jueves, 21 de junio de 2012

De la tierra de los kiwis a la isla del Minotauro

Ake! Ake! Kia Kaha E! (¡Arriba!¡Arriba!¡Se fuerte!)
Lema del batallón maorí

Aunque el tema de conversación de estos días gira en torno a la Eurocopa, ya saben los asiduos que mis debilidades se inclinan principalmente hacia el noble deporte del balón oval. Ya les hablé, con la excusa del mundial de rugby, de algunas de las hazañas de los maoríes en la entrada sobre su participación en la primera guerra mundial; léanla de nuevo si les apetece (les vendrá bien para retomar el hilo), que yo les espero aquí. ¿Ya? Estupendo... La cosa es que hoy, puesto que hace unos días una vez más mi querido XV del trébol ha sido incapaz (aunque por poco) de derrotar a los admirados e indómitos All Blacks, me apetece volver a hablar del tema. Además, que por el número de visitas, parece que el tema ha suscitado cierto interés.

De la tierra de los kiwis a la isla del Minotauro: el pájaro kiwi
El kiwi, animal símbolo de Nueva Zelanda (Kiwi bird)
Esta vez nos vamos al segundo round de la gran contienda mundial que ocupó la primera mitad del siglo XX. En este caso Nueva Zelanda, si bien vio libre su territorio de los cruentos combates de aquellos años, sentía relativamente próxima la zarpa de los poderosos ejércitos nipones. Aunque sus hombres recibían instrucción militar desde los 12 años, contaba con una débil marina, y Churchill decidió convertir al país en una gran base que sería aprovechada sobre todo por los norteamericanos y su enorme potencia aeronaval. Las tropas locales, por su parte, fueron enviadas al escenario europeo como parte del contingente de la Commonwealth. La llegada de las tropas estadounidense causó serios problemas entre la población, que vio la llegada de miles de soldados en busca de compañía femenina, lo cual llegó a afectar a la moral de las tropas neozelandesas destacadas fuera. Los burdeles y cabarets hicieron su agosto, así como las “estaciones de la luz azul"; estas casas fueron llamadas así por tener una luz azul en la entrada, y en ellas los soldados podían recibir un rápido tratamiento antivenéreo.

Sin embargo, pese al frívolo papel del país de la nube blanca en la contienda, sus tropas destacaron en otros aspectos, principal y paradójicamente, en el Mediterráneo. Al constituirse la Segunda Fuerza Expedicionaria de Nueva Zelanda (2NZEF) en 1940, se incluyó un batallón de maoríes, el 28º, formado por voluntarios. El batallón no era muy numeroso (originalmente, 39 oficiales y 642 hombres de otros rangos), y estaba formado principalmente por hombres del entorno rural, lo que retrasó el entrenamiento en aspectos técnicos y produjo una carencia de expertos en señales, conductores, etc. Sin embargo, en Junio de 1940, el batallón había llegado ya a Gran Bretaña para reforzar las defensas de la metrópoli. En Enero de 1941 se les destinó a Egipto, y desde allí se les redirigió a Grecia, donde realmente comenzó su contribución a la causa de los aliados, la cual se basó en sus puntos fuertes: la casi innata capacidad de atrincheramiento y el ser de los mejores luchadores cuerpo a cuerpo del mundo.

La invasión alemana de los Balcanes y Grecia arrolló a los británicos, y el 28º batallón recibió su bautismo de fuego. Tras la primera fase de la invasión las fuerzas británicas fueron avasalladas por las del Eje, por lo que hubieron de retirarse; esto llevó a los maoríes al legendario paso de las Termópilas, donde tomaron las mismas posiciones defensivas que Leónidas y los 300. Nos quedará siempre la duda de si se habrían ganado el respeto de los espartanos, pero, tras recibir las órdenes de evacuación, extensivas a todas las tropas de la Commonwealth, fueron embarcados tras sufrir importantes bajas.

Su siguiente destino fue Creta, como parte de la guarnición que debería defender la isla de la única gran operación aerotransportada de la Wehrmacht: la rompedora operación Merkur. Aunque no se lanzaron paracaidistas germanos en su zona, pronto hicieron honor a su capacidad de asalto; intentando liberar a otro batallón británico copado en un aeródromo protagonizaron varias cargas a bayoneta calada que infligieron graves daños a las tropas nazis. Pese a la encarnizada defensa aliada la patria del rey Minos sucumbió a la invasión alemana, y los británicos tuvieron que retirarse una vez más. Durante la evacuación numerosos maoríes se ofrecieron voluntarios para quedarse en las playas y cubrir el repliegue de sus camaradas.

De la tierra de los kiwis a la isla del Minotauro: Maoríes en África del Norte
Maoríes en África del Norte
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Egipto fue la siguiente parada de su periplo, y donde consiguieron su temible reputación. Tras el entrenamiento necesario para que se aclimataran al desierto, y tras recibir algunos refuerzos tras las fuertes bajas sufridas, a finales del 41 avanzaron hacia Libia, donde consiguieron importantes victorias; su habilidad con las bayonetas les hizo ganarse rápidamente la fama de “cazadores de cabelleras” y el respeto del propio Erwin Rommel, de quien se cuenta que  llegó a decir “¡Dadme al batallón maorí y conquistaré el mundo!”. Durante toda la campaña del Norte de África forjaron su leyenda como uno de los mejores batallones, eso sí, a costa de grandes bajas, al ser, lógicamente, empleados en la primera línea de los combates más feroces.

Derrotado el Afrika Korps y con el norte del continente negro dominado al fin por los aliados, el 28º batallón llegó a su último escenario bélico en Octubre del 43: Italia. Su primer combate en este frente no tuvo lugar hasta Enero del 44, y fue en el pueblo de Orsogna, donde sufrieron un severo castigo por parte de la artillería alemana que les obligó a retirarse. Participaron también en la batalla de Montecassino, y de nuevo se vieron obligados a una retirada debido a la irrupción de panzers en sus posiciones. Las pérdidas sufridas les mantuvieron apartados de los principales combates durante meses, pero se cree que como desquite fueron los primeros en entrar en Florencia en Agosto, y decisivos en los combates de la parte final de la guerra, en torno a Trieste. Acabada la guerra en Europa, se planteó su envío al Pacífico (¡a casa!) para combatir a los nipones, pero el fin de la guerra llegó antes de su vuelta. Aunque el 28º batallón maorí se disolvió oficialmente, parte de sus integrantes formaron parte de las tropas de ocupación de Japón.

De la tierra de los kiwis a la isla del Minotauro: Te Moananui-a-Kiwa Ngarimu, primer maorí en recibir la VC
Te Moananui-a-Kiwa Ngarimu,
primer maorí en recibir la VC.
Imagen extraída de aquí.
A lo largo de la contienda, 3.600 hombres formaron parte del batallón. De ellos, 649 murieron, 1.712 fueron heridos y 267 fueron capturados o desaparecieron; su posición habitual de punta de lanza de las ofensivas cuerpo a cuerpo les llevó a sufrir este gran  porcentaje de pérdidas. Sin embargo, el 28º maorí recibió más condecoraciones individuales al valor que ningún otro batallón neozelandés; esto incluye a un poseedor de la Cruz Victoria (se han otorgado apenas 1.356 en 150 años, bastante poco teniendo en cuenta que Gran Bretaña y sus colonias han estado envueltas en casi todos los saraos bélicos en ese periodo), y la recomendación de la misma para un sargento. Se considera a este batallón uno de las mejores fuerzas de infantería de la historia reciente.

Las principales fuentes de información han sido esta página, y esta otra, y, por supuesto, esta página neozelandesa. Espero que hayan disfrutado de esta pequeña investigación; a mí, al menos, me ha confirmado que, definitivamente, sea en el rectángulo de Ellis, o en cualquier otro campo de batalla donde el combate en distancias cortas marca la diferencia, es mejor tener a estos hombres en nuestro bando que en el contrario.

E haere rā!

Juan

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