

El futuro de la quema de libros - Basta que dejen de leerlos
El problema en nuestro país no es prohibir libros, es que la gente ya no lee. No tienes que quemar libros para destruir una cultura. Símplemente has de conseguir que la gente deje de leerlos. Ray Bradbury. (Beware of Images)

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