jueves, 3 de marzo de 2016

Reinos desaparecidos, de Norman Davies

Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, poderosos, y perded la esperanza!
Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.

Ozymandias, Percy Bysshe Shelley

Portada del libro (Casa del Libro)
Cuando estudiamos la historia de un país, o de Europa en su conjunto, damos con un relato centrado en los actuales estados, olvidando que, en muchos casos, éstos sólo existen con su configuración actual desde hace un par de décadas. Gigantes como Rusia o Alemania fijan sus fronteras actuales con el final de la Guerra Fría. Italia existe como tal no hace aún 150 años. Y eso por no hablar de la URSS y Yugoslavia, países que a los más jóvenes les sonarán casi como el imperio austrohúngaro.

Dicho relato, además, suele estar construido en torno a un hilo conductor que convierte a la historia en una fuerza inexorable (de origen divino para los estados confesionales, o terrenal pero igualmente inapelable para los aconfesionales) para conformar el estado actual; una unidad de destino en lo universal, en palabras del nacionalcatolicismo español de los años 40. Las ramas sobrantes del árbol de la historia patria son ninguneadas, cuando no, directamente, podadas del mismo. Pensemos, por un momento, cual sería el discurso oficial en torno a la Reconquista si dentro de unos años España se convirtiera en un estado islámico, aunque los hechos ya acaecidos sean inmutables.

Y, sin embargo, antes de nosotros, de nuestra concepción del mundo y nuestras miserias políticas, económicas y bélicas, existieron cientos de millones de europeos que, habitando el mismo territorio, nunca imaginaron tan siquiera las fronteras actuales; aunque, posiblemente, sintieron también que su país había llegado a ser el que era por voluntad divina, y que éste existiría in saecula saeculorum. El otrora poderoso e invencible imperio romano sucumbió hace más de 1500 años, y, de habérselo dicho al emperador Adriano, pese a su sabiduría, sin duda nos habría tratado de orates. De hecho, el que un país llegue siquiera a existir implica, cuando menos, unas circunstancias económicas, políticas, militares o sociales que lo permiten, sean estas endógenas, exógenas, o una mezcla de ambas opciones.

En palabras del autor del libro que tratamos hoy, Norman Davies, "quienes piensen que no están sujetos al imperio de lo efímero, viven en Nephelokokkygía"; esta palabra, usada por Aristófanes en su obra Los pájaros, significa literalmente "morada de las nubes y los cuclillos" y simboliza un mundo fantástico y optimista donde uno se encierra. Y para demostrarlo, nos propone varios ejemplos de reinos europeos otrora poderosos, y de los que hoy apenas queda el recuerdo. 

El primero es el reino visigodo de Tolosa, que durante décadas dominó el sur de Francia hasta su derrota por los francos, haciendo que sus habitantes fijasen en Hispania su nueva morada, y en Toledo su capital. 

Sigue Alt Clut, reino britón en el "Viejo Norte", parte de lo que hoy es Escocia, y que resume la alta edad media británica, la evolución de sus lenguas, sus luchas contra anglos, sajones, pictos y vikingos, y aporta algunos datos que pueden dar luz a la leyenda artúrica y la vida de William Wallace. 

Burgundia, o Borgoña, un territorio esquivo; el sudeste de la actual Francia fue ocupado por los burgundios (y su historia se relaciona con el origen del Cantar de los Nibelungos). Reino, condado o landgraviato, amortiguador entre Francia y Alemania, sus fronteras sufrieron muchos cambios, llegando los miembros de su casa a dominar toda la franja entre el Mediterráneo y Flandes.

Chiste de Forges (Almogávares de Europa)
Aragón, pequeño territorio nacido en los Pirineos y cuya simbiosis con los condados catalanes lo llevó a conformar un imperio en gran parte del mar Mediterráneo. En 1285, Bernat Desclot escribía en su crónica “No pienso que galera o bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, sino que tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón».

El gran ducado de Lituania, en su momento el mayor territorio de Europa por su coalición con Polonia, y cuya historia ha sido fagocitada por la de Rusia, su gran rival. Y que se entremezcla con la de Borussia, Prusia, los territorios de la Órden Teutónica que acabaron liderando la unificación alemana.

Bizancio, apenas analizado porque requeriría otro libro completo, pero que nos recuerda el injusto trato que tiene el recuerdo del Imperio Romano de Oriente desde los tiempos de Gibbon.

Saboya, región transalpina que fue clave en el proceso de unificación de Italia, aunque paradójicamente su esencia acabó perteneciendo a Francia a raíz de la misma. Galitzia, región que ha pertenecido a varios imperios y países en el siglo XX, y cuya complejidad étnica y cultural ha sido tan peculiar como característica. Rossenau, pequeña región alemana íntimamente unida a Gran Bretaña por provenir de la misma Eduardo, el marido de la reina Victoria, lo cual implicó bastantes complicaciones sucesorias.

La siempre convulsa zona balcánica está representada por Chernagora (Montenegro), pequeño estado que, tras independizarse del Imperio Otomano, se vio incluida en Yugoslavia de manera controvertida, siendo el único país desaparecido entre el bando aliado tras la Gran Guerra. Y la muy fugaz Rutenia, la república de un sólo día (15 de Marzo de 1939): ante la invasión de Checoslovaquia por las tropas nazis, Eslovaquia decidió escindirse de sus hermanos checos... y Rutenia, a su vez, decidió hacerlo de Eslovaquia, para ser invadida al día siguiente por Hungría.
Los cambios en las fronteras de Europa en los últimos 1000 años

Éire, la república de Irlanda; nación no desaparecida, sino bien vigente, cuyo capítulo se centra en el proceso de independencia de principios del siglo XX, y que aparece para ejemplificar como cambian con el tiempo los estados. En este caso, el Reino Unido, sometido a las tensiones centrífugas de varias regiones respecto a Inglaterra.

Y, cómo gran colofón, la URSS, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Este capítulo se centra en la historia reciente de Estonia y el inopinado proceso de desintegración de la URSS, nación central en la historia del siglo XX desde su aparición en 1922 hasta su desaparición el 31 de diciembre de 1991; es decir, que muchos de los que aquí estamos la hemos conocido y recordamos cómo dejó de existir.

En palabras de Platón, "la nave del estado no navega para siempre": algunas veces capean las tormentas, otras se van a pique, otras alcanzan el puerto para ser reparadas, y otras, dañadas, se desguazan o se hunden.

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