martes, 23 de abril de 2013

Confieso que he leído.


No recuerdo el primer libro que leí pero tampoco me recuerdo sin un libro en la mano. Leyendo a todas horas y cuando mi padre me obligaba a apagar la luz, escondido bajo las sábanas seguía leyendo con una linterna. Bendita ingenuidad. Leer me hizo ser una persona de hábitos nocturnos. Lo sigo siendo. Los teléfonos no suenan, las aspiradoras de los vecinos o los demás habitantes de la casa duermen y dejan espacio para la lectura.

Recuerdo aquella gran enciclopedia de treinta tomos que miraba sin cesar. . No había wikipedia ni ordenadores y en todas las casas había una expuesta en el salón, fruto de una ya hoy desaparecida clase media que accedía por primera vez a la cultura. Aún la conservan mis padres y podría deciros casi de memoria algunas entradas. El miedo y la fascinación que me producía leer el proceso de momificación egipcio. Recuerdo cómo esperaba como si de un mesías se tratara al señor de Círculo de Lectores. Dos meses había que esperar para un libro que te duraba con suerte una semana.

Fuente aquí
Y en el colegio…No había otro libro que Fray Perico y su borrico. Nos fascinaba y lo leíamos sin descanso. Y también conocimos a Platero…¿A qué mente retorcida se le ocurrió pensar que la obra de Juan Ramón Jiménez era para niños? Lo que lloré con el burrito de marras. Luego llegaron aquellos libros llamados de Elige tu propia Aventura que se compaginaban con los clásicos de la colección Araluce, hoy creo ya desaparecida.  La Divina Comedia, La Odisea, Los caballeros de la tabla redonda.  Y poco después Sir Walter Scott, Jack London, Dickens o Julio Verne en menor medida. Alucinaba con Allan Poe y no digamos nada de Sherlock Holmes de Conan Doyle. Y aquí fue la película antes del libro y hablo, cómo no, de El secreto de la pirámide (1985). Me sigue pareciendo una de las mejoras películas de Holmes. Nunca más ve volví a separar de sus historias y hace unos años me compré una edición completa espectacular que puedes ver aquí.  Nunca pude con Dumas y sus tres mosqueteros y por eso me perdí uno de los mejores libros de la historia, y posiblemente peor escritos, El conde de Montecristo. Tuvo que venir mi chica hace un par de años a sacarme de mi error.

Ya en la adolescencia leyendo a tumba abierta. Daba igual el qué. Recuerdo con especial cariño los libros de J.J. Benitez. De alguna manera despertaron en mí las ganas por conocer la verdad de la Historia, que luego se mostró mucho más fascinante que los relatos de Benítez. Desde la adolescencia no he vuelto a leerlos. Devoré las historias de Poirot y lloré con Boabdil la pérdida de Granada con El manuscrito carmesí de Gala. No he vuelto a leerlo, temo que me defraude. Cada libro tiene su momento.  De mi adolescencia lectora me sacó a golpes mi adorado Unamuno con San Manuel Bueno, Mártir. Me leí de un tirón todo Unamuno y descubrí a Baroja (y con los años a su sobrino Julio Caro Baroja) y a Machado, pasión compartida con mi madre. Que duro fue saber realmente qué decían estos versos…

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Dí: ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

Y de Machado a otro andaluz como Lorca. Dios mío, me sigue faltando el aliento cuando leo el último SILENCIO, de Bernarda Alba.

Federico García Lorca


Bernarda: Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A
otra hija.) ¡A callar he dicho! (A otra hija.) Las lágrimas cuando estés sola. ¡Nos
hundiremos todas en un mar de luto! Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto
virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!





Y en la veintena la locura. Umberto Eco, García Márquez con sus Cien años de soledad…y para rematar entré a trabajar unas horas en una librería. Allí se empezó a fraguar la humilde biblioteca que pugna conmigo por echarme de casa. Siempre que abrías una caja de libros era con la esperanza de encontrarte un clásico básico como lo llamaba. Eran compras ineludibles. La mitad de mi sueldo en libros y el resto en cosas propias de veinteañeros. La de dinero que me dejé en aquella época. El mejor dinero gastado de mi vida. ¿Coche? Ni de broma. Prefería los libros y sobre todo leer en los medios de transporte público. Siempre con mi cartera llena de libros. Sólo leías uno, pero llevabas por si acaso…ahora he aprendido a racionalizar. Sigo sin coche ni carné ni falta que me hace. Era de los que me pasaba de parada una y mil veces, de los que iba leyendo por la calle. No concibo salir a la calle sin un libro. Y en las vacaciones me he llegado a llevar una maleta para ellos. También aquí he racionalizado.

Feria del Libro de 2008. Caseta de Crisol en la que pasé
momentos duros y muy divertidos.
 Desde el recuerdo, gracias a todos mis compañeros.

Y en la carrera ya la locura Aquí podéis ver algo de mis lecturas académicas en los enlaces que os vamos poniendo. Bibliomaníaco impenitente. Buscando ésa joya perdida entre anaqueles de librería. Internet ciertamente es más cómodo pero le ha quitado cierta gracia a esto de comprar libros. Y mi libro electrónico cargado de todo lo que se os ocurra, pero sobre todo descatalogados y de libros que tengo incluso en papel. Pero lo tengo en los dos formatos y ruego a los dioses no saquen otro porque lo compraré.

Ahora el problema es el tiempo para leer. Una de las muchas cosas malas de ser adulto es que pierdes el control sobre tu tiempo y tus lecturas. Se acabaron esas noches de julio en vela, se acabó el leer lo que querías. Ahora voy en el autobús repasando clases, preparando cosas. Y no me quejo, pero hay veces que me leo un libro porque sí, para volver a tener esa sensación de libertad y me siento otra vez ése niño que leía bajo las mantas escapándose de la realidad.

Y no me siento especial ni mejor porque me guste leer. ¡Qué estupidez pedante!  Muchos os habréis visto reflejados en estas humildes palabras y me encanta encontrarme con vosotros, con los  buenos lectores. No hago proselitismo de lectura. Si no te gusta leer tú te lo pierdes. Yo no concibo la vida sin libros.

Por eso, por todo eso. Me quería felicitar y os quería felicitar por el Día del Libro. El día del libro, del escritor, del editor, del maquetador, del librero. De esos seres desgraciadamente casi míticos que nos hacen la vida un poquito mejor. De todo corazón GRACIAS.

Y el jueves volveremos con una entrada dedicada a la enseñanza, al mundo académico, que es al que se debe este blog. Hasta ése día disfrutad con un buen libro.

2 comentarios :

  1. Roberto, me he emocionado. Cuantas experiencias con los libros en común. Los Reyes Magos me traían cada año cinco o seis libros de Los Cinco o de Los siete secretos. Por mi cumpleaños siempre caía un tomazo de Magos del Humor. Y que alegría cuando me regalaron El Señor de los Anillos. Era enorme y prometía no acabarse nunca.

    A las tuyas, que son las mías, añado tres autores que me apasionaron y escribían teatro: Shakespeare, Calderón de la Barca y Lope de Vega. Mi padre tiene una gran biblioteca de historia, filosofía y literatura clásica que devoré. Mi madre era más moderna y con el Círculo de Lectores llegaban “Cinco horas con Mario” “La colmena”… Ya de mayor pude comprarme las obras completas de Lorca.

    Yo también tengo una cantidad de libros tremenda, también mi dinero se fue con ellos, se acumulan en los bordes de las escaleras de mi casa y a veces, me siento en los escalones y leo los lomos. Me he atrevido a releer alguno y no me da miedo (reconozco que la primera vez si). Únicamente me sorprendo de lo que “crecí” y maduré desde entonces. Me sorprende el contraste del el recuerdo con mi mirada de hoy.

    Leo por placer, me duermo cada noche haciéndolo. Nunca me he sentido sola. Me relajo en las librerías. El único “pero” que encuentro a esta afición es que, a veces, pienso si no seré algo adicta.

    En mi alma hay una huella imborrable. Nunca olvidaré San Manuel Bueno, mártir.

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  2. Hola Pía:

    Perdona que tardara en responder, pero quería tener el tiempo necesario para hacerlo como mereces.

    Como dices compartimos muchas lecturas. No quise ponerlas todas por no agobiar. Los Cinco me encantaban, pero sobre todo los Siete Secretos. Eran geniales. De aquella época también los Asterix y el Pequeño Nicolás. Una de las cosas que me compré cuando tuve dos duros era la colección completa de ambos y estoy deseando compartirlos con mi hija aunque aún es pequeña. ¿Leeremos los dos bajo las sábanas? Estoy seguro.

    Shakespeare...sobre todo el parlamento de Marco Antonio. Aún alucino con él o Hamlet, que pondría en relación con La vida es sueño. Soy más de Calderón que de Lope. Y no hablé tampoco del Conde de Lautréamont con sus Cantos de Maldoror. Se lo regalé a David y a Noelia. Espero lo leyeran. O El monje de M.G. Lewis....por mucho que me guste el Rock and Roll tengo mi vena gótica.

    Las obras completas de Lorca, que tuve la suerte que me regalara mi tío, verdadero Virgilio en introducirme en los infiernos de la lectura. Tienen en mi biblioteca lugar privilegiado.

    Y es que esto podría dar para mucho, porque no dudes que esto es una droga. Pero una droga buena y que se disfruta más compartiéndola. Hoy por ejemplo he salido del trabajo agotado. Tenía la suerte de andar por el centro y me he pegado un homenaje de dos horas viendo libros en librerías. Sólo, tranquilo, saboreando el momento.

    Que San Manuel guíe nuestras lecturas.

    Un abrazo

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