miércoles, 3 de octubre de 2012

De las tierras de Britania a la bella Easo

Dentro de muy poco tiempo el único recuerdo que permanecerá será el túmulo de césped que los amigos de los muertos hayan amontonado sobre ellos.
Henry Wilkinson, cirujano de Legión Auxiliar Británica.

Me estoy dando cuenta de que muchas de las entradas que escribo tienen como protagonistas, de una u otra manera, a las tropas o tierras de su graciosa majestad. Bien sean los maoríeslos emigrantes italianos o incluso las antenas el elemento central de la entrada, aparecen por algún lado las fuerzas británicas. Supongo que mi afición por la historia militar tiene mucho que ver; y es que los anglosajones han sido en los últimos siglos, en términos bélicos, el perejil de todas las salsas.

Tengamos en cuenta también que, pese a épocas concretas en las que hemos sido enemigos (y digan lo que digan, dimos tanto en Cartagena de Indias como recibimos en el Canal, amén de otros episodios) en muchas otras hemos sido un aliado natural, por aquello del enemigo común situado entre ambos. En este caso concreto, viajamos a principios del siglo XIX, época en la que la guerra golpeó duramente las tierras del norte de la península.

Durante nuestra guerra de independencia (o guerra peninsular, en la denominación inglesa) los casacas rojas dirigidos por Wellington constituyeron en tierras de España y Portugal una pesadilla para le petit caporal. En junio de 1813 las tropas británicas atacan San Sebastián, ocupada por las fuerzas francesas; tras asediar y bombardear la ciudad, se produce un asalto llevado a cabo por voluntarios (“los desesperados”), que termina en una masacre de los mismos. Pero durante dicho asalto se produce un incendio que vuela un polvorín francés, hecho aprovechado por los aliados y que obliga a los napoleónicos a retirarse al castillo, donde se rendirían el 8 de Septiembre. Lamentablemente, el fuego se extendió a toda la ciudad, destruyéndola; sólo se librarían las parroquias de Santa María y San Vicente, y 35 casas en la calle Trinidad, hoy llamada 31 de Agosto, día del asalto y el incendio consecuente. Hay que decir que aunque fueran nuestros aliados en ese momento, los británicos son acusados de barbarie en estas jornadas, y se les atribuye tradicionalmente el provocar el incendio.

Años más tarde, en 1833, estalla la Primera Guerra Carlista; País Vasco y Navarra son los principales escenarios de los combates, al existir un gran apoyo al pretendiente Carlos en la zona. A finales del verano de 1836 llega la Legión Auxiliar Británica en apoyo de los isabelinos; unos 10.000 soldados de esta unidad se concentraron en los alrededores de San Sebastián al mando directo de George Lacy Evans que, a su vez, estaba a las órdenes del general Fernández de Córdoba. Entre otros hechos, estos soldados participaron en 1836 en la defensa del puerto y la fortaleza del monte Urgull de esta ciudad, ante los intentos carlistas de sitiar la ciudad, y en la conquista del puerto de Pasajes.

Todo esto nos lleva a lo que realmente les quiero contar en este artículo: la existencia de un precioso rincón situado en la ladera norte del monte Urgull, llamado el cementerio de los ingleses. Situado bajo el castillo, un poco alejado del mar y medio oculto entre árboles y rocas, este rincón rezuma encanto, y ese romanticismo tan propio del siglo XIX. Yo al menos me llevé una sorpresa al verlo, pues apenas tenía noticias de su existencia.

A su aura de misterio contribuye el hecho de que hay varias lagunas sobre su origen; la primera noticia fiable del mismo es de 1838 realizada por Henry Wilkinson; parte de su descripción encabeza este artículo. El cementerio actual está formado por las sepulturas de oficiales británicos muertos en la Primera Guerra Carlista, aunque hay más tumbas a considerar: algunas fechadas en 1813, otra de la esposa e hija del médico militar John Callender, e incluso la de un mariscal español: Manuel Gurrea, héroe de la batalla de Luchana y amigo de Espartero, muerto en los campos de Andoain el 29 de mayo de 1837. Fue enterrado aquí seguramente debido a que era gran amigo del general Lacy. Otras tumbas han, en la práctica, desaparecido. El listado detallado pueden verlo aquí.

Hablemos ahora de sir Richard Fletcher; fue uno de los más importantes ingenieros militares británicos, al ser autor de las casi infranqueables lineas de Torres Vedras de Lisboa erigidas durante la guerra peninsular; falleció durante los hechos del 31 de Agosto. Existe la opinión de que sus restos se encuentran enterrados en el Cementerio de Los Ingleses; en todo caso, según la documentación, su cuerpo con el de otros oficiales ingleses fue enterrado en el alto de Aitzerrota (Molino de Viento). Parece lo más probable, según algunos autores, que en este alto se edificó un pequeño monumento a modo de recordatorio (parte del cual estaría actualmente en el cementerio de Urgull), y que los restos de Fletcher acabasen en el cementerio de San Bartolomé; al ser clausurado este y no ser reclamados por particulares ni gobierno alguno, fueron enterrados en una fosa común, desapareciendo todo rastro.

Parte del misterio se debe a que una vez terminada la Guerra Carlista, el cementerio quedó en un estado lamentable por el descuido  y abandono, desapareciendo inscripciones de las cruces de madera, e incluso estas. Y puesto que el emplazamiento está pegado al recorrido de un tradicional via crucis, la presencia de las cruces del mismo pudo contribuir a la confusión.

Merece la pena mencionar también un hecho curioso; próximo a San Sebastián está el monte Oriamendi; según una leyenda, la música del célebre himno que lleva el nombre de esa batalla (tuvo lugar en 1837 y fue una gran victoria carlista) procede de una partitura encontrada en la mochila de un británico fallecido en la pelea; estaría pensada para que los liberales celebrasen la victoria que daban por casi asegurada, pero, irónicamente, su uso fue precisamente el opuesto.

Yacen, pues, en un coqueto rincón de San Sebastián, algunos soldados británicos que ayudaron a conformar la España actual, y que forman parte tanto de una pequeña curiosidad histórica como de un rincón realmente agradable para pasear y meditar. Les queda el consuelo, esperemos, de tener buenas vistas en su descanso.

Impagable, sobre este tema,  y otros rincones y hechos de la historia de San Sebastián, el blog Comeduras de tarro, que ha servido de fuente principal para los detalles de esta entrada. Igualmente, es necesario mencionar la presencia de otro cementerio de oficiales británicos en Bayona.

Las fotos han sido realizadas por mí, por lo que lo que no están sujetas a derechos ajenos a Licencia Histórica.

Cuídense.

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