jueves, 9 de mayo de 2013

Del palo afilado a la ciberguerra: la tecnología en el campo de batalla (II)


Todas las guerras son santas, os desafío a que encontréis un beligerante que no crea tener el cielo de su parte.

Hola a todos. Hablábamos en la primera entrada de esta serie sobre la evolución de la tecnología bélica a lo largo de la edad antigua. No hemos mencionado hasta ahora la guerra naval, sobre la cual es preciso hacer una mención que ha enseñado la historia: los imperios duraderos han sido aquellos que han dominado los mares. Esto, hasta la aparición del ferrocarril, se ha debido en parte a que era la forma más eficaz para transportar mercancías y tropas terrestres; además, merece la pena mencionar que los navíos son, en general, una tecnología bastante avanzada en términos relativos. Se estima que la guerra naval existe desde, aproximadamente, el 3.000 A.C., y la primera batalla de la que se tiene constancia tuvo lugar en torno al 1.210 A.C. entre los hititas y Chipre. Las características del Mediterráneo, donde surge este tipo de guerra, hace que los navíos sean de remos, es decir, de una forma u otra, galeras. En la ya citada Ilíada, y, por supuesto, en la Odisea, aparecen referencias a navíos de guerra con estas características; como apunte sobre la importancia de la armada, es preciso indicar que la pequeña nación griega pudo resistir a los poderosos persas en buena medida gracias a su potente flota, como se demostró en la batalla de Salamina. Las galeras, en cualquiera de sus variantes, estarán presentes en la historia bélica hasta la edad moderna.

Llegamos, como no, al pueblo más belicoso del mundo antiguo: Roma. Un pueblo paradójicamente mucho menos dado a avances que algunos de sus conquistados, pero que una vez tenía clara una técnica que funcionaba, la aplicaba como nadie. Prueba de ello son que no conocían apenas la hidrodinámica, pero la aplicaron exitosamente en sus explotaciones mineras y en sus navíos, con el uso del rostrum. Lo más llamativo a este respecto de la historia militar romana es que carecían de una flota útil antes de su enfrentamiento con Cartago, pero acabaron derrotándoles en el mar copiando la tecnología púnica, y añadiendo el corvus (de origen griego), para permitir el abordaje; no hace falta recordar que el Mediterráneo fue durante siglos un lago romano, como su propio nombre (Mare Nostrum, nuestro mar) indica. Sin embargo, la gran ventaja tecnológica romana a lo largo de casi toda su historia fueron sus máquinas de asedio (a menudo con nombre de animal): balistas, onagros, torres de asedio, etc., que en algunos casos acabaron incorporados a las quinquerremes.

Como apunte final de la evolución de la tecnología bélica en el mundo antiguo, cabe mencionar la obvia evolución de las armas romanas desde su origen hasta la caída del imperio; basta observar el gladius y el pilum del ejército republicano, frente a la espada larga y las lanzas del siglo IV d.C., para comprobar que las tropas romanas han pasado de ser un ejército ofensivo a uno defensivo, que pretende aplicar la defensa en profundidad y resistir tras sus murallas... y sin embargo, los perros de los bárbaros ladraron ante los mármoles del senado.

Caballería normanda atacando a los sajones, según
el tapiz de Bayeux. Obsérvese el uso de estribos.
Imagen de aquí.
A caballo entre la Edad Antigua y la Media (nunca mejor dicho), tenemos un avance muy importante como es el uso del estribo; la primera versión tuvo su aparición en la India en el siglo I a.C., y la versión definitiva aparece en China en el siglo V d.C., llegando a Europa en el S. VII. Si bien los últimos estudios indican que no fue tan revolucionario como se ha pensado, si que supone una importante ayuda para los jinetes desde entonces, convirtiendo a la caballería pesada en el arma decisiva durante varios siglos. Posteriormente, en torno al 770 d.C., la incorporación sistemática de la herradura permite proteger las pezuñas de los caballos.

Los soldados de la gran potencia de entonces, el imperio bizantino, fueron los primeros europeos en adoptar el estribo, convirtiendo a sus catafractos en los carros blindados de su época: incapaces de pasar del trote por el gran peso transportado, su capacidad como fuerza de choque era casi irresistible. Si sumamos a estas fuerzas el efecto devastador y desmoralizante del fuego griego, tendremos una explicación de la longevidad del imperio. Este compuesto fue inventado en el siglo V, y era eficaz en las batallas terrestres, pero, sobre todo, en las marítimas, al flotar y ser capaz de expandir el incendio sobre el agua. Para los aficionados a la saga de Canción de hielo y fuego baste decir que el fuego valyrio está obviamente inspirado en el fuego griego. Curiosamente, la composición de ambas sigue siendo un misterio, pues los bizantinos guardaron tan celosamente su fórmula (cosa lógica) que a día de hoy no sabemos reproducirla.

Sin embargo, en un periodo de relativa debilidad de los bizantinos, surgió una nueva civilización: la musulmana. Aunque los mahometanos fueron capaces de llegar en muy pocos años desde la península ibérica hasta Mesopotamia no fueron capaces de dominar el mar, al ser los europeos muy superiores aún en este medio. Posteriormente, las cruzadas consiguieron demostrar que no basta con dominar una tecnología: algunos historiadores afirman que las armas musulmanas eran de bastante mejor calidad que las europeas y que sólo la división entre los mahometanos impidió una contundente y rápida victoria de la media luna; en todo caso, es preciso saber emplear dicha tecnología: no parece buena idea por parte de los cristianos marchar blindados de pies a cabeza en un clima desértico, como hicieron en la batalla de los cuernos de Hattin.

Langskip vikingo. Imagen de aquí.
Durante el periodo de la expansión musulmana surgió en el norte de Europa otra fuerza a considerar: los vikingos. En este caso, disponían de una tecnología que les permitió ser la pesadilla de cualquier zona navegable: sus drakkar (llamados así porque solían tener como proa un dragón, su verdadero nombre es lángskip). La especial técnica de construcción de estos navíos les permitía una gran rapidez y un calado de apenas 1 m., por lo que los hombres del norte, gracias a ellos, consiguieron asaltar ciudades zonas alejadas del mar pero con ríos navegables, como Sevilla, Pamplona, París y toda la cuenca del Volga. Incluso atacaron la poderosa Constantinopla infructuosamente, pero llegaron a constituir la temible guardia varega.

En Oriente, por su parte, surgiría el casi imparable ejército mongol de Gengis Kan; el que llegase a constituir el mayor imperio terrestre de la historia en pocos años requiere una explicación detallada y fijarse en muchos aspectos; baste decir que la tecnología de la que disponían no era revolucionaria, pero sí bien aplicada: armaduras ligeras que permitían tratar bien las heridas de flecha, unos caballos pequeños y resistentes dotados de estribos, y unos arcos adaptados. Y, sobre todo, una capacidad de asedio envidiable (para los estándares asiáticos, donde las fortalezas no eran del mismo estilo que los ya formidables castillos europeos) debida a unos buenos ingenieros de campaña. En su contra: no dominar la navegación, lo que permitió a Japón evitar la invasión; bien es cierto que tuvo de su lado el kamikaze, pero según algunos estudiosos, aun sin este tifón, la capacidad naval nipona habría evitado la invasión.

Dejamos aquí la segunda parte de esta recopilación sobre la evolución de la tecnología militar; de vuelta a Europa veremos cómo las armas a distancia comienzan a tomar un protagonismo que ya nunca perderán.

Hasta entonces, cuídense.

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