jueves, 20 de junio de 2013

Del palo afilado a la ciberguerra: la tecnología en el campo de batalla (IV)

El mar nunca ha sido amigable para el hombre. Siempre ha sido cómplice de la inquietud humana.
Joseph Conrad

Hola a todos. Tras hablar de los orígenes de la guerra, examinar la misma durante las edades antigua y medial, y llegar hasta la edad de la pólvora, continuaremos analizando hoy los avances tecnológicos en el campo de batalla retomando un tema que dejamos aparcado en la edad media: la guerra naval.

Como ya mencionamos, los grandes imperios han sido, necesariamente, dominadores de los mares, aunque no necesariamente talasocracias, debido a las grandes ventajas en cuanto a comercio, transporte de tropas, etc. que confiere este dominio. Y por tanto, todos los grandes gobiernos del mundo han puesto su empeño en dominar la navegación, la cual, desde la baja edad media, ha sufrido varias revoluciones conceptuales, aunque en este caso, es complicado separar qué avances son estrictamente militares de aquellos con aplicación en el mundo civil, puesto que prácticamente cualquier avance en este aspecto confería ventaja militar.

Mapa portulano. Contenido libre de Wikimedia.
La primera fue la aparición de la brújula; inventada, al igual que la pólvora, por los chinos en el siglo IX, en Europa se conoce su uso a partir del siglo XIV; no está claro, en todo caso, si se inventó de forma independiente o si llegó desde China a través de los musulmanes. Gracias a ella, los navíos comenzaron a adentrarse en el mar, alejándose de la línea de costa, y dando origen a los bellos mapas portulanos; pueden leer más sobre la cartografía y aquellos mapas aquí. 

A finales del siglo XV, las posibilidades de la navegación conmocionaron al mundo con los viajes de Colón y el descubrimiento de América, y el de Vasco de Gama rodeando África; posteriormente Magallanes y Elcano completaron la gesta con la circunnavegación del globo. Uno de los descubrimientos, desagradable por otra parte, fue el del escorbuto, ya que hasta entonces los viajes marítimos sin acceso a fruta fresca no habían durado tanto, y hasta el siglo XVIII no se conoció el remedio.

Lógicamente, los navíos de aquellos tiempos ya iban dotados de armas de fuego, tanto de mano para los tripulantes, como montadas en el casco. Los ingleses los adoptarían desde 1340; las portas de los cañones se incorporaron a los barcos franceses y españoles antes del 1500 y muchas carracas españolas que participaron en la batalla de Lepanto en 1571 llevaban armamento pesado. Sin embargo, el uso de estas armas embarcadas recibía distinto uso; si bien era habitual la llamada guerra a la española, usando armas relativamente ligeras destinadas a barrer la cubierta enemiga antes del abordaje por las tropas embarcadas, esta táctica sufrió un severo correctivo con la guerra galana usada por la armada británica dirigida por Drake durante la empresa de Inglaterra en 1588.

Es en esta época cuando el poder marítimo se desplaza del Mediterráneo, cuna ancestral del mismo, al Atlántico. Y, lógicamente, el tipo de navío necesario es diferente. La evolución desde la antiquísima galera hasta los barcos a vapor dan origen a la era dorada de la navegación a vela, comenzando con el galeón: los navíos se perfeccionan, se aligeran, se hacen más rápidos, aumentan su capacidad y se dotan de cada vez más cañones; valga como dato que la gran mayoría de los navíos construidos en la segunda mitad del siglo XVII se destinan a la guerra.

Longitud, de Dava Sobel,
Editado por Anagrama
Mientras tanto, la investigación de nuevas técnicas de navegación continúa, convirtiendo a la guerra naval en el equivalente a la carrera espacial de su época: se busca mayor aprovechamiento de la fuerza del viento, más maniobrabilidad, mejores técnicas de combate, mejor armamento embarcado y la solución al problema de la longitud, es decir, determinar de manera exacta en qué meridiano se encontraba el navío, lo cual constituyó uno de los grandes retos científicos y técnicos de su época. A este respecto, es muy recomendable la lectura de Longitud, de Dava Sobel. 

El navío característico de esta época es el llamado navío de línea, llamado así por ser usado en el nuevo tipo de guerra: disposición de los buques en líneas usadas para cañonear a la escuadra enemiga. 

De entre todos los grandes navíos construidos en aquellos tiempos destaca el español Santísima Trinidad, llamado el Escorial de los mares. Botado en La Habana en 1769 siendo el único navío dotado de 4 puentes, estaba valorado en 40.000 ducados, contaba con 138 cañones y una tripulación de en torno a 1.000 hombres. Con motivo del bicentenario de la batalla de Trafalgar se realizaron una serie de estudios sobre la ingeniería del mismo, los cuales mostraban números dignos de navíos actuales: siguiendo con el símil citado, sería el equivalente al transbordador espacial de sus tiempos

No es de extrañar que esta maravilla de la ingeniería naval fuera la pieza más preciada por los británicos, quienes aún nos restriegan que en la batalla de cabo San Vicente, cuando formalmente se había rendido, tras concentrar el grueso del fuego enemigo, y los británicos contaban ya con el botín, fue rescatado por el Infante Don Pelayo; fue finalmente capturado en Trafalgar en 1805, hundiéndose mientras era remolcado hacia Gibraltar.

Rescate del navío de línea Santisima Trinidad por el Infante don Pelayo (izquierda) por Antonio de Brugada Vila (1804-1863), expuesto en el museo naval de Madrid. Imagen libre de Wikimedia.
Tras la derrota de Trafalgar y las guerras napoleónicas, Gran Bretaña convirtió durante más de 120 años a la Royal Navy en el orgullo de su patria y garante de su imperio. Los navíos fueron blindándose progresivamente, y la llegada del vapor revolucionó de nuevo el mundo marítimo; surgieron modelos como el ironclad, y los navíos de línea se vieron cubiertos de acero

Durante la guerra civil estadounidense, la Confederación recuperó un barco hundido de la Unión, eMerrimack; fue rebautizado CSS Virginia, recubierto de láminas de hierro, se le instaló un espolón de hierro y fue armado dotado de 10 cañones, causando grandes daños a la flota unionista sin sufrir daños hasta su autodestrucción, ejecutada para evitar su captura. Todas las flotas comenzaron a sustituir los barcos de madera por los de casco metálico.

En paralelo, el concepto de submarino también ocupó un lugar en la mente de los ingenieros militares; aunque hay precedentes funcionales durante el siglo XVIII, durante mucho tiempo no se logró cumplir adecuadamente la ecuación básica del submarino, es decir, número de inmersiones = número de emersiones.

Posteriormente se hicieron diversos avances, primero con modelos de tracción humana, y posteriormente de vapor (que debían apagar los motores al sumergirse). Hasta 1888 no existió un modelo realmente operativo, alimentado por baterías eléctricas, diseñado por Isaac Peral. Curiosamente, el concepto de torpedo ya existía desde 1836, aunque los primeros estaban guiados por humanos.

HMS Dreadnought. Contenido libre de Wikimedia.
La aparición del acorazado en 1875 alteró de nuevo la concepción de la guerra naval, y la aparición del HMS Dreadnought en 1906 produjo una carrera armamentística entre Gran Bretaña y Alemania que desembocó, junto a otras causas, en la Primera Guerra Mundial; paradójicamente, las batallas navales apenas tuvieron influencia en el devenir de la guerra. Por otra parte, la concepción de guerra naval mantenida durante siglos desapareció pocos años más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, debido al uso de los portaaviones. Pero de esto hablaremos en posteriores entradas.

Hasta entonces, cuídense.

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