'LicenciaHistórica: Comics e historia: condenados a entenderse

Pestañas

jueves, 4 de abril de 2013

Comics e historia: condenados a entenderse


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¿Alesia? ¡No conozco Alesia! ¡No sé dónde se halla Alesia! ¡Nadie sabe dónde se encuentra Alesia!
Abraracurcix, en “El escudo arverno”

Hola a todos. Tras el pequeño parón vacacional, y antes de comenzar una serie de post de temática bélica por mi parte, hoy vengo a hablarles del llamado noveno arte. Sí, es cierto que este no tiene una musa protectora en la mitología griega, como tampoco lo tienen el cine (7º) ni la fotografía (8º). Pero que sea el más novato de los mismos no implica que no merezca un puesto en la lista de las manifestaciones artísticas humanas. Y, ni mucho menos, es algo inmaduro o para chavales; como cualquier otro, abarca todo el espectro.

Cabe decir que los que ya andamos en la treintena nacimos en un mundo donde en España aún se los llamaba tebeos (en honor del mítico TBO, en el cual sigue siendo impagable revisar las máquinas de Goldberg diseñadas por el profesor Franz de Copenhague), y a lo largo de los 80, con el boom del mismo en Europa, fueron adquiriendo carta de madurez y sufriendo un cambio de nomenclatura. En España tal vez aun arrastran cierta fama de ser “para chavales”, del todo inmerecida; además de haber grandes adaptaciones en formato de novelas gráficas inspiradas en joyas literarias (al igual que películas), también hay grandes historias originales contadas en formato cómic.

Y por tanto, la Historia, con mayúsculas, es una fuente inagotable de guiones también para el cómic, al igual que para las otras disciplinas artísticas. Bien con un hecho histórico concreto, bien en un periodo que sirve como decorado, o bien a través de una ucronía o como escenario para un mundo ficticio, los dibujantes y guionistas pueden encontrar siempre un público interesado en temas históricos para sus creaciones. Citaremos a continuación algunos de los mejores cómics sobre historia, o con trasfondo histórico.

Astérix, el galo, y su inseparable
Obélix. Imagen de aquí.
Por ejemplo, un servidor se crió leyendo los cómics de Astérix el galo (aprendí a leer con Astérix en Hispania); desde la muerte de Goscinny los guiones nunca alcanzaron la brillantez de antaño, pero son tan atemporales que aun conservan frescura, y siguen siendo capaces de conseguir que los más jóvenes se interesen por Julio César y el mundo clásico. La pareja Goscinny – Uderzo también creó a Umpa-Pa, joven indio americano cuyas aventuras transcurrían en la Norteamérica colonial. Como guionista Goscinny también creó a Lucky Luke,  que consigue un efecto similar al de Astérix con el mundo del far west, y al casi olvidado Iznogud el infame, autor de la mítica frase “quiero ser califa en lugar del califa”, ubicado en el mundo del islam clásico y legendario. Y encima, nos hacen reír a mandíbula batiente… ¿alguien da más?... A mí me parecen grandes razones para leer cómics.

Tal vez menos internacionales y con menor inmersión en el mundo histórico, pero con números igualmente geniales, están Mortadelo y Filemón, de Ibáñez, Superlópez, de Jan, y Zipi y Zape, de Escobar. No, no me he vuelto loco… además de arrancarnos alguna carcajada existen números como “El quinto centenario”, “La caja de Pandora” o “El tonel del tiempo” que, entre gamberrada y gamberrada, dan un repaso a temas históricos y mitológicos, que sin duda despertarán la curiosidad de los peques de la casa. Recuerdo también en los tebeos de mi infancia personajes como Neronius, Parsley o Johan y Pirluit, que, aunque sin demasiado rigor, conseguían transportarnos a otras épocas y reírnos un rato. Es una pena que a día de hoy no haya revistas infantiles como aquellas.

Otro español, Forges, celebérrimo por sus tiras cómicas en los diarios, creó en los 80 las ilustraciones de la colección en fascículos “Historia de aquí”, entretenida historia de España que combinaba texto divulgativo con sus características y divertidas viñetas. Además, me permito aquí citar a un gran desconocido, Yalahás Piff-iado, espía colegiado, de Rigol y Gerome, que explicaba de forma bastante rigurosa, para su carácter burlesco, distintos aspectos y hechos del califato omeya y del joven reino de Asturias. Aunque menos detallista pero también con acento asturiano tenemos a Gladius, el gladiador pacifista, de Neto, para sonreir durante un buen rato.

Subiendo un peldaño en cuanto a “seriedad”, tenemos otros clásicos: Tintín, de Hergé, El teniente Blueberry, de Charlier y Giraud (Moebius), y Corto Maltés, de Hugo Pratt. Con el primero podemos hacer una visita a diversos países (algunos inventados) a lo largo de buena parte del siglo XX; hijo de su época, pese a sus posible incorrección política desde el punto de vista actual, posiblemente nadie vuelva a dibujar máquinas con la belleza y calidad que lo hizo Hergé. Con el segundo nos haremos con un revolver Colt y un sombrero de cowboy para recorrer el salvaje oeste de los EEUU durante varias décadas, incluyendo la guerra de secesión; si bien en algunos casos el trasfondo histórico es un mero decorado, en otros aparece de manera muy detallada. Con el último recorreremos el mundo (normalmente en barco) durante la Primera Guerra Mundial y los años posteriores, viendo como el marino se ve envuelto en diversos hechos históricos.

Portada del cómic 300; imagen de aquí.
Todos los citados hasta ahora son colecciones, en algunos casos muy largas, desarrolladas durante décadas, y que han sufrido cambios con el tiempo, incluso la muerte de alguno de sus autores, además de adaptaciones al cine o la TV. Pero existen, lógicamente, cómics con carácter histórico en un único volumen que han alcanzado merecida fama. Es el caso de 300, de Frank Miller, en los que se narra la heroica resistencia de Leónidas en Las Termópilas. Esto también aplica a Maus, de Art Spiegelman, único cómic hasta la fecha en recibir un Pulitzer, contando la historia de un superviviente de los campos de exterminio nazis. La conversión de judíos en ratones y nazis en gatos le da una fuerza simbólica sólo posible a través del dibujo. Por su parte, Persépolis, de Marjane Satrapi narra de forma autobiográfica las experiencias de una joven persa durante los años en los que se derrocó al Sha y se instauró el régimen de los ayatolás. Con otro estilo, Alan Moore y Eddie Campbell son responsables de la existencia de From Hell, novela gráfica en torno a los crímenes de Jack el Destripador, donde el Londres victoriano muestra su lado más oscuro. Y, por supuesto, hay españoles en la lista: Carlos Gimenez es autor de las series “36-39, Malos Tiempos”, ambientada en la guerra civil española y Paracuellos, protagonizada por los niños recogidos en un orfanato al final de la misma; en ellos los datos históricos son bastante escasos, pero es innegable la calidad de la ambientación, en buena parte debida a la información proporcionada por personas que vivieron aquello.

En cuanto a las biografías contadas en este formato, estamos en una época muy prolífica. Ya en los 80 la editorial Bruguera realizó una colección (integrada inicialmente en los números especiales del Mortadelo) donde se recogía la vida de personajes como Carlos I, Mahoma, Livingstone o Miguel Ángel. Actualmente podemos encontrar en nuestras librerías las vidas de Martin Luther King, el Che Guevara, Dalí, y otros muchos pues, como decíamos, la Historia (con mayúsculas) se ha convertido en un filón para narrar grandes historias (con minúscula). Incluso tenemos desde hace poco la versión en cómic de cómo Gabriel García Márquez escribió Cien años de soledad.
                                                                                                 
Imagen de la adaptación de El anillo del Nibelungo.
Imagen de aquí.
Si bien no se trata de un tema estrictamente histórico, las adaptaciones tienen también un sitio importante en las estanterías; dispongo en casa de una gran adaptación al comic de la Odisea (hay varias disponibles), otra de La Ilíada y otra de Drácula. Marvel Comics, más conocida por sus historias de superhéroes, ha sacado la colección Marvel Illustrated, donde pueden encontrarse adaptaciones de grandes hitos literarios: El último mohicano, Los tres mosqueteros, El retrato de Dorian Gray… La idea desde luego no es nueva, ya que yo dispongo de un ejemplar de los 80 de Bruguera adaptando historias de aventuras como El Corsario Negro, Dick Turpin, Los tres mosqueteros, 20 años después, y otras, pero es innegable que la superfuerza de Marvel puede ser decisiva en este tema. Además, la versatilidad de este medio permite la existencia de cómics como los que considero las joyas de la corona de mi colección: la adaptación de la tetralogía operística El anillo del nibelungo, de Wagner.

El legendario Príncipe Valiente.
Imagen de aquí.
Y, pese a su escaso rigor histórico, merece la pena citar clásicos como El Capitán Trueno, El guerrero del antifaz, El jabato, y El príncipe Valiente, ya que estoy seguro de que ha servido para excitar la imaginación de nuestros mayores, y en muchos casos para hacerles querer saber más sobre las cruzadas, la corte del Rey Arturo o los gladiadores romanos. En el caso opuesto (en lo referente a tiempo entre nosotros), hay apariciones tan recientes que cuesta seguir el ritmo para hacerse con ellas y leerlas, como es el caso de la serie Las águilas de Roma o la biografía de Olympe de Gouges. Estoy seguro de que me dejo algunas joyas en el tintero, y les agradeceremos a los lectores que nos informen de las mismas.

Finalmente, para saber más, les dejo esta página; habla de algunos que no conozco, por lo que no me atrevo a afirmar nada, pero pueden comprobar que algunos otros casos coincidimos.

Nos vemos en un par de semanas. Hasta entonces, cuídense.

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