jueves, 5 de marzo de 2015

El camino del saber: sobre la necesidad de la cultura científica

Cultura es lo que queda cuando se olvida todo lo que se aprendió.

Nuccio Ordine reivindica en su libro La inutilidad de lo inutil las humanidades y el aprendizaje cultural como parte esencial de la formación del individuo; con justicia, al igual que Roberto en esta entradareclama que los planes de educación y la necesidad de inmediatez en los resultados en nuestra sociedad, están sometiendo a las humanidades a un asedio prolongado, mientras se prima a las disciplinas "utilitaristas".

Viñetas de Mauro Entrialgo en "El Jueves", sobre la necesidad de un conocimiento integral
Viñetas de Mauro Entrialgo en "El Jueves"
Sin dejar de reconocer esta verdad, es preciso señalar el mal uso de la palabra "cultura" (y que nadie saque la pistola), pues las ramas del saber con aplicación más práctica también son cultura: unos conocimientos generales de matemáticas, estadística, física, medicina, etc., así como del propio método científico, son tan precisos como los de filosofía, historia, música o literatura para gozar de un saber integral.

Y es que si en temas científicos nos limitamos a escuchar la música pero no la letra podemos hacer un espantoso ridículo, aun siendo primeros espadas en humanidades (y viceversa, obviamente). Tal fue el caso de aquellos implicados en el "caso Sokal", que constituyó uno de los disparadores de la crisis de las humanidades en los planes de estudios. 

No estoy hablando del dominio de la tecnología (pues no es lo mismo que la ciencia), aunque estén relacionados. Tampoco se trata de acumular conocimientos de forma enciclopédica: todas estas disciplinas nos hacen más cultos, capaces y saludablemente escépticos. Aunando el saber de las ramas humanistas y las científicas es cuando lograremos un saber integral, el ideal de la tercera cultura, que en el fondo es un enfoque renacentista del conocimiento.

Todo ello nos vuelve menos vulnerables a las mentiras interesadas y a toda la panoplia de charlatanes existente: una cultura científica general evitará que asumamos acríticamente errores garrafales publicados por los medios, nos inmunizará contra los astrólogos y "brujas", y evitará que homeópatas y otros sacacuartos, con sus "productos milagro", hagan su agosto a nuestra costa. Tanta manipulación nos arrojan al hablar de pasados ficticios como al dar ciertas estadísticas, por no hablar de la desinformación que crean muchos medios al lanzar, sin filtro, algunas noticias en torno a propiedades de los alimentos o similares.

En La tercera cultura, John Brockman aboga
por el diálogo entre ciencias y humanidades,
cambiando las formas del discurso intelectual.
Imagen de Tusquets Editores
Ars longa, vita brevis: es imposible dominar todas las disciplinas a un nivel profesional, está claro... pero no hace falta ser ingeniero para conocer lo esencial de la estadística o de la física, de la misma forma que no es preciso ser historiador para tener conocimientos dignos sobre la edad media. Puesto que en la comunidad científica existen grandes divulgadores, existen medios para salvar la brecha por parte de cualquier mente curiosa. 

Por ejemplo, al leer noticias en el periódico, y sin necesidad de entrar a analizar el artículo original en detalle, en general es importante ver qué revista lo ha publicado, y verificar si tiene un factor de impacto alto, lo cual puede consultarse a través de Google: esto ya nos dará una idea de la fiabilidad del mismo.

Algo a destacar es que la divulgación no es cosa nueva; una obra de la que ya hablamos, Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo, tiene un formato didáctico. Por su parte, la revista Popular Science lleva desde 1872 realizando dicha labor en EEUU. En todo caso, que no es una labor sencilla lo demuestra otra obra ya citada por aquí, los Principia Mathematica de Newton, que pese a la gran difusión en su época realmente era comprendida por muy poca gente. A día de hoy, pese a que los grandes medios suelen meter mucho la pata a la hora de dar noticias científicas, hay honrosas excepciones que contribuyen, a través del periodismo científico, a que la sociedad comprenda mejor el mundo de, y a través de, la ciencia.

Además, ya se ha demostrado algo que los que tenemos una formación algo más sólida en la rama científico-técnica ya intuíamos: una fórmula matemática elegante es equiparable en belleza a un poema, o, al menos, el cerebro produce esa respuesta en quien sabe entender la misma. Evidentemente este concepto es subjetivo, claro, pero el ser capaz de apreciar la belleza intrínseca de una ecuación, algoritmo o un diseño abre un nuevo mundo de sensaciones. ¿Se imaginan poder sentir lo mismo ante las ecuaciones de Maxwell y ante un Rembrandt?

Ya les di hace unos días, en otra entrada, algunas referencias de libros, páginas web y programas televisivos destinados a la divulgación científica. Les invito a que le peguen un vistazo, y, por supuesto, hagan su propia lista.

Me despido con una cita de Arturo Quirantes en Naukas, en el ya mencionado artículo Impostores y posmodernos: el caso SokalTal vez yo podría decirlo más alto, pero seguramente no más claro.
Sin filosofía, sin historia, sin arte podemos llegar muy lejos, pero como dijo Paul Newman en una película, allí no hay nadie. Las dos culturas se complementan y se necesitan mutuamente. La gente de ciencias necesitamos contar con los estudiosos de la filosofía de la ciencia para indicarnos el camino y despejar nuestras dudas, y manifestaciones del tipo “La visión que desarrollamos de la ciencia no tiene por qué parecerse a lo que los científicos piensan de la ciencia” (Bruno Latour) ciertamente no nos ayudan. Necesitamos los estudios sociales, las humanidades. Más aún, no deberían existir “los de letras” o “los de ciencias” porque todos deberíamos participar de ambos mundos.

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