lunes, 20 de febrero de 2017

Leopoldo II, un emperador a finales del Antiguo Régimen

Martin Van Meytens, Francisco I y su familia.
Hoy vamos a utilizar la máquina del tiempo para retroceder al mismo día en el que vivimos pero doscientos años atrás. Estamos en 20 de febrero de 1790. Situados en Viena, centro del Sacro Imperio Romano Germánico y en el contexto de la Revolución Francesa, la muerte del emperador José II ha acaecido. ¿Qué ocurrirá con el Sacro Imperio?

José II, primogénito de los emperadores María Teresa y Francisco I, de la casa de Habsburgo-Lorena, fue uno de los grandes déspotas ilustrados del siglo XVIII. Fue elegido como emperador, tras la muerte de su padre, el 18 de agosto de 1765. Entre los hermanos que tuvo, del que vamos a hablar hoy en el post es de Leopoldo, que fue el elegido en suceder el Imperio meses después de la muerte de José II.

Pompeo Batoni, Leopoldo II (izq.) y José II.
Leopoldo tuvo buenas relaciones con su hermano José mientras vivió. Sin embargo, se preocupaba por los desórdenes que estaba causando en los territorios alemanes y húngaros de la familia. A finales de la década de los ochenta, ya José II se encontraba moribundo y pidió a su hermano que regresara a Viena para convertirse en co-regente del imperio, a lo que Leopoldo se negó.

Finalmente, el 20 de febrero de 1790, José II murió en Viena. Como monarca ilustrado que era, se rodeó de músicos como Haydn, Mozart o Beethoven. De hecho, ese imos año de su muerte Beethoven compuso la Kantate auf den Tod von Kaiser Joseph II (Cantata a la muerte del Emperador José II), WoO 87 que podemos seguir escuchando a día de hoy. 

Federico "El Grande"
Por su parte, Leopoldo, se había casado con la infanta María Luisa de España, hija de Carlos III de España, en agosto de 1764. Tras la muerte de su padre, se haría cargo del ducado de Toscana, hasta el 22 de julio de 1790. En él, se dedicó a realizar una serie de reformas administrativas, con las que conseguiría una gran prosperidad. Por otro lado, como personaje ilustrado, desarrolló y aprobó una serie de cláusulas para una constitución política, con muchas similitudes a la Declaración de Derechos de Virginia de 1778.

Tras la muerte de José II, fue el heredero del reinado de Bohemia y Hungría, además de ser el archiduque de Austria, títulos que mantuvo hasta su muerte. Durante su reinado, consiguió sofocar las sublevaciones de Hungría y la Bélgica actual. Con Federico Guillermo II de Prusia, firmó una alianza para poder hacer frente a la Francia revolucionaria.

Meses después, el 30 de septiembre, Leopoldo sería elegido como el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, bajo el título de Leopoldo II. Desde su elección, los problemas se le venían tanto por el oeste como desde el este. Por un lado, por la Revolución Francesa, su hermana María Antonieta, esposa de Luis XVI, corría peligro, debió a la sublevación de la población francesa.
Declaración de Pillnitz
Por otro lado, Catalina II de Rusia, con la escusa de la Revolución Francesa, planteaba adentrarse hacia el oeste, con el objetivo de adueñarse Polonia. Ante esta situación, Leopoldo tuvo que hacer frente durante su reinado en el imperio. Así, el 25 de agosto de 1791 redactó la Declaración de Pillnitz, en la que estaba dispuesto a intervenir en Francia, cuando también lo hiciera Prusia, Rusia y Gran Bretaña.


Luis XVI y María Antonieta
Poco después, tuvo la noticia de que Luis XVI había firmado la constitución francesa, en septiembre de 1791, pensando a su vez que se había llegado a un acuerdo y que la revolución había terminado. Error! La revolución fue más allá y acabaría por decapitar, primero a Luis XVI el 21 de enero de 1793 y meses después, en octubre, a la hermana de Leopoldo, María Antonieta. Hecho, que Leopoldo no podría evitar, pues moriría en Viena, en marzo de 1792.

PD:

Como la música es una "revelación mayor que toda la sabiduría y la filosofía" como diría Ludwig an Beethoven, aquí os ponemos la primera parte de la cantata en honor al emperador José II, para vuestro disfrute, pues la vida sin música no es vida. ¡Que pasen un buen día!



Bibliografía:
  • McGuigan, Dorothy Gies: Los Habsburgo, Barcelona, Grijalbo, 1984,
  • Berenjer, J.: El Imperio de los Habsburgo, Barcelona, Cátedra, 1992.

jueves, 16 de febrero de 2017

La Gran Guerra y la cortina de humo

El auténtico genio consiste en la capacidad para evaluar información incierta, aleatoria y contradictoria.
Winston Churchill

Planeta de libros
Una de mis recientes lecturas ha sido el siempre recomendable Max Hastingsconcretamente, Catastrophe. Europe goes to war 1914 (en España, 1914. El año de la catástrofe), donde entre los muchos temas tocados por el desmontador de mitos que es el autor, me ha llamado especialmente la atención el capitulo dedicado al papel de la prensa durante el conflicto, al menos en sus comienzos.

Nos quejamos frecuentemente que hoy día nos ocultan información; sin embargo, es realmente la época de la historia en la que mayor acceso a la misma tenemos. Obviamente, los secretos militares y de estado continúan siéndolo (y pese a ello, son también bastante vulnerables, tal como demuestra Wikileaks), pero el principal problema es que nuestra capacidad de análisis crítico a nivel social está bastante adormecida. 

Tal como les contaba ya hace tiempo la burbuja de filtros no ayuda a que salgamos de nuestra zona de confort, al menos en términos de acceso a la información. Y desde luego, esto no es nada nuevo, pues repitiendo la cita de J. Glenn Gray en Guerreros: Reflexiones del hombre en la batalla, de 1959:
La capacidad que tenemos la mayoría de seguir el hilo en un galimatías de sucesos es muy limitada. Luchamos por mantener un equilibrio en medio de mil impresiones y de comprender nuestro mundo por eliminación cuando se vuelve imposible hacerlo por síntesis. Por eso los medios de comunicación pueden persuadirnos de tener una opinión opuesta a la que teníamos hace unos años, sin que nos demos cuenta.
De hecho, tal como menciona Hastings, si pensamos que los medios de comunicación modernos tienen una tendencia sin igual a la hipérbole, la fantasía y el engaño, deberíamos revisar la prensa mundial en 1914. El Daily Mail publicó un relato detallado de una victoria naval completamente ficticia, mientras L’Eclaireur de Niza noticiaba un choque inventado en el que los británicos habrían perdido dieciséis acorazados. La introducción de la guerra de trincheras fue recibida por la prensa francesa, al principio, como una innovación cobarde de los alemanes, ridiculizados como «topos».

Los periódicos franceses eran especialmente entusiastas con las noticias relativas al príncipe heredero alemán, al mando de un ejército en campaña. En 1914, el 5 de agosto, fue víctima de un intento de asesinato en Berlín; el 15, resultó gravemente herido en el frente francés y fue trasladado a un hospital; el 24 sufrió otro intento de asesinato; el 4 de septiembre se suicidó; luego resucitó, pero para caer herido otra vez el 18 de octubre; el día 20, su esposa lo estaba velando en el lecho de muerte; sin embargo, el 3 de noviembre se certificó que estaba loco. Evidentemente, ninguna de las noticias era ni remotamente cierta.

Poseer información es una cosa. Otra muy diferente es saber lo que significa y cómo utilizarla.

También es cierto que algunas de las carencias de los periódicos no eran culpa suya, sino la consecuencia de la negativa de los gobiernos a proporcionar datos o permitir que los corresponsales visitaran el frente. El 5 de septiembre de 1914, Asquith, primer ministro británico escribió a Churchill, entonces primer lord del Almirantazgo: 
Mi querido Winston: los periódicos se quejan, no sin razón, de que los matamos de hambre. Creo que ha llegado la hora de que… a través de la Oficina [de Prensa] les transmitas una “valoración” de los acontecimientos de la semana; con el aderezo de condimentos que tu habilidosa mano pueda proporcionar. Según lo que sabe la opinión pública, podrían estar viviendo en los días del profeta Isaías, cuya idea de la batalla era “ruido confuso y mantos manchados de sangre”.
En esta fase temprana de la guerra, en todos los países había un respaldo general a favor de un control estricto de las noticias, respaldada incluso por gran parte de la intelectualidad; se pretendía tanto limitar el conocimiento del enemigo sobre todos aquellos temas en los que fuera posible, como evitar que cundiera el desánimo y el derrotismo cuando ocurría algún revés militar. 

Todas las naciones en conflicto eran conscientes que, en una sociedad mucho más alfabetizada que pocas décadas atrás, la prensa escrita era una elemento importante a ser controlado. Y a ello se sumaba el reciente invento del cinematógrafo; en 1918, el ejército francés había producido más de seiscientas películas para el consumo público. En varios teatros de variedades de París, incluido el Moulin Rouge, los pases de cine sustituyeron a los espectáculos en vivo.
Charles Chaplin en la película Armas al hombro (Doctor Macro)
Francia, de hecho, intensificó radicalmente la censura en los primeros meses, prohibiendo todo comentario editorial que realizara «ataques inmoderados contra el gobierno o el alto mando del ejército», al igual que los «artículos que promuevan la conclusión o suspensión de las hostilidades». Se clausuraron periódicos que informaban de la escandalosa desatención a los soldados heridos y se instó a todas las cabeceras a dejar de publicar listas de bajas. Alemania estableció una oficina central de la censura en octubre de 1914, la cual prohibió oficialmente todo análisis de los reveses o las derrotas militares, la crítica de la alta política, el debate sobre los objetivos de la guerra y la discrepancia sobre los beneficios de la contienda.

La primera víctima cuando llega la guerra es la verdad

Todos los beligerantes intentaron movilizar sus plumas más aceradas y elegantes en defensa de sus causas. Anatole France denunció el régimen del káiser, así como la cultura, la historia e incluso el vino de Alemania. El compositor Camille Saint-Saëns criticaba a Wagner. En Alemania, un profesor universitario comentó en septiembre que cuarenta y tres de los sesenta y nueve catedráticos de historia de la nación estaban trabajando en artículos sobre la guerra. Arnold Bennett creó más de 300 artículos de propaganda en el transcurso de la guerra. Sir Arthur Conan Doyle alegaba en el panfleto ¡A las armas!: 
Feliz el hombre que puede morir con el pensamiento de que, en la mayor de sus crisis, había prestado un servicio máximo a su país.
Varios escritores franceses afirmaron haber identificado distinciones físicas relevantes entre su propia gente y la del káiser. Un historiador distinguido, Augustin Cochin, afirmó que existía un olor específicamente alemán «muy fuerte; es imposible librarse de él», así como una especie estrictamente alemana de pulga. L’Action Française informó al público de que las cadenas de tiendas Kub y lecherías Maggi eran centros de espionaje alemanes, gestionados por prusianos nacionalizados como franceses en previsión de la guerra. Tales rumores implicaron ataques violentos contra aquellos negocios, de origen alemán pero perfectamente inocentes. 

Estos disparates llegaron a extremos que parecerían propios de la edad media: Arthur Machen compuso un relato breve para el Evening News londinense, en el que describía cómo los hombres de la Fuerza Expedicionaria Británica en Mons habían visto a San Jorge a la cabeza de los arqueros de la antigua Inglaterra, que lanzaron una lluvia de flechas que causó la muerte (sin dejarles marca alguna) de diez mil alemanes. Esta historia se convirtió finalmente en una leyenda conocida como de los ángeles de Mons.
Ilustración sobre "los ángeles de Mons" (Military History Online)
Esta clase de excesos hizo que las personas más reflexivas y racionales retrocedieran con disgusto ante la propaganda. A medida que la guerra avanzaba y su horror se incrementaba, algunos fueron más allá y sucumbieron al cinismo; no daban el más mínimo crédito a ninguno de los argumentos y pruebas presentados en apoyo de la propia causa nacional. La revista satírica francesa Le Canard Enchaîné se fundó hacia esta época como reacción a los engaños perpetrados por la prensa tradicional.

Cuando asumimos ser soldados, no dejamos de ser ciudadanos

Paradójicamente, y pese a la censura y supuesto control, los alemanes averiguaron más cosas sobre el esfuerzo bélico de Gran Bretaña gracias al chismorreo social transmitido por neutrales que por medio de los periódicos aliados o sus propios espías. Aunque ello desesperaba a los comandantes en campaña, la alta sociedad británica adolecía de una indiscreción crónica. Los datos más delicados de la inteligencia operativa se mencionaban en las mesas de las grandes anfitrionas, de donde, a menudo, acababan llegando a los periódicos de los países neutrales, y, de aquí, al enemigo. Según el periodista Filson Young:
Para saber cualquier cosa, había que salir a comer, y estoy seguro de que en casas como… las de lady Paget y la señora J. J. Astor, la información solía ser precisa y actualizada. 
Por otra parte, en la lucha por ganarse a la opinión pública, Estados Unidos, aún neutral en 1914, era una pieza importante a ser ganada por ambos bandos, aliados e Imperios Centrales, aunque fuera en términos económicos. Woodrow Wilson consideraba que estos últimos requerían un cambio social importante, y los grandes industriales americanos eran partidarios de reducir la importancia económica de Alemania, competidora industrial directa; pero las potencias centrales también obtuvieron un apoyo importante, sobre todo en las comunidades étnicas alemanas. Alemania abrió en Estados Unidos una oficina de información el 14 de agosto de 1914, y los aliados la imitaron al poco tiempo.

Y todo esto, en la retaguardia: los soldados del frente consideraban cuentos chinos a todas las noticias procedentes de la prensa convencional; en ellos, se hablaba del gran entusiasmo de las tropas, las comodidades instaladas en las trincheras o el espíritu de aventura que exhibían los más jóvenes reclutas. Ante este panorama, los franceses optaron por los periódicos de trincheras, que los propios soldados escribían y copiaban, o las cabeceras suizas, cuando se conseguían.

Ante este panorama, y donde a menudo un soldado individual no tenía noticias directas de nada más allá de unos centenares de metros, no es de extrañar que los soldados de los ejércitos rivales tuvieran un sentimiento de comunidad que los unía más entre ellos que con la gente de sus países, a la cual todos los gobiernos en guerra intentaron mantener alejada de cualquier conocimiento real de lo que se estaba haciendo, en su nombre, en el campo de batalla.

Es célebre el caso de que la famosa gripe española de 1918, la mayor pandemia documentada, se llama así no tanto porque entrase desde España en el continente, si no porque, como país neutral, informaba sobre la misma y sus efectos, al contrario que los países beligerantes. En todo caso, fue un rasgo notable de la Gran Guerra ver la credibilidad de los gobiernos gravemente dañada por sus políticas informativas. No es de extrañar que los años siguientes fueran particularmente convulsos en muchos aspectos, que acabaron degenerando en la segunda parte de la gran locura, aún más cruenta.
Ejemplar de "periódico de trinchera", en este caso, canadiense. (Canadian War Museum)
Fuentes:
  • Max Hastings (2013). 1914. El año de la catástrofe. Crítica. 

lunes, 13 de febrero de 2017

La pasión de Juana de Arco de Carl T. Dreyer

En 1926 llegaba el director danés Carl T. Dreyer al París de las vanguardias tras firmar un contrato con la Sócieté Générale de Films para dirigir una biografía, aún por determinar, de una gran mujer francesa. 

Las opciones eran tres; María Antonieta, Catalina de Médicis o Juana de Arco. Cuenta la leyenda que fue la elección entre tres cerillas lo que decidió que fuese Juana pero, sinceramente, no cuadra con un director cuya legendaria meticulosidad es retratada por todos sus biógrafos. Cuento una anécdota; para algunas de las escenas de su película Vampyr, la bruja vampiro (1932) el decorado tenía que tener telarañas en puntos previamente marcados por el director. Estas no podían ser ficticias, y el equipo se pasó semanas atrayendo arañas y alimentándolas con insectos para que tejieran las telas en los lugares indicados. ¿Dejaría un tipo así el argumento de un proyecto al azar? No lo creo...

Volvamos a nuestra historia principal. Dreyer se decanto por Juana por varios motivos. María Antonieta quedaba excluida, pues ya había aparecido en su polémico film de 1921 Las páginas del Libro de Satán (Blade af Satans bog). Catalina de Médici quedaba también fuera pues, parece ser, a Dreyer no le interesaban en demasía los ambientes cortesanos. 

Juana, en cambio, reunía varias premisas que le interesaron al danés. Para empezar era un personaje que le permitía hablar de lo que más le interesaba al director; esto es la intolerancia a lo largo de la historia en sus muchas variantes, como ya dejó claro en la citada Las páginas del libro de Satán. La segunda cuestión que interesó al director es la contemporaneidad del personaje. Con ello me refiero, evidentemente, no a que Juana -del siglo XV- fuese contemporánea a Dreyer, pero sí su canonización, acaecida en 1920, siendo papa Benedicto XV.

Alguno se preguntará en estos momentos si Licencia Histórica se desliza peligrosamente hacia el cine abandonando la historia o es que, definitivamente, se me ha ido la cabeza. Sin negar de manera categórica esta última opción, la razón por la que traigo aquí a Dreyer y su película La pasión de Juana de Arco (1928) es por su celo historiográfico a la hora de preparar el filme. 
Fotograma de La pasión de Juana de Arco. Maria Falconetti como Juana.
Fuente: cinestonia
Cierto es que el primer acercamiento de Dreyer a la Doncella de Orleans, como también se conoce a Juana de Arco, fue por medio de la novela homónima del escritor francés Joseph Detlteil,  integrante del dadaismo, y escritor maldito de la literatura francesa. Pero esta no fue su fuente, pues tenía tanto rigor histórico como un libro de Pío Moa. Dreyer acudió y trabajó con el historador Pierre Champion, quien en 1920 había publicado de manera íntegra y anotada las actas originales del proceso de la santa. Así, al comienzo del film se nos informa que:
En la Biblioteca de la Cámara de Diputados en París se conserva uno de los más extraordinarios documentos de la historia mundial: el libro de sesiones del juicio a Juana de Arco, juicio que acabó con su muerte. Las preguntas de los jueces y las respuestas de Juana fueron transcritas al pié de la letra. Leyéndolo descubrimos a la auténtica Juana. No a la joven de armas, sino la sencilla y humana muchacha que murió por su país y somos testigos de una drama sorprendente una joven piadosa muchacha enfrentada a un grupo de teólogos ortodoxos y poderosos jueces.
Es decir, que como buen historiador acude y explicita las fuentes y eso sería una constante a lo largo de su carrera, no sólo en el acercamiento a Juana. Defendiendo su proyecto Las páginas del libro de Satán mandaba a un directivo de la productora una carta de la extraigo este breve fragmento.
¿Le ha dicho usted al Director General que he recorrido toda la ciudad para encontrar auténticos “tipos” meridionales para que hagan de figurantes en mi historia española? […] ¿Le ha dicho usted al Director General que he trabajado durante meses en bibliotecas para encontrar cada detalle de mis decorados? No he delegado nada en otros, todo lo he hecho yo sólo. ¿No demuestra todo esto que mi propósito es hacer algo distinto a una película de mero consumo? […]
Dreyer, como cualquier historiador, primero analiza las fuentes y posteriormente crea su propio relato. Y el cine, como el ensayo, tiene sus límites físicos. Por ejemplo, Dreyer, redujo el proceso de Juana a una sola jornada, Evidentemente el juicio fue mucho más largo, pero para  adecuarlo al relato cinematográfico, se redujo a una sola jornada. Igualmente ocurre con los escenarios. Pero es que el historiador hace lo mismo, desecha unos hechos sobre otros o, al menos, da más importancia a unos hechos sobre otros. Exponer todo en un libro o en una película es simple y llanamente imposible. 

Otra cuestión interesante es ver cómo afronta Dreyer la figura de Juana. El director opta por alejarse de la visión hagiográfica de la santa y nos muestra a una mujer con una religiosidad que los hombres de la iglesia no entienden. Aplastada por la irracionalidad y la intolerancia de la iglesia. Unos hombres de la iglesia mostrados como monstruos intolerantes, lujuriosos y crueles. Claro que es una visión propia del director. Nos ofrece su propia visión, sus conclusiones. ¿No hace acaso lo mismo el historiador? Ofrecer su visión sobre una cuestión. Siempre se intentará que esta sea lo más objetiva posible, pero en el momento que la obra historiográfica se produce por una persona, la objetividad pasa a ser un ideal deseable pero difícilmente alcanzable. La propia práctica historiográfica es interpretación de los datos. 
Juana se prepara a morir. Fuente; Cineteca Alameda.
Como espectador, no como crítico cinematográfico, recomiendo vivamente el visionado de esta joya. Absolutamente imperial la interpretación de Maria Falconetti como Juana aguantando como una roca cientos de primeros planos, haciendo de Juana una figura que su dolor traspase la pantalla. Unos decorados minimalistas y un atrezzo mínimo que dejan el peso de la película a los actores. Sorprende la realista ejecución de la santa que da paso a unas escenas de picados y contrapicados de los soldados atacando a la población que aún hoy sorprenden por muy abrumados que estemos los espectadores del s. XXI con el bombardeo de imágenes. 

Y se puede ver de manera gratuita en Youtube. Bueno, bonito y gratuito.

Un saludo.


jueves, 9 de febrero de 2017

RESEÑA NOVEDAD: Las ideas políticas y sociales en la Edad Moderna (Editorial Síntesis, 2016)

De vuestra etapa universitaria estamos seguras de que todos os acordáis de los característicos libritos de tapa en cartoné y vivos colores de la Editorial Síntesis. Y es que justamente eso era lo que podíamos encontrar en cada una de sus colecciones: manuales asequibles y especialmente dirigidos a estudiantes que nos ofrecían una clarificadora síntesis firmada por diversos expertos investigadores en la materia. 

Portada en Síntesis.
Algo menos coloridos encontramos hoy los azulados ejemplares de la colección Temas de Historia Moderna que, además de ampliar temáticamente la colección principal de Historia Moderna Universal, aparece renovada y con un cambio de imagen muy notable. Buena prueba de todo ello es la reciente novedad editorial que os traemos hoy, Las ideas políticas y sociales en la Edad Moderna (Síntesis, 2017), obra de autoría conjunta que nos presentan los profesores de la madrileña Universidad Rey Juan Carlos José Eloy Hortal Muñoz y Gijs Versteegen

Ambos autores son investigadores especializados en el estudio de la Corte, donde desde diversos proyectos y grupos de trabajo a nivel europeo intentan superar el gastado paradigma del llamado Estado Moderno como una especie de fase temprana del mucho más racional, burocrático y, en definitiva, perfeccionado, Estado-Nación decimonónico. 

Es éste, pues, un muy práctico manual que parte de una perspectiva novedosa y metodológicamente renovadora, pues se propone romper con el modelo tradicional a la hora de analizar la organización política y social de la Corte como un ente distinto y de pleno derecho. Desde el punto de vista formal, el libro se estructura en dos grandes bloques, más una breve selección de textos al final para su comentario en clase.

 

Casa y Corte, la organización cortesana es el título de la primera parte de este libro. Consta de dos completos capítulos donde se hace un repaso por los distintos elementos que componían la Corte, centrándose especialmente en el caso de la Monarquía Hispana.


La primera definición de la misma proviene de la Segunda Partida de Alfonso X “el Sabio” y fue la que más continuó utilizándose durante la Edad Moderna. Así pues, entre los siglos XVI y XVIII los cortesanos sobre todo percibieron la Corte como un centro de poder, preocupándose más del modo de actuar en ella que en concebir nuevas definiciones. 

Durante el siglo XVII se fueron incorporando algunas novedades a través del Teatro de las Grandezas de la villa de Madrid (1623) de González Dávila, quien estudió la Casa Real o los Consejos y Tribunales; o posteriormente, en 1658, Alonso Núñez de Castro con su Sólo Madrid es Corte y el cortesano en Madrid, donde fija su atención en Consejos, Junta de Obras y Bosques, Alcaldes de Casa y Corte y Junta de Aposento, Cortes, Casas Reales, Grandes del Reino y Rentas del monarca. Todos estos elementos fueron universalmente aceptados, con alguna que otra diferencia entre las distintas monarquías (véase por ejemplo el estatus relevante de los Reales Sitios), hasta la llamada quiebra del sistema cortesano (siglos XVIII-XIX). 

Unos 12.000 servidores se estiman para el reinado de Felipe IV.
Por otro lado, durante los últimos treinta años se han ido desarrollando diversos estudios acerca del principal elemento de la Corte: la Casa Real y, concretamente, la casa del rey. En todos ellos se destaca que su función principal fue la integración de las élites de cada reino en el servicio de su Príncipe (modelo en el que se incluye también al Papa). De este modo, cada gobernante estableció su propia Casa —conformándose en su mayoría durante la Baja Edad Moderna salvo en los Países Bajos, donde fue creada en pleno siglo XVII— y su particular forma de servicio. 

Generalmente la Casa Real se estructuraba en seis departamentos o secciones (capilla, cámara, casa u oficios, caballeriza, guarda y caza) en los que cada vez fue integrándose un mayor número de personajes o servidores. Conjuntamente a la casa del rey se encontraban otras casas reales como las de reinas, príncipes herederos u otros parientes destacados del monarca. A ello hay que añadir que también existían otras Casas en los diversos territorios que componían las distintas monarquías (como el caso de Nápoles y Portugal): casas virreinales (en América, territorios italianos o Baleares) y de gobernadores (Milán o Países Bajos). En todas ellas se integraban y prestaban servicio las élites de los diferentes reinos y, en el caso de la Monarquía Hispánica, coexistieron bajo la etiqueta de la llamada Casa de Borgoña

Otros elementos como Consejos y Tribunales, cortesanos y Sitios Reales son tratados en profundidad en el segundo capítulo del bloque. En cuanto a los Consejos, se examina la evolución del conjunto de consejeros del monarca que se “mandaban juntar” hasta su final institucionalización, convirtiéndose en el punto de contacto entre rey y reino y dando lugar al nacimiento del sistema polisinodial, proceso que tuvo lugar tanto en la Monarquía Hispana como en otras cortes europeas durante el siglo XVI y principios del XVII. 

Con respecto a los cortesanos, al constituir la Corte el lugar por excelencia donde se desarrollaba tanto la política como la cultura, surgió un particular tipo de relaciones de poder basado en las relaciones personales a través del patronazgo y el clientelismo, junto a un código caracterizado por la etiqueta y el ceremonial que los susodichos debían conocer y saber interpretar a fin de poder medrar en este escenario. 

Por último, una de las novedades destacables de este libro es, como adelantábamos, la inclusión de los Sitios Reales como un componente más de esta gran organización sociopolítica. Los autores llaman así a sus colegas historiadores a un estudio más atento y pormenorizado, defendiendo que estos lugares sirvieron como espacios para el mecenazgo de artes y ciencias adquiriendo, desde este punto de vista, un nuevo significado como áreas de innovación, iniciativa y desarrollo industrial

Tras examinar la estructura, el segundo bloque de la obra se centra, a lo largo de cuatro capítulos, en el corpus teórico, religioso y filosófico que a la Corte daba sustancia (Ética, oeconomica y política)


El primero de ellos nos habla sobre la oeconomica, importante doctrina de origen clásico. En los siglos modernos, la Casa funcionaba como un particular sinónimo de «familia» entendida en su significado más extenso, compuesta no sólo por los parientes o miembros de la misma sangre, sino también por el conjunto de servidores, vasallos o esclavos sobre los que el páter familias tenía jurisdicción. Hacia la correcta instrucción de esta figura rectora estuvieron dirigidos numerosos tratados, a fin de que fuera capaz de desarrollar un buen gobierno. Y es que tras una larga evolución que arrancaba desde Aristóteles, pasando por autores como San Agustín, Santo Tomás o Egidio Romano, el gobierno del oikos doméstico quedará también fuertemente identificado al gobierno de la república en su conjunto

Aristóteles por José de Ribera (1627)
Este modelo fue por hegemónico el más alabado y extendido, y el que principalmente sirvió a las grandes dinastías gobernantes, como los Habsburgo, para extender una influencia de carácter transnacional (temática que entre los investigadores ahora se está comenzando a mostrar muy fructífera). Sin embargo, a largo de estos siglos también fue un modelo progresivamente criticado (sobre todo en el norte de Europa) por iusnaturalistas (Grocio), contractualistas (Hobbes) o ilustrados que argumentaban una gran disparidad entre ambas esferas.

El cuarto capítulo (Libertad y tiranía) nos sumerge en otro concepto político clave para entender la época: el llamado humanismo cívico. Este término fue acuñado por el historiador alemán Hans Baron en 1925. Así, con el bürgerhumanismus Baron pretendía referirse al ideal cultural y político renacentista por excelencia (transmitido a través de la educación) que enfatizaba el patriotismo, el compromiso con el servicio público y un gobierno representativo. Sin embargo, esta idea del bien común de la república no fue unitaria y, a fin de desgranar sus particularidades, los autores nos ofrecen una serie de argumentos y contraargumentos de tipo historiográfico. También se hace un conciso repaso desde distintos autores coetáneos por otros conceptos como republicanismo, libertad, estado de naturaleza o contrato social.

El quinto capítulo (Cultura cortesana: las virtudes políticas y sociales) aborda la interpretación de la filosofía de la virtud dentro del Cristianismo y su contribución al surgimiento de la cultura política y social cortesana. De este modo, fueron los padres de la Iglesia los primeros en estudiar y, posteriormente, apropiarse, de la cultura clásica adaptando a autores como Aristóteles dentro de la Cristiandad. En consecuencia, las virtudes clásicas cobraron un nuevo significado que desembocó en una nueva ética eclesiástica que acabaría influyendo en la educación de los obispos y dando origen, por tanto, al llamado modelo obispo-cortesano

La filosofía cristiana sirvió para justificar el creciente poder político y social de los príncipes y reyes medievales organizado a través de la Corte al identificar, como se ha dicho anteriormente, al rey con el páter familias, y la oeconomica como un método imprescindible para el buen gobierno, utilizando virtudes como la prudencia. Ya en el siglo XV, con la publicación de El cortesano de Baltasar Castiglione, aparece la cortesía como una expresión exterior de la virtud dentro del discurso nobiliario, a través de la cual se definían las relaciones entre príncipe y nobleza así como el medio por el que el cortesano podía acceder al círculo más allegado del rey y ayudarle a gobernar justamente.

Retrato de Baltasar Castiglione (Wikipedia)
Sin embargo, esta filosofía de la virtud fue criticada por autores como el humanista Erasmo de Rotterdam o Maquiavelo. El primero defendía que la educación del Príncipe se basaba en su amor por Cristo y las enseñanzas del Nuevo Testamento. El segundo hacía una crítica más radical, donde sólo la virtud se consigue con el beneplácito de la Fortuna. Más tarde, con la aparición del protestantismo en Europa, Lutero y Calvino también criticaron esta ética de las virtudes. Dichas críticas conllevaron a la aparición de nuevas perspectivas, sobre todo desde la Guerra de los Treinta Años.  

Al mismo tiempo, en el propio seno de la Monarquía Hispánica también surgió una visión pesimista de la Corte, especialmente a través de las obras de Baltasar Gracián, como escenario por excelencia donde se concentraban las luchas por el poder. Durante el siglo XVIII, con las ideas de autores como Rousseau, surgiría una nueva cultura política diferente a la cortesana, donde se enfatizaban los sentimientos y valores (como la libertad, igualdad o el amor a la patria) y que ya en el XIX desembocará en una nueva organización política. 

El sexto y último capítulo propone un acercamiento a la Educación cortesana en perspectiva. La recepción de la obra de Aristóteles a partir del siglo XIII, junto a la creciente complejidad de la sociedad medieval, comenzó a plantear disonancias a la escolástica clásica de San Agustín. Reformulando estas nuevas influencias, Santo Tomás se acogió a una visión antropológica del ser humano algo más optimista, llegando a defender que entre cuerpo y alma racional podía establecerse un equilibrio o armonía. De esta manera, no se hacía necesaria una supresión de los impulsos y pasiones a través de la ascesis, sino que el hombre debía aprender a gobernarlos a través de la razón.

El vehículo descansaba en la educación, lo que pronto dio lugar al nacimiento del muy fructífero género de los “espejos de príncipes”. Uno de los primeros modelos educativos destinados a este fin fue el de Egidio Romano, quien en De regimine principum (1280) propuso para los hijos de los gobernantes el estudio de las tres ciencias morales de Aristóteles (ética, economía y política). Nuevas virtudes se unieron por tanto al ya nutrido repertorio medieval: liberalidad, magnificencia, magnanimidad, amor a la gloria, cortesía o eutrapelia, entre otras. Todas ellas en conjunto tenían la finalidad de mostrar la excelencia del Príncipe y, en consecuencia, su señorío natural. Diversas corrientes dentro del humanismo contribuyeron a que este corpus virara entre mayores o menores dosis de idealización y pesimismo.

Como copartícipes del poder político, pronto estas virtudes no sólo fueron deseables para el monarca, sino también para sus nobles, cortesanos y servidores próximos en general. Destacamos del capítulo los memoriales del Conde-Duque de Olivares para la creación de una serie de academias para jóvenes de la nobleza hispana y otros reinos (Ordenanzas para la Casa de los Pajes, 1639): interesante proyecto que no llegó a aplicarse en toda su magnitud pese a haber sido estudiado por una Junta a lo largo de toda la década.

Miriam Rodríguez Contreras / Iris Rodríguez Alcaide 

Universidad Autónoma de Madrid 

lunes, 6 de febrero de 2017

Mesa III Arqueonet 2016: Medios de Comunicación vs Patrimonio histórico.

Hola a todos:

Con esta entrada cerramos el ciclo de reseñas de las conferencias que hemos dedicado a Arqueonet 2016. Estas han sido las siguientes:
En cualquier caso me guardo una última bala, como ya he ido anunciando, en torno a Cuarto Milenio. Polémica tendré seguro pero, ¿qué es la vida sin un poco de Rock and Roll?. No adelantemos acontecimientos y vayamos con la interesante propuesta que nos lanzó Arqueonet en torno a Medios de Comunicación y difusión del Patrimonio Histórico. 

Como moderador contamos con Pablo Guerra, vicepresidente del Colegio de Arqueólogos de Madrid, que estuvo acompañado por David Benito del programa radiofónico Ágora Historia, el arqueólogo Oscar Blaquez , que también anda metido en temas de difusión histórica desde la radio desde Plus Radio en El Casar con su programa El Cronovisor, Juan I. García de Arqueoart, Ana Valtierra de Cadena Ser  el programa Cualquier tiempo pasado fue anterior y por último, pero no menos importante Saúl Martín con su programa Las Arenas de Cronos en Radio Enlace de Hortaleza

Citados debidamente todos los ponentes, que lleva su currillo, vamos con la mesa que. por cierto, muy guerrera. Tras la entradilla de Ana, abría fuego Saúl recordando que estaban en un lugar de propiedad pública respondiendo a la mesa anterior que había abogado por la cultura como negocio. Otro guerrero, Juan I. Atienza, ponía sobre la mesa la convivencia entre turismo y patrimonio. Creo que fue un tema que habría dado para mucho más, pero el tiempo mandó, aunque todo el mundo convenía en que la divulgación traía consigo más turismo. La clave es si ése turismo está enfocado hacia la cultura o no. Como bien decía hacia el fina de la conferencia Oscar Blazquez tenemos que ver de qué tipo de turismo hablamos. Juan I. Atienza se llegó a plantear si verdaderamente existía turismo cultural y afirmaba que mal hablaba de España que la primera industria fuera el turismo.

Se habló, y mucho, de divulgar desde el cerebro del que aprende, en lo que todo el mundo parecía estar de acuerdo y los diferentes ponentes expusieron sus experiencias radiofónicas al respecto. Llamo la atención que salvo Ana Valtierra, todos los proyectos radiofónicos podríamos calificarlos de alternativos, en el sentido que no se realizan desde los grandes medios de comunicación. Esto debería llevarnos a una reflexión.

Y enlazando con ello, algo que creo que sobrevolaba esta mesa de medios de comunicación, y que salió en la primera pregunta del público. Evidentemente hablo de Cuarto Milenio y sus pirámides. Ana Valtierra rechazaba de plano el modelo y decía no haber visto el programa. No es una postura creo que muy acertada, pues como a continuación reconocía Saúl era sintomático que se estuviera allí hablando de ello

Para Saúl, y coincido con él, Cuarto Milenio es un producto audiovisual muy logrado y con grandes medios. Para Saúl, y es obvio también para mí, nos guste o no Cuarto Mileno es un referente para el gran público en temas de arqueología e historia. Por supuesto eso no indica que ni él ni yo estemos cómodos, en muchas ocasiones, con su discurso. David Benito aportaba otra clave obvia: te guste o no Iker Jiménez, es un comunicador de primera. Oscar Blazquez reconocía que se lo pasaba "pipa" con el programa y que para él era un compendio de mitología actual. Faltó la presencia de Nacho Ares, insisto, y lo tuvimos a primera hora. 

Aquí lo dejo y os sorprenderá que no tengamos fotos en esta entrada. Se debe a un último regalo que nos ha dejado Arqueonet. Los vídeos de todas las mesas, incluso de aquellas a las que no pudimos ir por coincidir con estas que os hemos reseñado. Tampoco es necesario ahogar en imágenes.

Un saludo y nos vemos, espero, de Arquenet 2017.
  • Mesa Redonda I - Redes sociales y difusión del patrimonio histórico:
  • Mesa Redonda II - Medios de Comunicación vs. Patrimonio Histórico (Salón de Actos)
  • Mesa Redonda III - La representación gráfica en Arqueología: de la ilustración a la realidad virtual:
  • Mesa Redonda IV - Arqueología feminista en el mundo online. Iniciativas y posibilidades:

jueves, 2 de febrero de 2017

Jonathan Strange & Mr. Norrell, el renacer de la magia

La diferencia entre la técnica y la magia no es sino una variable histórica.
Walter Benjamin

Hemos comentado ya en alguna ocasión que la cultura anglosajona, sea en las islas de este lado del Atlántico, sea en sus antiguas colonias en el otro extremo, son hoy día los grandes dominadores del medio audiovisual, usando a menudo como fuente de inspiración la Historia.

Igualmente, producen también grandes maestros en el género fantástico; concretamente, si nos ceñimos a mundos mágicos, encontramos a maestros de origen británico como J.R.R. Tolkien, J.K. Rowling o Michael Moorcock. ¿Qué ocurre, entonces, si algún autor decide aunar ambas fuentes de inspiración? Que podemos encontrarnos con obras como la que reseñamos hoy, Jonathan Strange & Mr. Norrell, de la británica Susanna Clarke.
Jonathan Strange & Mr. Norrell (Temporada Final)
Tal como hemos hecho en otras ocasiones, como con La reina blanca o Wolf Hall, nos centraremos en la adaptación en formato serie de la novela, realizada por la BBC, si bien la novela, varias veces galardonada, tiene la fama de contar con grandes puntos a su favor en su versión original, como el inglés propio de la época (punto en común con la película La bruja) y un escrúpulo exquisito en los detalles. En lo referente a su adaptación, puesto que la cadena británica es casi sinónimo de calidad, nos encontramos con una serie muy recomendable; apenas 7 capítulos, pero llenos de detalles y una gran ambientación.

Les extrañará tal vez que hablemos de una serie de tipo fantástico, pero lo entenderán apenas les pormenorice la premisa de la historia que narra. Evidentemente, no les voy a hacer ningún spoiler; el interés que me mueve a hablarles de esta serie no es destriparles la misma. Pero sí que les voy a analizar algunos aspectos interesantes desde el punto de vista de la Historia.

Sitúense en la Gran Bretaña de comienzos del siglo XIX, en plenas guerras napoleónicas. La magia no tiene cabida en un mundo moderno, que ve florecer la razón, la tecnología y las nuevas ideas políticas, si bien existen magos teóricos, estudiosos de una magia real hasta 300 años antes. Un erudito, el señor Norrell, proclama entonces que es un mago práctico, capaz de volver a traer la magia al mundo; una magia moderna, distinta a la antigua, y capaz de ayudar al esfuerzo bélico contra Napoleón.
El mago respetable es un erudito rodeado de libros... (El lado G)
En la cuidada ambientación se representa con esmero la Gran Bretaña de comienzos del siglo XIX, al menos en lo referido a las clases altas, si bien da cierto protagonismo a algunos grupos con escaso peso en el relato histórico oficial, como mujeres, pobres o siervos de raza negra. La guerra peninsular (nuestra guerra de Independencia) o la batalla de Waterloo aparecen retratadas de manera breve pero sin licencias que alteren las mismas, por lo que podemos afirmar que la historia narrada es de tipo fantástico, no una ucronía.

Pero más allá de la calidad de la ambientación histórica, cabe llamar la atención sobre la serie a todos los interesados en la magia en términos históricos o antropológicos, y concretamente, la representación de la magia y la brujería en el cine y la televisión. En esencia se trata en la mayor parte de casos de magia que asociaríamos, al menos parcialmente, a la edad moderna, y a muchos aspectos ya analizados en este blog. Esto resulta hasta cierto punto paradójico, ya que es precisamente esa época (desde 1.500 hasta comienzos del XIX) cuando se supone que la magia ha desaparecido de Gran Bretaña.

Por ejemplo, los taumaturgos de esta aventura son varones, siendo las mujeres víctimas de sus tramas. Ya vimos en alguna de nuestras entradas que la figura del mago, en contraposición a la de la bruja, se asocia al estudio, al poder, a la sabiduría y, en este caso, incluso de ayuda a su país más allá de sus propios intereses. Por otra parte, el tema de la brujería y la locura, materializado en gran medida en la figura femenina, se hace igualmente presente en el relato.

Específicamente, la magia "antigua", supuestamente desterrada y poco respetable, propia de clases bajas, se basa en pociones, maldiciones del tres al cuarto, y, en buena medida en pactos con seres mágicos (no específicamente demoníacos, pero sí con sus propias reglas), donde destaca la figura del legendario Rey Cuervo. Entre las prácticas peligrosas de esta magia aparece la nigromancia, un aspecto habitual en los juicios inquisitoriales y la literatura al respecto. Los expertos en el tema podrán aquí encontrar argumentos para debatir las diferencias entre brujería, magia y hechicería.
Los seres mágicos tienen sus propias reglas para tratar con la muerte y de gestionar sus pactos (Den of Geek)
El Rey Cuervo, además del simbolismo asociado a su nombre, implica la presencia de un antiguo tratado mágico y profético escrito por él, que nos remite al mundo de los grimorios: libros que contienen sabiduría mágica establecida por figuras poderosas del pasadotema ya tratado en entradas anteriores. Por no hablar de los numerosos libros propios de la magia "respetable", de carácter más erudito y elevado, pero con intenciones equivalentes, empleados por Mr. Norrell en sus estudios.

Igualmente, aparecen otros elementos clásicos en el imaginario mágico, como dobles fantasmagóricos, el agua y los espejos a modo de portales (tema clásico del mundo de la brujería, tal como evoca el título del citado a menudo Espejo de brujas), o el baile entre seres de ambos mundos (feérico y real), que, indirectamente, y al tener lugar en un bosque (pese a la presencia de un lujoso salón en torno al árbol principal), nos remite de forma inmediata al ambiente del aquelarre.

Incluso si no les llama la atención un análisis centrado en estos aspectos, les aseguro que la serie es muy recomendable: exquisita en su factura, como acostumbra la BBC, tiene la virtud de transportarnos a un mundo donde la magia se hace creíble. Mientras tanto, la autora está preparando la segunda parte de la historia, por lo que sin duda este mundo donde la magia ha renacido, sin duda, aún no ha dicho su último hechizo.
Baile entre seres del mundo mágico (Phoenix Dance Theatre)