jueves, 27 de marzo de 2014

El clan Wagner, de Jonathan Carr. Reflexiones en torno a la impostura sobre el compositor y el nazismo.

¡Oh, regresa, audaz cantor, vuelve a nuestro lado!
¡Terminen las discordias y las disputas!
Landgraf, en Tannhäuser (Acto I, escena III)


Imagen de Turner
Richard Wagner, de quien celebramos el bicentenario el año pasado, es, además de uno de los mejores compositores de la historia, aquel sobre quien, probablemente, se han vertido más ríos de tinta. Siempre fascinante, como las exposiciones sobre el mismo y las asociaciones de wagnerianos atestiguan, el principal motivo sobre el que se escribe de él suele centrarse en su supuesta relación con el régimen nacionalsocialista que marcó el devenir de Alemania, Europa y todo el mundo. 

Pero, ¿cómo es esto posible, si el compositor murió en 1883? Parte de la acusación se basa en que exhibía un fuerte antisemitismo, pero también es cierto que a menudo de forma ambigua. Además, esta postura no dejó de ser una ideología, casi una pandemia, propia de su época, donde este odio al judaísmo, tanto cultural como racialmente, era desmesuradamente frecuente. Algunos libros como El cementerio de Praga, de Umberto Eco, nos lo dejan claro; y, lamentablemente, esta postura ha sido defendida por muchos ilustres artistas, como ya comentamos por aquí. En cualquier caso, ambos factores no son atenuantes del odioso pecado del racismo.

Por otra parte, a pesar de su célebre panfleto El judaismo en la música, en sus óperas, el verdadero motivo por el que su nombre se ha vuelto inmortal, jamás aparecen judíos, ni como antagonistas ni como secuaces de éstos, ni a modo de caricaturas, aunque algunos quieran hallarlas de forma rebuscada y torticera.

Si bien parte de la temática de sus óperas también podría añadir pruebas a la acusación (historicismo germánico, gobernantes poderosos, ambientes guerreros, ruptura con los lastres del pasado, etc.), una lectura detallada de las mismas barre muchos de estos tópicos. No en vano, la monumental tetralogía El anillo del Nibelungo puede analizarse como una advertencia de que la ambición desmedida por el poder sólo puede traer desgracias, y obras como Pársifal o El Holandés Errante se construyen sobre el mensaje de la redención a través de la compasión.

Pese a ello, la figura del compositor aparece ligada en el imaginario colectivo a uno de los regímenes políticos más abyectos que han existido, y se le señala a menudo como uno de los responsables intelectuales del Holocausto. En buena medida, esto se explica a través de la historia de su familia. 

El libro del que hablamos hoy (una de las "capturas del día" durante la feria del libro de 2013, como ya les contamos) recoge la historia de la misma. Portadora de uno de los apellidos más emblemáticos de Alemania, su historia es un resumen de la de su país; Jonathan Carr, periodista británico pero afincado en Alemania y fallecido en 2008, recoge la misma en este título a lo largo de las 4 generaciones del clan.

Amén de la figura del Maestro podremos conocer bien la de Cósima, la hohe Frau (alta mujer), que dirigió a la estirpe durante muchos años tras el fallecimiento del fundador y cuya biografía, por si sola, es ya fascinante. Hija ilegítima de Franz Lizst y matrona de los Wagner tras abandonar a su primer marido, Hans von Bülow, dio lugar junto a Richard a un árbol genealógico con un apellido que ha traído a la dinastía tanto prestigio como responsabilidad y problemas, siempre con la dirección del festival de Bayreuth como gran proyecto familiar. 

Licencia Histórica: El clan Wagner. Eva, Isolde, Siegfried, Daniela y Blandine Wagner con  Hans Richter, director del primer ciclo del  Anillo en Bayreuth en 1876
Eva, Isolde, Siegfried, Daniela y Blandine Wagner con Hans Richter, director del primer ciclo del 
Anillo en Bayreuth en 1876. Imagen de The Telegraph.
Destacan en el linaje varias figuras como Siegfried Wagner, compositor, al igual que su padre. Hombre de carácter alegre y modales refinados, nunca llegó a obtener un prestigio equiparable al de su padre con sus óperas, y cuya vida estuvo bastante marcada por su bisexualidad. Aunque la principal causa de traumas en la familia fue su mujer, Winifred: inglesa de nacimiento, dirigió el festival tras la muerte de su marido hasta 1944, asociando para siempre el apellido Wagner, Bayreuth y el nazismo a través de su amistad y admiración hacia la  figura de Hitler (el tío Lobo).

Y es que éste, siendo admirador de las óperas del Maestro, se apropió de parte de la filosofía del mismo (la más superficial), ignorando otras partes, como los mensajes últimos citados anteriormente. De hecho, la apropiación de la música de Wagner por parte del régimen nace de la afición personal por parte del Führer: es sabido que gran parte del Partido se oponía a la misma, e incluso acompañaba con gran fastidio al líder a las maratonianas sesiones operísticas.

Curiosamente, fue también un yerno de origen inglés, Houston Stewart Chamberlain, el otro gran punto de enganche entre los Wagner y el nacionalsocialismo: casado con Eva Wagner, hija menor del compositor, fue uno de los precursores ideológicos del nazismo a través de su libro Los fundamentos del siglo XX, fuertemente racista y pangermanista.

Licencia Histórica: El clan Wagner. Wahnfried, la casa familiar en Bayreuth.
Wahnfried, la casa familiar en Bayreuth.
Imagen de Wikimedia.
La relación de la familia con el tío Lobo, el hecho de que el festival se convirtiese durante la época en un instrumento de la cultura oficial promovida por el Tercer Reich (no en vano los noticiarios de guerra comenzaban con La Cabalgata de las Walkirias, y las noticias de decesos con La muerte de Sigfrido), y el uso de su música como acompañamiento de los prisioneros hacia las ejecuciones en las cámaras de gas hacen que, de forma lamentable, resulte instintiva la asociación mental entre el nacionalsocialismo y las óperas de Wagner.

Y ello pese al esfuerzo realizado por su nieto Wolfgang Wagner durante décadas para intentar disociar el arte de esta imagen a través del "nuevo Bayreuth" (llegando a representarse un "Anillo" claramente izquierdista en la edición del centenario en 1976), y a que su hermana Friedelind Wagner se exiliase voluntariamente a EEUU durante la era nazi y desde allí denunciase la relación entre su madre y el Tercer Reich. Y es que otra cosa que podremos aprender en las páginas de este libro es la fuerte personalidad e importancia, para bien y para mal, de las mujeres del clan (Cósima, Winifred, Friedelind, ...). No en vano, las mujeres son piezas fundamentales en las óperas del Maestro (Isolda, Senta, Kundry, Brünnhilde, ...), y el festival es actualmente dirigido por Katharina y Eva Wagner.

En resumen, gracias a esta obra podremos conocer la historia de una estirpe marcada por un apellido tan glorioso como denostado, asociado a la historia de Alemania durante 200 años, y plagada de intrigas, celos y enfrentamientos. Estirpe que, como tantas familias alemanas, tiene demasiados esqueletos guardados en su armario. La pregunta, como siempre que se habla de este tema, es... ¿hasta cuándo han de pagar los nietos por los pecados de sus abuelos? Y en este caso concreto, ¿y la memoria del bisabuelo? Los amantes de la música siempre estaremos en deuda con directores como Daniel Barenboim, de origen judío y gran reivindicador de la música de Wagner, incluso en territorio israelí.

Licencia Histórica: El Clan Wagner. Caricatura de Richard Wagner como Sigfrido, matando al dragón de las críticas.
Richard Wagner, caracterizado como Sigfrido, mata al dragón de las críticas. El tesoro de los royalties
rodea el cuerpo de la bestia. Caricatura de C.V. Grimm. Imagen de Ars Super Omnia.
Además de este tema central, del libro surgen otras preguntas; la que se me antoja más importante es cuál sería la relación del Maestro con los más tradicionalistas de sus seguidores, a menudo opuestos a cualquier cambio de enfoque, cuando él fue el más revolucionario (en todos los sentidos) de los creadores, buscador insaciable de la innovación, y autor de la frase:
 Pretender vivir del pasado es la utopía más estéril y peligrosa.
Se recomienda, por supuesto, realizar la lectura con una banda sonora de auténtico lujo, como por ejemplo, el Idilio de Sigfrido (una de las escasísimas obras sinfónicas del Maestro), que les enlazo a continuación. En una versión de Karajan, quien, naturalmente, aparece entre las páginas del libro.

PD. Para completar, pueden ver la serie Hijos del Tercer Reich, ya comentada por estos lares, y que plantea algunas preguntas adicionales sobre los alemanes de aquel triste periodo.

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