martes, 23 de agosto de 2011

Ich bin ein Berliner

No puedo escuchar tanto a Wagner. Me dan ganas de invadir Polonia.

Woody Allen (en Misterioso Asesinato en Manhattan)

Finalizadas unas pequeñas vacaciones en la capital alemana, no puedo menos que compartir con ustedes las impresiones que me ha dejado la misma. La verdad es que me sorprende a mí mismo que, siendo tan aficionado como soy a la historia de la Segunda Guerra Mundial, la música de Wagner y la cerveza, haya esperado hasta ahora para hacer este viaje, pero, como suele decirse, vale más tarde que nunca.

Resulta complicado resumir una ciudad con una historia tan breve pero tan intensa en pocas palabras; si tuviera que quedarme con sólo una, escogería “paradójica”. Berlín es una ciudad que ofrece al visitante la posibilidad de conocer algunas maravillas como la famosa Puerta de Brandenburgo. La cuadriga, secuestrada por Napoleón en su momento, volvió a su posición en loor de multitudes, aunque la estatua pasó de ser la de la Paz a la de la Victoria, y comenzó a mirar hacia la Plaza de París que está a sus pies, como recordatorio a Francia.

Nos ofrece también la impagable Isla de los Museos; varios museos juntos que recogen piezas históricas como la Puerta de Ishtar y la vía procesional, el Altar de Pérgamo, una copia de la estela con el código de Hammurabi, la cabeza de Nefertiti y la llamada “Cabeza Verde”; estas últimas serían complicadas de mejorar con técnicas modernas, dado el gran realismo de las mismas. Como punto en contra de estos maravillosos museos, a uno le queda la misma sensación que en el también imprescindible British Museum de Londres: ¿es que esta gente no tiene nada que no hayan traído de otro país?

La cercana e imperial ciudad de Potsdam nos invita al palacio Cecilienhof, que permanece como testigo de la conferencia entre Churchill, Truman y Stalin tras la guerra. La tumba de Federico II el Grande, el rey filósofo y uno de los grandes militares de su época nos recibe en Sans Souci, humilde y cubierta de… patatas. El rey Federico II hizo que los prusianos plantasen las mismas y acabó así con el hambre en su reino, por lo que aun recibe este peculiar homenaje.

Junto a la Puerta de Brandenburgo se erige el Reichstag con su cúpula, diseñada por Norman Foster. Su incendio fue la excusa de Hitler para tomar el poder de forma absoluta; hoy es un símbolo de la nueva Alemania reunificada.

No demasiado lejos está la moderna y viva Potsdamer Platz, centro de negocios y donde se encuentra el museo del cine, y, muy próximo a él, el hogar de la, para mí, mejor orquesta del mundo, la Berliner Philharmoniker. También merece la pena la estructura de la estación central, Hauptbanhof.

Como contrapartida, nos ofrece también los recuerdos de algunas de las grandes aberraciones cometidas por la humanidad en el siglo XX: el ascenso al poder de Hitler y la represión cometida por los nazis, materializada en la imprescindible exposición “Topografía del terror”, donde podemos ver fotos de ese periodo, así como copias de documentos como el acta de la reunión de “la solución final”. Lo más llamativo de este último documento es el planteamiento frío, calculador, técnico y deshumanizador del mismo, hablando del número de judíos a exterminar y del coste económico relacionado. Aunque no tuve tiempo para visitarlo, también hay un museo de la Stasi, que poco tenía que envidiar en muchos aspectos a la Gestapo.

Quedan también algunas partes, conservadas aposta, del muro que dividió familias enteras durante casi 30 años, incluyendo el celebérrimo Checkpoint Charlie. Tuve la suerte de visitar el mismo el día 13/08/2011, exactamente 50 años después del inicio de la construcción del muro, por lo que se estaban realizando distintos actos de recuerdo al respecto. De recuerdo en el sentido ya conocido por los historiadores de que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla.

Como recordatorios están también los numerosos monumentos y recuerdos que recuerdan las masacres de judíos, homosexuales, políticos opositores al régimen nazi y alemanes orientales que intentaron cruzar el muro de la vergüenza. Les aseguro que merecen un paseo, pese al agobio que pueden llegar a transmitir; en este sentido, el museo judío resulta particularmente desasosegante en algunas de sus salas, sin necesidad de mostrar ni una sola imagen u objeto.

Como pueden ver, en muchos sentidos, la ciudad une ambos aspectos, lo mejor y peor del ser humano. El recuerdo de las muertes producidas por las distintas tiranías que tuvieron como escenario la ciudad se materializa en obras de arte muy diversas, además de las ya citadas. Particularmente llamativos son el East Side Gallery y los memoriales soviéticos.

El East Side Gallery es uno de los fragmentos de muro supervivientes tras la reunificación; mide algo más de 1 km, convirtiéndolo en un gigantesco mural para graffitis, de todos los tipos y calidades. La integración de este elemento de infausto recuerdo con el día a día de la ciudad resulta incluso llamativa.

El primero de los memoriales soviéticos, construido en verano de 1945, apenas unos meses tras la caída del Tercer Reich, es un impresionante monumento próximo al Reichstag. Un soldado soviético, escoltado por tanques T-34 y piezas de artillería reales, mira amenazador a la ciudad, rodeado recordando a los alemanes supervivientes quien manda ahora y haciendo presente la reciente toma soviética de la ciudad; se calcula que se produjeron del orden de 300.000 violaciones de mujeres alemanas. Este monumento se construyó en el que hubiera sido el cruce de las grandes avenidas de la gran ciudad Germania prevista por Hitler y Speer, y en las fotografías de la época destaca la ciudad entera arrasada, y el monumento, amenazador, ya construido. Con la división de la ciudad quedó en zona occidental, lo que llegó a producir situaciones incómodas.

El segundo, a las afueras de la ciudad en la parte oriental, en el parque Treptow, demuestra como se las gastaba el padrecito Stalin, y deja en mantillas al primero. Un recinto de 10 hectáreas contiene los restos de 7.000 soviéticos caídos en la toma de Berlín. Una estatua de la Madre Rusia llorando recibe al visitante, que, camino de la impresionante y gigantesca estatua de 12 metros de un soldado sostiene una niña en brazos y con una espada destroza una esvástica, se ve flanqueado en primer lugar por dos enormes banderas soviéticas de mármol construidas con restos de la cancillería de Hitler y escoltadas por dos enormes soldados que rinden pleitesía de rodillas. Posteriormente, conforme se avanza hacia la estatua principal, situada en un pequeño cerro artificial, ve a ambos flancos 16 grandes sarcófagos de mármol, uno por cada república soviética, cubiertos de escenas bélicas y que contienen los restos de los soldados. Construido en 1949, el mensaje cambia con el contexto internacional y la historia toma un giro impensable meses atrás: Alemania oriental es ahora un pueblo liberado del nazismo, no un pueblo conquistado.

Es ya conocida, por otra parte, la vergüenza alemana sobre la época nazi. Tanto la propia guerra, como la era de la guerra fría y el paso del tiempo, así como el arrepentimiento del pueblo alemán han borrado casi todos los restos materiales del Tercer Reich. El bunker de Hitler está enterrado 20 metros bajo tierra en lo que ahora es un parking de unos edificios particulares, y el único ministerio en pie de esa época es ahora el de hacienda. La curiosidad sobre este ministerio es que era el de la Luftwaffe, y no sufrió daños durante los bombardeos, ya que la idea era, con la victoria, apropiarse de todos los secretos tecnológicos de Alemania. También hay que decir que con Von Braun, padre de los misiles V2, y posteriormente del Proyecto Apolo que llevó al hombre a la luna, los americanos directamente hicieron la vista gorda con su pasado nacionalsocialista y su responsabilidad en miles de muertes, tanto de las víctimas de sus bombas como de mano de obra esclavizada.

Desde un punto de vista propio de ingenieros también tiene muchas curiosidades: la Fernsehturm, construida por la RDA como muestra de su poderío… y finalizada por ingenieros suecos. El sol forma un reflejo en la misma con forma de cruz, llamado por los berlineses “la venganza del Papa”; los dirigentes orientales, por su parte, se empeñaron en que era un signo +. En todo caso, recuerden la bandera de la RDA: un martillo y un compás, uno de los símbolos de los ingenieros, en lugar de una hoz.