miércoles, 4 de diciembre de 2013

De re musica: tratados de historia que se escuchan (II)

La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía.
Ludwig van Beethoven

In Memoriam Fernando Argenta (1945 - 2013): por motivos obvios.

Como decíamos ayer, la música propia de cada época resulta fundamental para conocer la misma. Si bien hasta tiempos medievales no se conservan partituras ni se conoce a los autores de las piezas, desde entonces la evolución de la música ha sido vertiginosa.

Como hemos visto, resulta imposible desligar la música de la época de los acontecimientos que tuvieron lugar durante la misma, y de su visión del mundo. El concierto Emperador de Beethoven, dedicado inicialmente a Napoleón, es un buen ejemplo de ello; no es posible comprender los movimientos revolucionarios del siglo XIX sin detenerse a escuchar la música compuesta en la época

Coro de los caballeros del Grial, de la ópera "Pársifal", de Wagner.
Imagen de "Parado en la esquina escuchando ópera"
Schubert, Chopin o Brahms destacan en aquellos años, que pronto vieron nacer los nacionalismos, como hijos inevitables. Mi Patria, de Smetana, la Obertura 1812 y Eugen Onegin de Chaikovski son grandes ejemplos del afán patriótico característico de aquella época, de los que se podrían citar docenas; creo importante destacar la llamada música celta, surgida a finales del XIX en las islas británicas, claro ejemplo de que la música popular también se vio, lógicamente, influenciada por aquel sentir nacionalista, buscando en este caso las raíces musicales de los antiguos celtas británicos e irlandeses, por más que no tengamos forma de saber cómo sonaban realmente.

Este año estamos celebrando, por otra parte, el bicentenario de dos importantes compositores operísticos, ambos totalmente relacionados con los procesos de reunificación de sus respectivos países: Verdi y Wagner. En el primer caso, baste mencionar las pintadas “Viva Verdi” que aparecían en la Italia en proceso de risorgimento, como acrónimo de “Viva Vittorio Emmanuelle Re D’Italia”, y que su genial Va, pensiero de la ópera Nabucco llegó a proponerse como himno oficial de la nación. Atención a la maravillosa versión que les enlazo a continuación...


El caso del teutón requeriría un estudio completo aparte; fue el gran revolucionario del mundo operístico (por ejemplo, fue el primero que hizo que las luces del recinto se apagasen durante la representación, para obligar al público a sumergirse en la obra) obsesionado por lograr la Gesamtkunstwerk (la obra de arte total), aunando la música, la trama, la psicología de los personajes y la escenografía.

Su relación con el pangermanismo es obvia al analizar algunos de sus libretos, basados en la mitología germánica en lugar de en la grecorromana, por ejemplo, y su ruptura con el estilo italiano. Aunque la polémica siempre rodeó su vida, la posterior apropiación de su obra por parte del nacionalsocialismo, varias décadas después de su muerte, ha traído sobre el mismo un baldón injusto, aunque siempre será necesario aproximarse a él para comprender mejor la Europa del siglo XX. Por suerte, existen personas como Baremboim, argentino de origen judío, quien está intentando reivindicar su figura en Israel, tanto como a contribuir a la paz con Palestina.


Barenboim dirigiendo.
Imagen de "Cultura, Cultura política y económica"
Llegado el siglo XX, como en todos los aspectos culturales, existe una explosión de corrientes e "-ismos": atonalismo, neoclasicismo, dodecafonismo, etc. Aunque tal vez el principal hito al respecto sea que, con la proliferación de las grabaciones, al fin la música popular pervive a lo largo del tiempo de forma libre. Muchas grandes obras clásicas, especialmente del periodo del nacionalismo, se han inspirado en música tradicional y popular, pero, a partir de finales del XIX, esta consigue ocupar un espacio independiente en la historia de la música.

La ya citada música celta, el jazz (según Clint Eastwood, junto al western, la gran aportación estadounidense a la cultura universal), su hijo el rock y todas sus variantes, el pop, la música disco, la música electrónica… cada una de ellas es inseparable de su época, y es necesario para los estudiosos de la misma conocerla. ¿Acaso se pueden entender los años 60 sin las figuras de los Beatles o de Elvis Presley?

Comparación entre una partitura de Beethoven
y otra del niñato de moda. Imagen de Turiver.
Tal vez hoy día mucha gente tenga contacto con la música orquestal sólo a través de las bandas sonoras, pero teniendo en cuenta que constituye el culmen de las manifestaciones artísticas humanas, ésta no puede ser ajena a nadie con afán de una formación integral, y menos de un estudioso de la historia.

¿Por qué esta afirmación? Porque para ejecutar piezas en sus mejores versiones (en vivo), como la novena sinfonía del citado Beethoven, por ejemplo, se precisa un conjunto de más de 100 personas que han estudiado y practicado durante años para ejecutarla, y las mismas han de lograr una sincronización perfecta para que se logre el efecto adecuado. Ninguna otra manifestación artística humana tiene un nivel de exigencia semejante, aunque en nuestros tiempos donde prima la música “de usar y tirar” parece que a menudo se nos olvida. La foto que tienen aquí al lado creo que ayuda a aclarar el concepto, donde se ve una partitura de Beethoven junto a una de cierto niñato canadiense muy de moda.

Antes de despedirme me gustaría recomendar, a modo de ejemplo de la capacidad de la música para aproximarnos a temas históricos, la lectura de “Los sonidos hechizados: brujería y magia en la historia de la música”, de Raúl Mallavibarrena, recogido en el libro Espejo de brujas. Mujeres transgresoras a través de la Historia ya citado en este blog. Y ahora, si me disculpan, voy a escuchar un rato Parsifal, y, a continuación, a resolver unos asuntillos en Polonia. 

A ustedes, les dejo a Leonard Bernstein dirigiendo el último movimiento de la citada 9ª sinfonía del sordo genial.


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