lunes, 8 de febrero de 2016

La Terra Australis y el cálculo de la longitud

No está marcada en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca.
Herman Melville

En el siglo XVI los navíos españoles podían encontrarse en prácticamente cualquier mar del mundo. Álvaro de Mendaña y Neyra navegó por el océano Pacífico con el objetivo de encontrar el legendario continente del sur, la Terra Australis Incognita; el 1 de febrero de 1568 avistó unas islas a las que llamó Salomón, pensando que podrían ser la Tierra de Ofir, donde se encontraban las minas del bíblico rey.

Álvaro de Mendaña preparó una segunda expedición a las Salomón en 1595, para colonizarlas e impedir que sirvieran de refugio a los piratas ingleses que atacaban a los buques españoles que comerciaban con las Filipinas. No llegó a dar nuevamente con las Salomón, pero sí con las islas Marquesas y las Santa Cruz, muy próximas. Mendaña murió de malaria, y la tripulación, tras cometer excesos contra los indígenas, llegó al borde de la rebelión; el resto de la expedición abandonó las islas y se dirigió a Filipinas.

En 1606 Pedro Fernández de Quirós refundó la colonia de Mendaña, pero la abandonó con la intención de continuar la búsqueda de la Terra Australis Incognita; Quirós llegó a desembarcar en la isla del Espíritu Santo creyendo que era parte del continente meridional, y la llamó la Austrialia del Espíritu Santo (mezclando las palabras Austral y Austria, en honor a la dinastía reinante); fundó una ciudad llamada Nueva Jerusalén, abandonada rápidamente por enfrentamientos con los nativos. Poco después puso proa a Acapulco, dando por concluida la expedición. Hasta finales del siglo XVIII, con las expediciones de Cook, no hubo de nuevo un verdadero interés en aquellas tierras. Con las habituales malas artes inglesas de por medio, por cierto.

La Terra Australis y el cálculo de la longitud: Mapamundi de Abraham Ortelius (1570)
Mapamundi de Abraham Ortelius (1570), en el que se observa la Terra Australis Incognita (Wikipedia)
Nobody rules the waves

En aquel entonces, en aquel marasmo de islas, era muy frecuente confundir unas con otras, ya que el sistema para reconocerlas tras un primer avistamiento era fijarse en su perfil. Teniendo en cuenta que la luz, las brumas y la propia flora pueden alterar la silueta de la isla, era habitual la confusión. Se usaba este sistema porque no se conocía aún la solución a un problema que para la navegación es peliagudo: el cálculo de la longitud; es decir, en qué meridiano nos encontramos.

La forma de calcular la latitud (el paralelo) estaba desde hacía mucho tiempo clara, usando el sol y las estrellas para ello; pero para calcular la longitud era preciso saber la diferencia horaria entre dos puntos, uno usado como referencia, y el que nos encontramos. El viaje de Magallanes fue determinante para calcular la longitud según la posición del observador; Rui Faleiro, organizador científico del viaje, consiguió calcular la hora local con la posición del Sol, pero no había forma de saber la diferencia horaria con el punto de partida. Puesto que la vuelta completa a la tierra son 360º y manejamos un sistema de 24 horas, cada hora de diferencia implica 15º. Ya Cervantes hablaba de la búsqueda del "punto fijo", mientras Felipe II y Felipe III ofrecían fortunas por encontrar un sistema para calcularla. 

La Terra Australis y el cálculo de la longitud: Reloj del Real Observatorio de Greenwich
Reloj del Real Observatorio de Greenwich (archivo propio)
Muchos sistemas se propusieron: basados en las mareas, en los eclipses lunares, las variaciones de la aguja imantada, o incluso con las lunas de Júpiter, método propuesto por su descubridor, Galileo; el cual era viable, y funcionó para tierra firme, pero no podía usarse en el mar debido a la falta de estabilidad de los navíos. En todo caso, el haber encontrado un uso práctico importante para las observaciones astronómicas sirvió para que se creasen observatorios en toda Europa, y buscar métodos para resolver el problema de la longitud.

Uno de los métodos más retorcidos fue el del polvo de la simpatía, propuesto en 1687. Ese polvo, "descubierto" por el charlatán Sir Kenelm Digby, aplicado a un arma que hería a alguien, volvería a producir los dolores del momento de la lesión cada vez que la sustancia mágica entrara de nuevo en contacto con el arma. Así que si hacemos una herida a un perro con un arma que dejamos en tierra, y embarcamos al perro, podemos calcular la diferencia horaria: al rociar con polvos de simpatía todos los mediodías el arma, el pobre animal aullaría de dolor allá donde estuviese, dando al capitán del barco la referencia horaria que necesita. En todo caso, no hay constancia de que este sistema llegara a probarse.

What if you rock around the clock?

El desastre de 1707 del Almirante Showell en las Islas Scilly, naufragio provocado por los errores en el cálculo de la longitud, llevaron a que en la primavera de 1714 se elevara al parlamento británico una petición de «los capitanes de los navíos de Su Majestad, los comerciantes de Londres y los capitanes de buques mercantes» para que el gobierno prestara atención al problema. El Decreto de la Longitud, emitido el 8 de julio de 1714 durante el reinado de la Reina Ana, ofreció la siguiente recompensa:
  • £ 20.000 al método que determine la Longitud con una precisión de medio grado, medido en un círculo mayor.
  • £ 15.000 al método que determine la Longitud con una precisión de dos tercios de grado, medido en un círculo mayor.
  • £ 10.000 al método que determine la Longitud con una precisión de un grado, medido en un círculo mayor. 
Una de las personas consultadas, claro, fue el eminente Isaac Newton, por aquel entonces ya septuagenario, que opinó:
Uno [de los métodos] consiste en un reloj que marque la hora con exactitud. Pero a causa de los movimientos del navío, la variación entre calor y frío, o entre humedad y sequedad, así como la diferencia de gravedad en las distintas latitudes, aún no se ha construido semejante aparato.

Para optar al primer premio, un reloj debía lograr encontrar la longitud dentro de medio grado: esto significa que no debía adelantarse o atrasarse más de 3 segundos cada 24 horas; medio grado de longitud equivale a 2 minutos de tiempo, máximo error permisible en el curso de un viaje de seis semanas entre Inglaterra y El Caribe. 


La Terra Australis y el cálculo de la longitud: Los relojes de Harrison
Los relojes de Harrison (Pixgood)

Y esta fue precisamente la solución: el relojero John Harrison logró fabricar varios relojes que dieron solución al problema. El H-1 (Harrison primero) se probó con éxito en 1737 en un viaje a Lisboa, y el H-4 se retrasó solo 5 segundos tras ochenta días navegando por alta mar en 1760. Un logro impresionante que, sin embargo, no se vio recompensado porque el consejo científico decidió no admitir una solución de ingeniería para un problema que consideraban que debía tener una solución astronómica. Esta injusticia no se resolvió hasta el 24 de abril de 1773 por mediación del rey Jorge III.

El capitán Cook embarcó en su segundo viaje en 1772 con un cronómetro K1, reloj de bolsillo copia del H4 de Harrison; gracias a él pudo medir con gran precisión las longitudes de todas las islas y tierras con las que topó. Llegó muy cerca de la Antártida, y desembarcó en la isla de Pascua y Vanuatu. Su recorrido por el otro extremo del mundo desmintió, definitivamente, la existencia de la mítica Terra Australis Incognita.

Tan encantado estaba con el K1 que lo llevó en su tercera expedición en 1776; se dice que, casi en el mismo momento en que, en 1779, moría Cook asesinado en Hawái por los nativos, el K1 dejó de funcionar. 

Fuentes:
  • Umberto Eco (2013): Historia de las tierras y los lugares legendarios, Lumen.
  • Dava Sobel (2006), Longitud, Anagrama.

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