jueves, 6 de junio de 2013

Del palo afilado a la ciberguerra: la tecnología en el campo de batalla (III)


Creo que tal es el empleo genuino de la pólvora: hacer a todos los hombres igual de altos.
Thomas Carlyle

Hola a todos. Hoy, en el aniversario del desembarco de Normandía, retomamos la serie de entradas sobre la tecnología militar a lo largo de la historia. Tras ver en la primera entrada que los humanos llevamos dándonos guantazos desde que estamos sobre la tierra, y comprobar en la segunda que, encima, cada vez se nos da mejor, llegamos en esta tercera a una época que marcó un punto de inflexión en la tecnología bélica, o, más bien, lo afianzó.

Arqueros ingleses durante la guerra de los 100 años, con estacas
dispuestas para frenar a la caballería francesa. Imagen de aquí.
Tras analizar brevemente las gestas de las hordas mongolas, y de vuelta a Europa, nos encontramos con dos importantes inventos: la ballesta en Francia en el siglo XI, y el arco largo inventado por los galeses en torno al 1200. Ambas tuvieron gran repercusión en la Europa medieval, y, particularmente, en la guerra de los cien años, La ballesta tiene la peculiaridad de ser un arma prohibida por un Papa (Inocencio II en 1139) debido a la gran mortandad que generaba entre los propios cristianos. En todo caso, se demostró que es un arma muy apta para la defensa tras las almenas, pero que tiene el grave problema de ser muy lenta en su recarga; los ingleses se aprovecharon de ello en Crecy, Poitiers y Agincourt, pues con sus arcos largos mantenían una cadencia de disparo que arrasó a la caballería francesa. En todo caso, el resultado final de esta contienda demuestra que, como le pasó a Aníbal, no basta con conseguir la victoria, sino que también hay que aprovecharla.

Definitivamente, las tácticas de Gengis Kan en Asia, y la ballesta y el arco largo en Europa, demuestran que se está imponiendo la lucha a distancia, por más que los blindados nobles a caballo vean fatal que un campesino pueda llevárselos por delante desde 200 m., pero, que quieren… a la supuesta carne de cañón le pueden las ansias de sobrevivir. Y la llegada de la gran revolución en la tecnología militar, la pólvora, no hace sino confirmar esto, por más que a nuestro inmortal Don Quijote, unos siglos más tarde, siguiera sin hacerle gracia, tal como narra en el capítulo XXXVIII:

Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.

El primer uso de la pólvora con intenciones bélicas se dio en la península ibérica, por parte de los musulmanes, en el siglo XIII; éstos, a su vez, aprendieron su uso de los chinos, quienes la habían inventado en el siglo IX, aunque sin darle un uso bélico. Uno de los primeros usos bien documentados de un cañón fue, por parte de los ingleses, en la ya citada batalla de Crecy. Al principio corría tanto riesgo (o más) quien manejaba el arma como quien era el supuesto blanco, ya que eran muy inseguras y explotaban habitualmente. Al principio sólo eran útiles contra las fortificaciones, inexpugnables antes ballestas y arcos, pero poco a poco fueron perfeccionándose, llegando a crearse las armas portátiles, que hicieron que las armas de fuego fueran habituales a partir de la segunda mitad del siglo XV. En torno a 1450 los españoles inventaron el arcabuz; aun era pesado, lento de recargar y requería apoyo, pero significó el nacimiento de las armas de pólvora ligeras, y el de la castiza expresión “tener la mosca tras la oreja”, por otra parte.

Arcabuceros, en vistosos uniformes.
Imagen de aquí.
El permanente estado de guerra en los reinos de Castilla y Aragón frente a los ya arrinconados musulmanes produjo posiblemente el mejor ejército de su época; si a ello sumamos el uso del ya citado arcabuz, cada vez más perfeccionado, y el genio de don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, uno de los mejores militares de la historia de España, es lógico el nacimiento de la unidad que sería la columna vertebral del imperio español: los tercios. Con él, durante las campañas de Italia al principio del siglo XVI, la combinación de picas y arcabuces consiguió enseñorearse de los campos de batalla durante más de 100 años, relegando a la caballería a un papel secundario. Por cierto, que don Gonzalo descansa en una sencilla tumba en el monasterio de San Jerónimo de Granada, como pude comprobar de forma inesperada en una visita al mismo, sin haber encontrado rastro de picos, palas y azadones.

Lógicamente, las tropas españolas tuvieron un éxito arrollador frente a las tecnologías bélicas de los pueblos americanos, que si bien tenían grandes conocimientos astronómicos, matemáticos y agrícolas, no podían oponer ningún arma equiparable a las europeas; si a eso sumamos el efecto de las enfermedades importadas por los conquistadores y que, en el caso azteca, su religión profetizaba el regreso desde el Este del hombre barbudo (encarnación de Quetzalcoatl), encontraremos la explicación a la desintegración casi instantánea de estos imperios; este es un claro ejemplo del impacto de una gran diferencia en tecnologías militares.

En Europa la carrera armamentística continuó, y el arcabuz cedió, a partir de mediados del siglo XVI, su puesto al mosquete, capaz de penetrar gruesas armaduras; el desarrollo de la artillería dio como respuesta lógica la creación de fortificaciones cada vez más elaboradas, como las bellas trazas italianas. Pero debido a la presión del resto de países, que sumieron a los Austrias en un estado de guerra permanente, el imperio español acabó sufriendo un desgaste que le relegó a un papel más secundario en el continente a partir de la guerra de los Treinta Años. Guerra en la que, por otra parte, la proporción de armas de fuego en los ejércitos había aumentado dramáticamente, la caballería vivió un resurgimiento gracias a las pistolas de rueda, y el rey Gustavo Adolfo II de Suecia aumentó el protagonismo de la artillería mediante su uso masivo en la batalla de Lützen.

Resulta, sin embargo, paradójico, que en la era de la pólvora las tropas inglesas sufrieran severos correctivos cuando debían luchar contra los highlanders escoceses, quienes demostraron de nuevo que la tenencia de una tecnología no implica saber aprovecharla. En los distintos conflictos de la época en la que los ingleses realizaron incursiones en Escocia, mientras éstos mantenían la línea y recargaban las armas de fuego, los norteños disparaban y, sin recargar, efectuaban una carga con sus enormes claymores, causando grandes daños a un ejército mejor adiestrado y armado, pero que tardó en comprender esta desventaja. El uso de la bayoneta, inventada en Francia en torno a 1640, permitió a los ingleses suplir esta carencia.

Con este apunte llegamos al final de este capítulo; en los siguientes retomaremos la guerra naval, donde la evolución en las técnicas de navegación a vela cambió el curso de la historia.

Hasta entonces, cuídense.

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